Hace algunos veranos, perdida por los arrozales del norte de Italia, fui devorada por los mosquitos. Iba tapada hasta los ojos y acabé en el hospital, mientras que mi acompañante, apenas cubierta por un metro de tela, salió indemne.

Les debí de resultar apetecible y, claramente, las barreras físicas no fueron suficientes. Y no es que yo estuviera segregando azúcar, ni que vistiera de rojo o de otros colores supuestamente atractivos para el mosquito común. Lo que me convirtió en diana fueron mi olor y mi temperatura corporal, determinados por mi genética, junto con el dióxido de carbono que exhalaba al respirar.

Esa especie de firma que no elegimos resultó irresistible a aquella legión de mosquitas piamontesas. Porque son las hembras las que pican, no porque quieran nuestra sangre, o la de cualquier otro mamífero lampiño, por antojo de dulce, sino por pura eficiencia reproductiva: necesitan proteínas para que sus huevos prosperen.

Cuando la microvampira ataca, a la vez que introduce su aguijón hasta alcanzar un capilar inyecta con su saliva un anticoagulante que facilita la extracción de la sangre. Es entonces cuando nuestra histamina, el mensajero químico que avisa al sistema inmunitario de que algo extraño ha entrado en el organismo, responde por triplicado: dilata los vasos sanguíneos cercanos, lo que provoca el enrojecimiento; hace que esos vasos se vuelvan algo más permeables, causando la hinchazón, y estimula las terminaciones nerviosas de la piel, responsables del picor.

Durante años probé casi de todo para evitar que me picaran y casi de todo probé para combatir la comezón, sin resultados concluyentes hasta que topé con la ciencia. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) tiene una recomendación vigente sobre el uso seguro de repelentes, con sustancias de eficacia contrastada y uso autorizado sobre la piel. La única cautela es consultar con profesionales de la sanidad antes de aplicarlos en menores de tres años.

El más estudiado y efectivo es el DEET (no confundir con DDT, que es un insecticida). Se comercializa al 20 % (suficiente para zonas templadas como Castilla-La Mancha) y al 50 % (recomendado para zonas tropicales). Hay otros principios activos como el picaridín o icaridina y el IR-3535 (de venta en farmacias), que también tienen aval científico. Como lo tienen los repelentes para la ropa basados en permetrina, usados frente a plagas y otras situaciones extremas.

Los que no lo tienen son los preparados homeopáticos, las aplicaciones para el móvil o los aparatos de ultrasonidos, la opción preferida por quienes aman "lo natural". Curiosamente son también los más caros, porque la homeopatía, a base de diluciones, es tendente a la nada; porque descargar "gratis" una app implica ceder un puñado de valiosos datos y porque los ultrasonidos resultan de inutilidad probada ante las mermadas capacidades auditivas de las mosquitas.

Ay, las pulseras de citronela. El gran y quimiofóbico invento. La planta tiene propiedades repelentes, sí, pero de eficacia bajísima frente a compuestos como el DEET. Además, solo protegen la zona de la muñeca o tobillo en contacto directo y, al carecer de efecto halo, dejan expuesto el resto del cuerpo.

Si, a pesar de las precauciones, hay rejonazo, recuerden: el hielo es la primera respuesta. El amoniaco alivia si se aplica de inmediato, pero después solo irrita. Para casos más intensos o extremos, hagan como hice yo durante mi periplo italiano y busquen atención sanitaria.

Con el paso de los años, hasta he viajado al Caribe sin incidencias. Siguen picándome, aunque menos, y no me sorprende. No es que haya cambiado mi genética, pero sí la forma en que decido qué usar y en qué gastar el dinero. La ciencia puede no ofrecer soluciones perfectas, pero enseña a distinguir lo que funciona de lo que solo parece hacerlo. Piénsenlo si vuelven a sentir que tienen veneno en la piel.