Si algo está demostrando la política española en los últimos años es que los partidos tienen enormes dificultades para practicar la autocrítica. Gobernar implica acertar y equivocarse. Lo extraño no es cometer errores; lo preocupante es actuar como si nunca hubieran existido.
En ese contexto, llama la atención la posición que viene manteniendo Emiliano García-Page. Puede compartirse o no su visión política, pero resulta difícil negar que se ha convertido en una de las pocas voces relevantes del PSOE que se atreve a reconocer públicamente que hay decisiones de la dirección nacional que han generado un profundo desgaste para el partido.
Precisamente por eso sus declaraciones incomodan tanto. No porque representen una ruptura con el socialismo, sino porque rompen con una disciplina interna que, en demasiadas ocasiones, parece exigir silencio antes que reflexión. Mientras la mayoría de dirigentes nacionales opta por cerrar filas alrededor de Pedro Sánchez, Page insiste en verbalizar un malestar que, probablemente, comparten muchos militantes y cargos públicos aunque prefieran no expresarlo.
La política necesita dirigentes capaces de hacer autocrítica. Y esa es, precisamente, una de las grandes asignaturas pendientes del PSOE actual. Desde que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa, el partido ha atravesado numerosas citas electorales con resultados desiguales y, en muchos territorios, claramente decepcionantes para los socialistas. Sin embargo, el mensaje oficial apenas ha variado. Nunca parece haber un error de estrategia, nunca una decisión equivocada, nunca una rectificación necesaria.
Resulta difícil construir un proyecto sólido cuando cualquier crítica interna se interpreta como una deslealtad. Los grandes partidos de gobierno han sobrevivido durante décadas porque fueron capaces de adaptarse a los cambios sociales, reconocer errores y reinventarse cuando las urnas enviaban un mensaje claro. Negarse a escuchar ese mensaje solo conduce al inmovilismo.
Mientras tanto, la denominada guardia pretoriana de Sánchez continúa defendiendo cada decisión del liderazgo con una disciplina casi absoluta. Es una estrategia legítima, pero políticamente puede resultar insuficiente cuando una parte importante del electorado expresa señales de desgaste. En política, la fidelidad al líder nunca debería sustituir al análisis de la realidad.
Quizá el problema no sea únicamente perder elecciones en determinados territorios. Lo verdaderamente preocupante sería no preguntarse nunca por qué se pierden. Sin esa reflexión, cualquier organización corre el riesgo de encerrarse en sí misma y de confundir la cohesión interna con la ausencia de debate.
La historia del PSOE está llena de momentos de renovación. Ha sabido reinventarse en distintas etapas de la democracia española y precisamente esa capacidad de adaptación ha sido una de sus mayores fortalezas. Por eso no parece exagerado plantear que el partido necesita abrir un profundo proceso de reflexión sobre su rumbo político, su funcionamiento interno y su relación con una parte del electorado que ha dejado de confiar en él.
Lejos de debilitar al PSOE, un ejercicio sincero de autocrítica podría fortalecerlo. Lo contrario —ignorar las voces discrepantes y convertir cualquier crítica en un problema de disciplina— solo contribuye a prolongar una situación que cada vez resulta más difícil de explicar.
Quizá por eso Emiliano García-Page se ha convertido en una figura incómoda dentro de su propio partido. No porque represente una alternativa orgánica inmediata, sino porque recuerda algo elemental: ningún proyecto político mejora si parte de la premisa de que nunca se equivoca.
La política española necesita menos unanimidad impostada y más dirigentes capaces de decir que algo no ha funcionado. Porque reconocer un error no es una muestra de debilidad. Al contrario, suele ser el primer paso para recuperar la credibilidad perdida.