Un censo debe recoger con la mayor exactitud posible los datos de una población. Si entendemos que ser español es un derecho —con sus obligaciones—, debemos asegurar que disfruten del mismo aquellos que lo merecen.

Es justo pensar, por tanto, que quienes perdieron esa identidad por culpa del exilio, de una Guerra Civil y de una dictadura, puedan recuperarla. Así lo entendía hace pocos años casi todos los partidos políticos.

Llamar adulteración o ingeniería a algo así significa devaluar el valor de ser español al convertirlo en una transacción interesada y no lo que en realidad supone: incorporar a nuestro censo a quienes nunca salieron de él de forma voluntaria no es una adulteración, es mejorarlo, es recuperar parte de quienes éramos.

Pensar que esos nuevos —pero viejos— españoles se incorporan al censo para modificar un resultado electoral conlleva, para quien lo dice, el peso del remordimiento de lo sucedido en España. Pensar que van a ser todos rojos y votantes sanchistas es —además de un análisis tremendamente pobre y equivocado— asumir que en ellos únicamente pesa su exilio por la dictadura de Franco y que su derecho está en entredicho por su supuesta ideología.

Pretenden reducirles a eso: a ser Españoles resentidos que durante décadas no han sido parte de la historia, que no han conocido la Transición Española, que no han visto gobiernos del PP, del PSOE y de los partidos políticos de los países donde viven ahora. Aseguran que concederles el derecho al voto es poco menos que una compra de voluntades.

Quienes están en esas tesis deberían viajar más, conocer otras realidades. Unas pocas conversaciones con esos "nietos" y seguro que se quedarían tranquilos con el posible sentido del voto.

Pero no entremos en eso. Un derecho se reconoce cuando se considera justo, no cuando conviene. Intentar establecer en la opinión pública que se están dando las nacionalidades "mal" porque le conviene electoralmente al PSOE es reconocer que no creen en ese derecho por sus consecuencias (que, como digo, además son muy erróneas).

Ojalá, en todo caso y a pesar de todo, este fuera en el fondo un debate ideológico. Ojalá estas nacionalizaciones estuvieran generando un debate sobre nuestro pasado, errores a no cometer de nuevo y que todo ello nos llevara al entendimiento político. Pero, en realidad, si vemos lo que hasta ahora ha supuesto ese voto en las elecciones, es un porcentaje muy reducido.

Objetivamente no es el derecho a voto lo que más se busca, lo que mueve principalmente es recuperar una nacionalidad con, por ejemplo, un pasaporte español y por ello, europeo. Es decir, volver a ser parte de nuestro éxito colectivo es algo que nos debería hacer sentir orgullosos.

Hay muchos motivos para querer tener la nacionalidad española, hemos logrado construir un país del que querer ser parte. Corregir esta injusticia forma parte, precisamente, de ese éxito. Cualquier patriota debería disfrutar de algo así, voten lo que voten.