En los últimos treinta años ser creyente estuvo desfasado. Lo dejamos en la cómoda de la abuela, entre el rosario de nácar y el mantel de hilo. Los valores tradicionales se quedaron allí, cogiendo polvo, mientras fuera brindábamos, por lo contrario. Confundimos libertad con ausencia de límites. Convertimos el placer en horizonte y la inmediatez en filosofía. Hicimos callo. Callo en el alma. Callo en la conciencia. Nos acostumbramos al ruido, al exceso, al vacío disfrazado de libertad.

Seamos honestos: no todas las almas encuentran a Dios. En muchos ámbitos, la fe ha retrocedido. El individualismo, la cultura de lo inmediato y la obsesión por lo superficial ocupan hoy espacios que antes llenaban las grandes preguntas. Nietzsche lo gritó hace más de un siglo: "Dios ha muerto". Y nosotros actuamos como si tuviera razón. Lo repetimos mientras vaciábamos iglesias y llenábamos agendas, pantallas y plazas.

Pero estos días, entre la multitud de un millón y medio de personas que acudieron a escuchar la misa del Corpus con el Papa, esa frase parece resquebrajarse. Porque Dios no ha muerto. Quizá los que estábamos dormidos éramos nosotros.

¿Qué está pasando? ¿Por qué tantas personas vuelven a buscar respuestas en la fe? ¿Por qué parroquias que parecían condenadas al silencio vuelven a llenarse de vida? ¿Por qué familias enteras se acercan de nuevo a Dios sin que nadie las obligue? Tal vez porque el alma, cuando se la engaña durante demasiado tiempo, acaba pasando factura.

El Papa lo resumió esta semana al pedir que defendamos nuestras raíces sin complejos. Y nuestras raíces también son esto: la búsqueda de sentido, la necesidad de pertenecer y el deseo de encontrar algo que nos trascienda.

Y no hablo sólo de la fe católica ni de un único modelo de familia. Hablo de algo más antiguo y profundo. Hablo de la necesidad humana de saber quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde caminamos. Algunos encuentran esas respuestas en Dios. Otros en una tradición espiritual distinta. Otros en el servicio, en la comunidad, en el compromiso con los demás o en una causa que da sentido a su vida. Cambian los caminos, pero la sed es la misma.

Lo mismo ocurre con la familia. No hablo de formas, etiquetas o estructuras. Hablo del lugar donde uno aprende a ser querido antes de merecerlo. Del refugio que permanece cuando todo lo demás falla. Del espacio donde descubrimos la responsabilidad, el cuidado y el amor. La familia adopta rostros distintos, pero su misión sigue siendo la misma: recordarnos que no estamos solos.

Y quizás quienes vuelven lo han entendido antes que nosotros. Han probado de todo y han descubierto que nada basta cuando falta el sentido. Han buscado respuestas en el éxito, en el consumo, en el entretenimiento permanente o en las ideologías. Han gritado mucho y se han quedado roncos de vacío. Porque el ser humano puede vivir con pocas certezas, pero no puede vivir sin esperanza.

El algoritmo no abraza. El botellón no perdona. La droga no da sentido. La cancelación no consuela.

El hombre sin fe, sin algo que lo trascienda, acaba sintiéndose huérfano. Y los huérfanos siempre buscan un hogar. Una explicación. Un lugar donde descansar las preguntas que el ruido no consigue silenciar.

Por eso vuelven algunos. Por eso permanecen otros. Por eso la cómoda de la abuela se abrió otra vez. Y el rosario de nácar no estaba roto. Estaba esperando.

España lo sabe. Cada Corpus lo recuerda con una belleza especial. Que nos lo digan en Toledo. Pocos o muchos, eso es lo de menos. Lo importante es que siguen ahí. Sin complejos. Con raíces. Con esperanza.

La búsqueda de referentes espirituales no es debilidad. Es rebeldía. Es negarse a aceptar que la vida se reduce a consumir, producir y desaparecer. Es volver a casa después de años de intemperie y descubrir que la puerta nunca estuvo cerrada.

Porque todos necesitamos una casa. Un lugar físico o espiritual al que regresar cuando el mundo se vuelve demasiado grande y nosotros demasiado pequeños. Un lugar donde nos recuerden quiénes somos cuando lo hemos olvidado.

Y quizá esa sea la verdadera historia de nuestro tiempo. No la de una sociedad que ha dejado de creer, sino la de una sociedad que, después de mucho caminar, ha descubierto que seguía teniendo sed.

Porque casa, queridos amigos, solo hay una.