Lo bueno de la fe es que no es una ideología. Es un regalo que, desde luego, no merezco y que me ayuda a mirar el mundo sin necesidad de encerrarlo en estructuras toscas. Me enseña que el servicio es un camino cierto; que ninguna persona está por encima o por debajo de mí; que la familia es la primera palabra que pronunció el hombre antes incluso que "yo". Y precisamente por eso —aunque no solo por eso— la vida no acaba de pertenecernos y, desde luego, carecemos de autonomía absoluta para decidir su final.

Hay un espejo al otro lado de mi fe. Un espejo que me obliga a agachar la cabeza, que vive dentro y tiene voz propia: le llamamos conciencia, esa realidad todavía inexplorada.

Dicho esto, entenderán que este lunes he asistido con la boca abierta al extraordinario discurso que ha pronunciado el Papa León XIV en el Congreso. Por una vez, no he tenido que aceptar solo una parte; no ha habido necesidad de taparme la nariz a medias ni de justificar algo por aquello del mal menor. Ha sido media hora de bien mayor.

De la historia de España ha demostrado tener un conocimiento profundo: una nación con una tradición singular, capaz de unir fe y razón, derecho y conciencia, libertad y justicia. Y la Escuela de Salamanca y Francisco de Vitoria como faros de civilización.

Ha reivindicado a los vulnerables, empezando por los más evidentes: aquellos que ni siquiera llegan a nacer. Pero también a los pobres, los ancianos y los migrantes. Y aquí es donde el Papa ha hecho un ejercicio de realismo poco habitual: combinar la necesidad de la acogida y la integración con el derecho de las personas a no verse obligadas a abandonar su país. Ha reclamado vías legales y una respuesta internacional coordinada frente a las mafias y las tragedias migratorias.

También ha rebatido la idea de que el mundo está abocado al rearme como única vía para afrontar los desafíos de un tiempo que parece abandonar las reglas del derecho internacional. "Las armas pueden imponer un silencio temporal, pero nunca construir una paz duradera", ha dicho. ¿Quién puede negar semejante verdad?

Y, por último, ha reivindicado la libertad religiosa. La fe no debe ser expulsada del debate público. Quizá por eso hoy me atrevo a escribirle también en primera persona. A usted, que no cree. A usted, que cree un poco. Y también a usted, que no tiene ninguna duda. Todos estamos llamados a compartir el espacio, a reconocernos parte de una misma comunidad humana.

Es una sensación extraña, nueva, preciosa: he sentido que alguien pronunciaba en el Congreso palabras que no me obligaban a rebajar ni una sola de mis convicciones.