En un par de semanas —en concreto, el 28 de mayo—, está convocada en Toledo una manifestación bajo el lema "¡La Sagra existe!". ¿Su objetivo? Poner el foco en una realidad tan ignorada como rotunda: la precaria situación de las escuelas e institutos del norte de Toledo y el abandono recurrente de la administración educativa a las necesidades de estos centros.

Tengo muchos amigos trabajando en colegios e institutos de la zona y los adjetivos que usan para definir sus aulas no dejan mucho lugar a la duda: abarrotadas, conflictivas, sin apoyos, difíciles, frustrantes, a ratos desesperantes… Y lo malo no son los adjetivos que usan, sino que todos ellos podrían ser perfectamente prescindibles con un poco de 'cariño' gubernamental.

Las aulas de la Sagra están abarrotadas por falta de previsión. El norte de Toledo es, posiblemente, la zona de mayor crecimiento demográfico de la región y esto es así desde el año 2000. ¿En serio que nadie ha pensado un plan para dotar a esta comarca de infraestructuras educativas acordes a su ritmo de crecimiento? En lugares como Seseña he visto inaugurar institutos que se habían quedado cortos el primer día de curso. Ya les digo yo que convertir laboratorios, bibliotecas o salas de profesores en aulas, o llenar los patios de barracones eternos, no es la solución.

Las aulas de la Sagra son conflictivas porque el aumento demográfico que ha experimentado esta zona en lo que va de siglo es un factor que ha cambiado la idiosincrasia de estos pueblos y, por lo tanto, de su alumnado. Hay pueblos que han visto multiplicar por tres, a veces por cuatro y hasta por cinco, su población en poco más de 20 años. Una población que viene del sur de Madrid, del norte de África, de Europa del Este, de América… y que han convertido a estos pueblos en comunidades más complejas de gestionar. ¡Ojo! Que nadie me malinterprete, la multiculturalidad es buena, un regalo que nos ha dado el Estado del Bienestar. Esta confluencia de coordenadas en nuestros pueblos nos hace ser más ricos en todos los sentidos —incluso en el económico—, pero para que la cosa funcione hay que dotar a estas nuevas realidades de recursos, para no convertir la deseada multiculturalidad en marginalidad.

Son, también, aulas sin apoyos. Hablemos claro: muchos de estos alumnos necesitan un extra de ayuda que, a día de hoy, no tienen. Ayuda que va desde tener un aula reducida para poder aprobar esas matemáticas que nos cuestan y no hay dinero en casa para extraescolares, hasta para aprender el castellano porque acabo de llegar al país. El otro día lo explicaba muy bien el sindicato STE en una entrevista en una radio local: "No puede compararse ni tener los mismos recursos un colegio en la Avenida de Europa de Toledo capital, con un centro lleno de niños que no hablan ni entienden el idioma o donde la conflictividad es cada día mayor".

Todo esto hace que sean aulas difíciles, muy difíciles. Muchas veces tendemos a medir la labor docente por los meses que tienen de vacaciones, pero les invito a reflexionar sobre lo difícil que es sacar adelante una clase de 30 alumnos de 14-15 años desmotivados, desenganchados y convencidos de que el barracón en el que están, es el futuro que les espera. Ideal, como ambiente de aprendizaje, no lo es mucho.

Y esto frustra. Frustra al docente, al alumnado, a las familias… y, a ratos, desespera.

Lo peor de todo esto es que no es un problema sobrevenido. Lleva años larvándose. Si fuera mal pensada, diría que la dejadez de la administración educativa ante la situación de la Sagra parte del hecho de que muchos padres y madres afectados por estos colegios e institutos no votan en Castilla-La Mancha. Bien porque están de paso y no se desenganchan de sus regiones de origen, bien porque son extranjeros y, directamente, no tienen derecho a voto.

En muchos casos, la diferencia entre que todo sea un caos o que las cosas funcionen más o menos, se encuentra en las horas que le echan muchos docentes y los equipos directivos. "Esto no se trata de pedir más sueldo o menos horas de trabajo, lo que exigimos son futuros dignos para nuestros alumnos", me advertía el otro día un profesor sagreño al hablarme de esta iniciativa.

Así que, tanto si son de la Sagra como si no lo son, tienen una cita pendiente el 28 de mayo a las siete de la tarde a las puertas de la Consejería de Educación para pedir medidas reales para 'salvar' la Sagra. Para empezar, no estaría mal arrancar el curso que viene con una reducción significativa del número de alumnos por aula y, de cara a los próximos cursos, contar con centros adecuados en tamaño e instalaciones. El futuro de la región está en juego. ¿Se darán cuenta alguna vez de ello? Se verá.