Estoy boquiabierta. Literal. Con la mandíbula colgando frente al televisor, como si abrir la boca fuera el conjuro que falta para que el veneno no me nombre. Y con la otra mano busco, a tientas, los dedos de mi hija en el sofá. Porque cuando la tormenta ruge en las pantallas, una se aferra a la carne que sí abriga.

¡Un nuevo virus!, ladran los titulares. Y mi cabeza, que aún cría humedad del anterior, hace clic como una cerradura oxidada. Se me desborda el desván del pecho: el vaho de la lejía, los balcones convertidos en partitura a las ocho, el pavor doblado en el bolsillo igual que un pañuelo usado. Creí haber tapiado ese cuarto. Pero ha vuelto con zapatillas de estar por casa, sin tocar el timbre, y se ha sentado en mi calma como si fuera suya. Y aun así, recuerdo los bizcochos de mi amiga Piti, cada mañana en el trabajo, para abrazarnos con su ternura y esperanza (algunos no teletrabajamos). La memoria del miedo no borra la memoria del cuidado. Coexisten, como la lluvia y el techo.

No cambio de canal. Para qué. La realidad es un palimpsesto escrito con prisa: crisis energética a niveles de síncope, declama un presentador con el gesto ensayado del duelo. La luz escala las paredes como una hiedra eléctrica, el gas se fuga por las rendijas igual que un secreto y nosotros nos quedamos sin aire en la alfombra. "Arrópate con la dignidad", parece insinuar el locutor entre líneas. Y en el faldón, a modo de posdata, tres juicios por corrupción esta semana. Tres. La trinidad laica del expolio. Sobres que pesan más que mi columna vertebral, dentelladas que no revela ninguna placa y sastrería fina hilvanada con el hilo de nuestra paciencia. Nos funden los plomos para que no distingamos las manos dentro del arca. Prestidigitación de mercadillo. Y pienso en mi hijo, que anoche me bajó el diferencial sin que yo lo pidiera. En cómo me echó la manta por los pies como quien cubre una catedral. Hay liturgias pequeñas que no cotizan en bolsa.

Al lado, otro rótulo se estira como un gato: La noche más febril en Nueva York. Cristal líquido, telas prestadas, azoteas que alzan copas como si la Tierra fuera un contrato de temporada y les devolvieran la fianza.

Y entonces me sube la bilis a la garganta. Saturación. Esa es la palabra, gastada de tanto usarla y exacta como un bisturí. Pero entre la náusea y el pulso, la frutera de la esquina me ha dicho esta tarde "llévate este melocotón, que tienes cara de verso triste". Y ese melocotón me ha sabido a tregua. A que todavía nos leemos los ojos.

Esto es un banquete sin maître. Te sirves pandemia macerada, guerra al dente, clima en su punto de ebullición, corrupción de primero con puñetas de segundo y de sobremesa un desfile donde un bolso paga el techo de tres familias. "¿No quieres más caos? La cocina no cierra". El mundo es un niño sin siesta que prende fuego a las cortinas para ver qué color tiene el humo en los filtros. Y, sin embargo, en el recreo del instituto de mi hijo, siguen escribiendo nombres con tiza en el suelo. Siguen inventando futuros.

La literatura presentó su dimisión. Dijo "no compito con este disparate" y bajó la persiana con un golpe seco. Nos dejaron a solas con un dramaturgo insomne y febril: bacilos en portada los lunes, rateros de escaño los martes, facturas con calambre los miércoles, lentejuelas el jueves. Y el viernes te toca a ti. A ti, haciendo equilibrios entre el oro líquido del aceite y el botón rojo del radiador. A ti, con la mascarilla plegada en el bolso como un relicario contra este siglo sin ángeles. A ti, que preguntas "¿qué tal el día?" cuando el tuyo fue un páramo. Eso no lo firma ningún cronista. Pero es épica. Es Odisea en zapatillas.

Padecemos hartazgo ilustrado. Nos sirven terror en el desayuno, desvergüenza togada en el almuerzo y confeti en la cena. Te asfixias con el índice variable y al instante te ahogan con el primer plano de un prócer entrando al juzgado como si pisara una alfombra persa. Traje sin una arruga, ofensa impostada en el rostro y el "no me consta" recitado como un salmo. Es una sonata bipolar retransmitida en ultra alta definición. Y, aun así, mi hija llegó ayer con ojeras porque se quedó velando la ansiedad de una amigo. No abrió telediarios. Pero abrió una grieta de luz.

Lo grave no es el encabezado. Es el callo. Oímos "nueva variante" y exhalamos: "otro marcapáginas para el espanto". Oímos "procesado" y nos ahuecamos el cojín, no la conciencia. Somos sumilleres de nuestro propio acíbar: "Esta cosecha del desasosiego le falta cuerpo, la del Covid tenía más bouquet". Y, con todo, esta tarde el panadero me guardó la última barra "porque sé que vienes tarde". No nos hemos vuelto todos estatua de sal. Todavía no.

¿Dónde se devuelve este hastío? No hay palangana. No hay interruptor que no venga con peaje de culpa. Si te desenchufas, eres mármol. Si te enchufas, te electrocutas. Y en el centro de la plaza, Nueva York baila y los tribunales madrugan. Siempre hay quien danza y quien sisa mientras la biblioteca arde. La música del DJ y el martillo del juez llevan el mismo compás roto. Pero en mi calle, la de la casa de enfrente, riega los geranios a la vecina cuando emigra al pueblo. Y ese gesto no hace titular, pero apuntala los cimientos.

Claro que tengo miedo. Miedo de legarle a mis hijos un globo con el aire contado, un saldo bancario en negativo y una oligarquía que se desliza por la puerta de servicio de la ley con la misma arrogancia con la que ocupa un palco. Miedo de que el latrocinio nos parezca costumbre, refrán, paisaje. De que "corrupción" sea la sílaba que emites al encogerte de hombros antes de teclear el PIN. Miedo de que el ruido me borre la música.

Pero sobre todo tengo arcadas. Arcadas de este menú de catástrofe y gala servido en el mismo plato, sin reposar. La vida es una taberna donde se desangra, se hurta, se baila y se mata bajo la misma lámpara de araña. ¿Cuándo pronunciamos el "sí, quiero" a esta demencia? ¿En qué cláusula enana decía que íbamos a deglutir el orbe en directo hasta la úlcera? Y con todo, anoche mi hijo me susurró "tú puedes con esto, mamá" antes de apagar la luz. Y pude. Porque la ternura es la única armadura que no pesa.

No traigo recetas. Traigo la boca abierta y el estómago en rebeldía. Traigo la certeza de viajar en un coche sin frenos, con descuideros en los asientos de atrás y el volumen aullando para no oír la mecánica herida. Pero traigo también a los míos de copilotos. Y eso cambia el mapa.

Quizá lo único sensato sea entornar los párpados un instante. No para desertar. Para no fundirse. Elegir tu barricada, porque no hay piel que soporte todas las batallas ni todos los sumarios. Cerrar fuera para alumbrarte dentro. Cercar tu metro cuadrado de lucidez, de ética y de gente que te nombra con amor. Porque si desertamos todos, ¿quién le cambia las sábanas a este festín de incendiarios y tahúres? ¿Quién le sopla la herida al día cuando tropiece?

Hoy no brindo. Hoy rumio con rabia y con cuidado. Hoy no consiento, pero abrazo el doble.

Que la noche de Nueva York se la beba quien tenga sed de espejismos. Que el banquillo lo temple quien lo enfrió. Yo estoy de resaca de realidad, sí. Pero me la curo con el bizcocho de mi amiga, con melocotones regalados y con la mano de mis hijos anclándome a la orilla.

Y a esta resaca, con poesía y piel, se sobrevive.