Me he enterado de que la Ciudad Universitaria de Madrid cumple cien años en 2027. Qué poco la aproveché los cinco años que pasé en ella, sin saber que me rodeaban edificios declarados monumentos o esculturas de extrema singularidad y destacada autoría.

En la Ciudad Universitaria, que acogió a miles de castellanomanchegos y castellanomanchegas antes de que la región contara con su propia universidad, han dejado su huella artistas como Jorge de Oteiza, Juan de Ávalos, Susana Solano o Anna Hyatt Huntington.

Entre los profesionales de la arquitectura destacan Alejandro de la Sota, Rafael de la Hoz, Carmen Córdova, Clara Maestre y o el mismísimo Miguel Fisac, que conecta directamente a Castilla-La Mancha con este singular espacio urbano, ubicado tan lejos y tan cerca del corazón de Madrid.

Cerca porque habitualmente bulle de vida, lejos porque durante los periodos de asueto queda desconectada y fuera de todo interés. Por eso, tres universidades públicas impulsan ahora un concurso de ideas para repensarla. Quieren subrayar el valor de su patrimonio y convertirla, aprovechando su centenario, en un campus urbano más sostenible, conectado e integrado.

Cuando Alfonso XIII impulsó su creación en 1927 puso en la Junta Constructora a su dentista, pero también incluyó a académicos, políticos y responsables universitarios. Un equipo elitista, masculino y fundamentalmente madrileño que se proponía responder a las crecientes necesidades de espacio de la Universidad Central.

Entre los responsables de la planificación, coordinados en la primera etapa por Modesto López Otero, estaban Manuel Sánchez Arcas y Luis Lacasa Navarro, que por entonces acababan de ganar el concurso para la construcción del nuevo Hospital Provincial de Toledo.

Pero los vínculos de Castilla-La Mancha con la Ciudad Universitaria no acaban ahí. Volvamos a Fisac, el arquitecto de Daimiel, que durante la posguerra hizo posibles el Instituto de Formación del Profesorado y el Centro de Cálculo IBM, actuales Facultad de Estadística y Centro de Procesado de Datos de la Complutense, respectivamente.

Entre los escultores, dejó su impronta el almanseño José Luis Sánchez, que colaboró en aspectos decorativos con varios arquitectos, o el conquense Luis Marco Pérez, con obra en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII.

La comunidad universitaria madrileña, de la que hoy forman parte personas con origen o residencia en Castilla-La Mancha, recogerá el testigo concurriendo al certamen conmemorativo del centenario. Confiemos en que los buenos propósitos no escondan intenciones espurias que podrían convertir la Ciudad Universitaria un nuevo parque temático del consumo.

Madrid no necesita más.