¿Cómo hemos podido normalizar que el líder del tercer partido de España llame "mierda" al presidente del Gobierno? Ocurrió esta semana en un mitin de Vox en Andalucía. Un grupo de personas que tienen la violencia en las venas fueron a increpar a los dirigentes del partido y a los cientos de asistentes al acto. En un gesto que cada vez repite con más frecuencia y apoyándose en la injusticia que supone no poder defender libremente tus ideas en público, Abascal comenzó a insultar. A todo el mundo: Sánchez es un "mierda", Marlaska "una rata"; y el portavoz de los obispos, según afirmó, un cobarde que "nunca se atreve a criticar al Gobierno mafioso" porque este "le proporciona su negocio" con lo que calificó como "la invasión migratoria".
Mientras perdía la razón que pudiera tener en alguno de sus argumentos, Abascal siguió horadando la dignidad de la actividad política. Pero que nadie piense que los exabruptos forman parte de un calentón. Eso es exactamente lo que quieren que pienses los estrategas de la propaganda digital de Vox. Pero no, los insultos están perfectamente diseñados. El supuesto hartazgo espontáneo, el calentón del político que lo acerca al ciudadano del bar, del pincho de tortilla, no es más que una página más del manual de marketing del perfecto populista.
Vuelvo a la pregunta inicial, formulada de otra manera: ¿De verdad queremos que nuestros hijos crezcan en una sociedad en la que los dirigentes políticos se insultan sin ningún pudor? El intestino ha sustituido a la inteligencia y eso es un drama de incalculables consecuencias. Porque esos chavales que disfrutan deslizando el dedo en sus móviles mientras ven a Abascal, a Ione Belarra, a Rufián, a Trump, a Orbán, a Óscar Puente, a Pablo Iglesias, al Infovlogger y a muchos más despreciando al otro van a crecer en un mundo de valores invertidos: el odio frente a la compasión, el grito frente a la escucha y el desahogo frente al argumento.
Sé que los integrantes de la lista no representan lo mismo y que sus objetivos no son equiparables. Pero esta columna no va del destino, sino de los medios que se utilizan para lograrlo. Y no todo vale. De ninguna manera. Yo no quiero que Paco Núñez le pierda el respeto a Emiliano García-Page, ni que Carlos Velázquez menosprecie a Milagros Tolón.
Algunos creen que la unidad de medida intelectual del ciudadano de hoy es un vídeo subtitulado de 40 segundos. Pero es mentira. Hay que atreverse a decirlo: la esperanza siempre pesa más que la frustración, está en su naturaleza. No podemos resignarnos a la oscuridad que tratan de inocularnos desde lejanos algoritmos. Es posible otra forma de relacionarnos, y para ello es prioritario que les exijamos a nuestros líderes políticos que estén a la altura.
Y una advertencia final, que ya os veo venir: prefiero ser buenista que perverso, tonto que cruel, ingenuo que amargado