Los morachos están de fiesta. En el municipio de Mora se celebran, el último fin de semana de abril, las Fiestas del Olivo. Leo por ahí que disfrutan de su conocido "olivarito" desde 1957 y estas fiestas fueron declaradas de Interés Turístico Nacional en 1966, en pleno franquismo.

Es curioso, porque en el listado actual del Ministerio de Industria y Turismo esta fiesta no aparece como tal. Que quede claro que no estoy dudando de su interés, solo digo que igual hay que llamar al Ministerio o presentar algún papel, o algo. Seguro que el alcalde, si le veo, me lo explicará muy amablemente.

Me sirve de excusa esta fiesta donde el olivo, el aceite y los chochos de las aceitunas son los protagonistas para preguntarme: ¿Por qué y para qué interesa convertir una fiesta en interés turístico regional, nacional o internacional? Cada año vemos como persiguen estos títulos las fiestas o tradiciones de un montón de pueblos y ciudades y como celebran este logro.

Entiendo que, al margen de las subvenciones o ayudas que pueden solicitarse cuando una fiesta recibe este rango, es obvio que lo que se persigue es un mayor reconocimiento fuera de nuestro propio pueblo o ciudad y un mayor número de visitantes o turistas que supongan un revulsivo económico. Y ahí está el asunto. Realmente, ¿cómo se puede conseguir un término medio entre mantener el espíritu de una fiesta local, de la que deben disfrutar los vecinos, y conjugar eso con la llegada de miles, a veces decenas de miles, de visitantes que quieren conocer y disfrutar de la fiesta? En esta tesitura ya están muchas fiestas en España.

Déjenme que empiece por la más grande, los Sanfermines. ¿Cuántos pamplonicas conocen que en San Fermín se marchan de la ciudad porque se les hace insoportable el exceso de turistas en sus calles y todo lo que supone? ¿Cuántos valencianos huyen de las Fallas en los días más grandes de su fiesta? ¿Cuántos albaceteños orgullosos de su feria saben que no pueden pisar "los redondeles" en fin de semana porque literalmente no se pueden mover entre la masa de visitantes?

No tengo ninguna respuesta. Sé que es casi imposible guardar un equilibrio, no solo en esto, sino en otras muchas cosas, entre el bienestar de los vecinos —que se lo digan a los del casco histórico de Toledo— y el beneficio económico y la popularidad que cogen algunas celebraciones, tradiciones o fiestas populares. Pero sí les llamo a una reflexión: ¿Vale siempre la pena que una declaración de interés turístico cambie, en muchas ocasiones radicalmente, la forma de vivir nuestras tradiciones? Me llamo Ángeles y estas son mis dudas y mis demonios.