Ha sido una Semana Santa de récord en Castilla-La Mancha. Ocupaciones superiores al 80 % en gran parte de los pueblos y ciudades y también en aquellas zonas que llevan el turismo rural por bandera. Hay motivos más que sobrados para alegrarse y yo, desde luego, me alegro.

El problema es que hay otros récords que no me alegran tanto. Toledo, ciudad patrimonio y destino de miles y miles de turistas, está ahora mismo en el ranking más alto de las estaciones de autobuses más deplorables de España. Me da entre vergüenza y angustia pensar en aquellos viajeros que llegan a Toledo en autobús y se encuentran con una estación donde no funcionan las escaleras mecánicas, donde no funciona el ascensor, donde personas mayores o con movilidad limitada se ven atrapadas en una planta baja.

Una infraestructura propiedad del Gobierno de Castilla-La Mancha, cuyo mantenimiento corresponde al Ayuntamiento y que lleva años sufriendo un deterioro que parece irreversible. A la gente no le importa de quién es la culpa, ni cómo van o dejan de ir las negociaciones entre las administraciones. A los usuarios les importa que el servicio funcione, y no funciona. Pónganse las pilas todos, los de un lado y los del otro.

Y, hablando de autobuses, a mí también me parece de récord que tenga que venir la Empresa Municipal de Transportes de Madrid a elaborar el pliego del nuevo contrato de autobuses urbanos de Toledo. ¿Perdón? O sea, ¿ya hemos externalizado hasta los pliegos? Nos lo va a hacer una empresa pública de Madrid cobrando, claro—. Externalización de un pliego; para mí esto es de récord.

Y ya que ando liada con el transporte, aprovecho para recordar que seguimos marcando récord de atascos en los accesos al Polígono de Toledo. Es diario y es un infierno. Les digo lo mismo de antes: a los usuarios les da igual quién tiene la culpa.

Déjenme que les haga tres apuntes más sobre la Semana Santa toledana. Es de Interés Turístico Internacional y eso supone también una responsabilidad. En mi opinión, y en la de otros, esa responsabilidad incluye que las procesiones estén muy bien organizadas no ha sido así alguno de los días—.

También incluye que no todos los pasos pueden salir a la calle. Lo siento, pero hay pasos que deslucen nuestra Semana Santa. El que quiera entender, creo que lo entenderá.

Y, por último, las personas que salen a procesionar se merecen un respeto. No es de recibo que, tal y como pasó este año con la Virgen de la Soledad, en medio de la procesión se repartan octavillas a las mujeres que procesionaban con el código de vestuario. Con ellas ya en la calle y con la procesión en marcha. ¿En qué cabeza cabe? ¿A quién se le ocurrió?

Sé de muy buena tinta que eso generó un gran malestar entre las mujeres que llevan décadas procesionando y a las que nadie tiene que venir a decirles si tienen que llevar falda, pantalón o manga francesa, que parece que hemos vuelto a los años 40. Me llamo Ángeles y estos son mis demonios.