El próximo presidente del Gobierno de España no heredará un despacho, una banda y un coche oficial. Heredará, sobre todo, la frase más repetida por este Gobierno: "la economía va como un avión". Y luego, cuando salga del Falcon y pise la calle, descubrirá el pequeño detalle de que sólo va bien en la cabina mientras el resto sólo está llena de gente mirando la cuenta del banco con cara de lunes al sol.
Porque sí: la macroeconomía puede lucir bien en titulares, pero la economía real, la del supermercado, el alquiler, la calefacción y la pensión de tus padres, es otra cosa, y esa es la España que queda; una España tensionada, desigual y con demasiada gente viviendo al límite.
Empecemos por el dato que más duele porque no admite maquillaje.En España hay 12,5 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social. Sí, doce millones y medio; casi como si tuviéramos un país paralelo, uno donde no se discute de crecimiento, sino de llegar a fin de mes sin hacer malabares.
Por si a alguien le parece poco, la pobreza severa sigue ahí, instalada como un impuesto invisible: más de 4 millones de personas viven en condiciones de pobreza severa, con ingresos tan bajos que hablar de "recuperación" suena a chiste de cuñado.
Pero no pasa nada, porque siempre queda el comodín: "al menos hay empleo". Bueno. Hay empleo… quizá deberíamos hablar del concepto de trabajar y seguir siendo pobre porque la teta del autónomo no da más leche. En España, un 11% de los trabajadores está en riesgo de pobreza, uno de los peores datos de la Unión Europea. Es decir, que ya ni madrugar te garantiza escapar del barro.
Entre tanto, el gran elefante en la habitación, ese al que todos miran pero nadie quiere describir en voz alta: las pensiones. España envejece, el sistema se tensiona y los organismos internacionales ya avisan de que estamos ante un punto crítico. La OCDE alerta de un "punto de inflexión", con presiones crecientes sobre el sistema y un problema estructural que no se arregla con una rueda de prensa.
Así que sí, el próximo presidente heredará un país donde los indicadores pueden salir sonrientes en una diapositiva, pero la gente sigue haciendo cuentas. Un país donde se presume de estabilidad mientras se normaliza vivir con ansiedad económica. Donde se repite "vamos bien" mientras media España piensa "yo no lo noto".
La herencia de Pedro Sánchez, sea cuando sea, no será solo económica; será también emocional. Una España donde cada vez cuesta más creer en los discursos, porque la realidad es tozuda y la nevera no entiende de macrodatos. El próximo presidente podrá cambiar el tono, la propaganda o el eslogan, pero el problema seguirá ahí, esperando en la puerta: un país partido entre quienes viven y quienes sobreviven.
Y eso, por mucho que lo maquillen, no es un cohete. Es una cuenta atrás.