Para la gente de mi generación la lista de las amistades íntimas se abría con tres grupos que ya permanecerían en ella para siempre con letra indeleble. No era la lista de contactos, no, esa relación un tanto amorfa, en gran medida casi de circunstancias, que hoy incorporamos a cualquier teléfono móvil recién adquirido. Aquello era otra cosa.
El primero –y por ese orden– era el de los compañeros de colegio con los que compartíamos pupitre en los años de primaria, y que en aquel lejano tiempo ya supieron el nombre de la primera chica que nos gustaba. Aquella amistad sólo podía peligrar si uno de los componentes era del Real Madrid y el otro era del Atlético de Madrid. Y, por supuesto, si la chica de los sueños de ambos era la misma, la cosa se complicaba.
Pasados los años, el siguiente grupo de nuestras amistades imperecederas empezó para muchos en la universidad. Era alguno de esa clase de gente que te acababa por confesar que esa tarde no iría a "correr delante de los grises" –deporte muy generalizado entonces– porque había quedado con Lolita para ir a ver, sólo a ver, West Side Story en el cine Princesa y luego, si la cosa se ponía bien, a echarse unos bailes en Flamingo. Y si se lo montaba más en solitario y con ganas de marcha rockera, descolgarse por el Imperator, que de allí también salían amistades.
Ya más o menos por las mismas calendas se incorporaba al elenco de nuestros amigos de toda la vida, alguno de aquellos inolvidables individuos con los que lo primero que compartíamos era el color de nuestra indumentaria y un cierto look inconfundible. Y es que el color caqui y el "pelado al cero" de nuestra iniciación en los meses de la mili era cosa que unía mucho.
Aparte, claro está, que la muy variada procedencia provinciana de cada uno –todavía no vigente el invento autonómico– nos obligaba a ciertos excesos sentimentales de final imprevisible. Así, en la cantina de cualquiera de los campamentos o cuarteles del territorio que todavía se llamaba España, cualquier gran amistad se podía fraguar en una merendola que discurría entre tragos de vino de Valdepeñas y Albariño de Cambados, acompañados con butifarra de Olot y zarajos de Cuenca.
La infinita bondad de Dios conmigo ha querido que esa lista haya aumentado hasta abrumarme de gratitud. En ella, por diez mil venturosos motivos, ya se han añadido nombres que no estaban a mi lado en el pupitre de primaria, que no tomábamos el mismo tranvía para ir de Moncloa a la Ciudad Universitaria y que, con el mosquetón sobre el hombro, no cantábamos juntos el 'Margarita se llama mi amor'. Llegaron a mi vida de otra manera.
Pero no es esta clase de amigos –la que podríamos llamar de curso natural– la que hoy ha venido a mis recuerdos. En este tiempo de discordias renovadas, de silencios casi forzados con palabras que se recomen por no romper del todo antiguos encuentros cordiales que creíamos invulnerables y que están convirtiendo estas fechas en algo bastante amargo, se ha levantado en mi ánimo la memoria de un determinado tiempo en el que llegaron a mi vida otras muy buenas personas. Son mis amigos de entonces.
De aquel entonces quise dejar constancia en un libro de Memorias. Inédito. Silencioso. ¿Para qué habría de ser de otra forma si ya me bastaba como suficiente “premio” el simple hecho de haberle escrito, de haber experimentado la todavía buena salud de mis neuronas para recomponer un puzle de mi vida con el que yo mismo, a modo de confesión de errores y sordina de aciertos, quería encontrarme?
Releído hoy me ha brindado, sin embargo, una reflexión de utilidad. Escribía yo en alguno de sus capítulos que "la política crea intereses, pero no crea afectos". Revisada aquella pasajera etapa de mi vida, –"lo tuyo no ha sido una incursión, sino una excursión" me dijo un cierto día mi buen amigo don Félix del Valle–, encarado todo lo positivo de aquella experiencia, hoy no estaría dispuesto a suscribir aquella afirmación tan categórica que enfrentaba de forma tan irreconciliable intereses con afectos.
Muy al contrario. Bastaría como ejemplo muy significativo echar un nostálgico vistazo a una hermosa placa enmarcada y grabada en preciosa labor de damasquino en la que figuramos con nombres y apellidos todos los componentes que en la Corporación Democrática del Ayuntamiento de Toledo, de 30 de Junio de 1987 –muy pronto hará ¡cuarenta años!– con su alcalde a la cabeza, D. José Manuel Molina, fuimos elegidos concejales.
En sitio bien preferente de mi despacho está colgada esta placa. Y de vez en cuando mi vista se posa en esos nombres con un sentimiento muy especial. Releo cada uno, despacio, intentado reavivar su palabra, su fisonomía, como en un intento todavía posible de levantar acta testimonial de que más allá de diferencias políticas, por encima de credos ideológicos, es posible una hermosa amistad.
De todos ellos y ellas puedo hoy proclamar el afecto con que cuentan en mi estima. De todos y de todas. Muy en particular de aquellos que hicieron todo lo posible por liberarme de un incendio –valga la metáfora– para el que yo –¿por imprudencia?, ¿por excesivo idealismo juvenil?...¡vaya usted a saber por qué!– en el que no debiera haberme sentido con tanta vocación de bombero, como si de un acto más de mi profesión forestal se tratara.
Esta proclamación de afecto es para mí mucho más emotiva por la triste realidad de tratarse ya de personas fallecidas. De los demás, ese muy numeroso núcleo todavía resistente –no resiliente, ¡qué horror!– de mis amigos de entonces, mis buenos amigos de aquel tiempo, que todavía brujuleamos por este mundo de nuestros pecados, estoy seguro que comparten conmigo esos sentimientos de cordial amabilidad, de gran sentido noble de las relaciones humanas. En estos días de hoy, tan rodeados como estamos de caras agrias, aspavientos agresivos y exhumaciones de odios viejos, ¿cómo no recordar con muy entrañable afecto a mis amigos de entonces?
Y más aún. Por si fuera insuficiente esa convicción por la que aquel "entonces" venía a significar una de las etapas más positivas e inolvidables de mi vida, me habría bastado con la absoluta seguridad de que la motivación casi fundamental de todos ellos en su compromiso público era su amor a la ciudad de Toledo.