En la izquierda española la palabra “refundación” tiene algo de mantra tibetano: se repite con fe, se pronuncia con solemnidad y, curiosamente, nunca conduce a la iluminación. Sumar vuelve a demostrarlo. El proyecto que nació para superar viejos vicios parece haberlos asumido todos en tiempo récord, como si hubiera un máster acelerado en autodestrucción política.

Esta semana el primero en pulsar el botón rojo ha sido Antonio Maíllo, desde Izquierda Unida, que ha dicho en voz alta lo que muchos mascullan en privado: que así no, con estas siglas tampoco y ni hablar de este liderazgo. Traducción simultánea: Sumar necesita otra “refundación”, nuevas siglas, nuevo envoltorio… y, ya que estamos, nuevo líder elegido en primarias. Nada especialmente revolucionario si no fuera porque Sumar se presentó precisamente como la gran refundación definitiva de la izquierda a la zurda del PSOE. La refundación de la refundación. El “déjà vu” elevado a categoría política.

Yolanda Díaz, mientras tanto, asiste al espectáculo con esa mezcla de gesto grave y tono institucional que tan bien maneja. El problema es que el liderazgo no se decreta ni se hereda por aclamación mediática. Se ejerce. Y cuando los socios empiezan a pedir cambio de siglas y primarias, lo que están diciendo —aunque lo envuelvan en eufemismos amables— es que no reconocen una autoridad clara. En política, cuando hay que aclarar quién manda, es que nadie manda.

El caso de Maíllo no es anecdótico. Izquierda Unida lleva tiempo recordando que está ahí, que existe, que tiene estructura, militancia y memoria histórica y que no está dispuesta a disolverse eternamente en proyectos líquidos que prometen mucho y duran lo justo para acabar discutiendo sobre el logo. Lo sorprendente no es que IU pida primarias y nuevo liderazgo; lo sorprendente es que alguien pensara que esto no iba a ocurrir.

Por si el panorama no fuera suficientemente estimulante, Podemos sigue fiel a su papel de ex que no quiere ser la amiga de la novia… pero tampoco deja de comentar cada movimiento desde la barrera. Ni con Yolanda, ni con Sumar, ni con nadie que no controle. Podemos no se suma: observa, critica y espera a que el edificio termine de agrietarse para volver a presentarse como la única izquierda auténtica, pura y sin contaminar, aunque ya haya pasado varias veces por la lavadora del poder.

El resultado es el de siempre: fragmentación, reproches cruzados y debates orgánicos mientras el votante asiste con una mezcla de hastío y sarcasmo. El ciudadano medio no está pidiendo nuevas siglas ni primarias épicas; está pidiendo soluciones concretas, liderazgo claro y menos asambleísmo performativo, pero eso exige tomar decisiones incómodas, y en la izquierda española la incomodidad suele posponerse hasta después de la próxima refundación.

Todo esto ocurre, además, en el peor momento posible. El PSOE acumula problemas propios, desgaste evidente y una agenda cada vez más defensiva. Lo lógico sería que su socio a la izquierda ofreciera estabilidad, coherencia y una alternativa reconocible. En lugar de eso, Sumar parece empeñado en demostrar que siempre se puede añadir un problema más a la ecuación.

La gran paradoja es que Yolanda Díaz sigue siendo uno de los perfiles mejor valorados del espacio progresista, pero la valoración personal no sustituye a un liderazgo político efectivo. Gobernar una coalición heterogénea requiere algo más que buenas intenciones y gestos amables: requiere imponer un rumbo y cuando el rumbo no está claro, cada cual empieza a sacar su propio mapa.

Así que aquí estamos otra vez: la izquierda debatiendo sobre sí misma, mirándose al ombligo, discutiendo si el problema es el nombre, la marca, el relato o el líder, mientras el tiempo político avanza sin esperar a nadie. Sumar nació para sumar fuerzas y de momento, parece especializada en restar certezas.

Quizá dentro de unos meses asistamos al anuncio solemne de una nueva refundación, con nuevo nombre, nuevo logo y el mismo discurso de siempre. Será presentado como algo histórico y, como siempre, lo histórico durará hasta la siguiente asamblea.

En política, a veces, lo más revolucionario no es refundar nada… sino gobernar con claridad, pero eso, por ahora, sigue sin estar en el orden del día.