Vuelve la incertidumbre. La tranquilidad del verano llega a su fin. La cerveza en el chiringuito y el chapuzón en la playa da sus últimos coletazos. Las familias vuelven a la rutina, los trabajadores regresan a sus empleos con la mochila cargada de facturas y los estudiantes se preparan para iniciar un nuevo curso.

La vida real continúa, esa que no entiende de treguas ni de paréntesis. Sin embargo, en la política española parece que agosto fuera un mes de impunidad, una especie de burbuja donde los problemas pueden guardarse en un cajón hasta que los diputados decidan volver a la actividad.

La agenda que aguarda en septiembre no es precisamente ligera. El hermano de Pedro Sánchez sigue siendo un quebradero de cabeza para el presidente. Su mujer afronta un proceso incómodo que, más allá del resultado judicial, erosiona la imagen de La Moncloa. Y, mientras tanto, España continúa sin unos Presupuestos Generales definidos, lo que amenaza con dejar al Gobierno sin la herramienta básica para gestionar el país, un año más.

A este escenario se suma, como siempre, la eterna cuestión catalana. Carles Puigdemont, desde Bruselas, sigue dictando los tiempos de la legislatura como si fuera un árbitro invisible pero omnipresente. Su capacidad de presión es tan grande que, con un simple gesto, puede tambalear la estabilidad del Ejecutivo. El Gobierno ha convertido la política de Estado en una negociación permanente con un prófugo de la justicia, y eso habla mucho más de la debilidad de Madrid que de la fuerza de Waterloo.

El Partido Popular, por su parte, encara otro “curso político” que debería ser el de la consolidación. Tiene enfrente a un Gobierno cuestionado, una economía frágil y un país cansado de confrontaciones estériles. Lo tiene todo de cara… y, sin embargo, la duda es legítima: ¿volverá a cometer los errores de siempre? Porque la historia reciente demuestra que, cuanto más fácil parece el camino para los populares, más proclives son a dispararse en el pie con torpezas de principiante. La batalla mediática no se gana sola, y el PP, demasiadas veces, ha confundido oposición con espera.

En la derecha, Vox no se queda atrás. Su estrategia pasa por tensar al máximo la relación con el PP para marcar perfil propio. Su fuerza reside precisamente en esa capacidad de incomodar: obligar a los populares a moverse en terrenos incómodos, sabiendo que cada concesión resta credibilidad y cada choque desgasta la unidad. Vox juega a ser socio y verdugo al mismo tiempo, una táctica que puede debilitar a la oposición tanto como al Gobierno.

Y en el otro extremo, Sumar continúa atrapado en su propio laberinto. Nació con la ambición de ser una alternativa progresista al PSOE, pero a día de hoy sufre más por las disputas internas que por la construcción de un proyecto sólido. La pregunta no es si puede disputarle el voto a Sánchez, sino si puede siquiera mantener la cohesión necesaria para presentarse como algo más que un socio incómodo. Si no logran levantar un discurso claro y reconocible, quedarán condenados a la irrelevancia.

La fotografía, en definitiva, es desoladora. Los ciudadanos esperan respuestas a problemas urgentes: la vivienda imposible para miles de jóvenes, la inflación que devora salarios, una sanidad pública cada vez más colapsada, la educación convertida en campo de batalla ideológico, y un modelo económico que sigue sin diversificación real. Sin embargo, la clase política parece atrapada en su propio bucle de escándalos, cálculos electorales y pactos de supervivencia.

Septiembre debería ser el mes del regreso al trabajo serio, de la gestión responsable y de la altura de miras. Pero lo más probable es que volvamos a ver lo de siempre: ruido, acusaciones cruzadas, titulares de impacto y, al final, parálisis. La legislatura se adentra en un otoño caliente, con la cuerda cada vez más tensa y sin garantía de que nadie tenga la voluntad, ni la capacidad, de aflojarla.

Mientras tanto, los españoles seguiremos mirando el espectáculo con una mezcla de resignación e indignación. Porque ellos regresan de vacaciones, sí, pero los problemas nunca se fueron.