Plantación de pistachos
El nuevo mapa del campo de Castilla-La Mancha: el cultivo del pistacho se multiplica por 17 y el olivar adelanta al viñedo
El cereal mantiene su dominio, mientras en poco más de una década el campo manchego ha dado paso a nuevos cultivos y más regadío.
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El campo de Castilla-La Mancha ya no es exactamente el mismo que hace una década. Sobre las tierras donde históricamente han mandado el cereal, la viña y el olivar han ido ganando espacio nuevos cultivos, con el pistacho como gran símbolo de esta transformación.
Pero detrás de ese cambio de paisaje hay también una realidad que preocupa a quienes viven de la agricultura y la ganadería: producir no siempre significa poder vivir de ello.
Los últimos resultados provisionales de la Encuesta sobre Superficies y Rendimientos de Cultivos (ESYRCE) de 2025, elaborada por el Ministerio de Agricultura mediante observación directa de parcelas, permiten poner cifras a esa transformación.
Los datos muestran un campo en evolución, con cultivos tradicionales que mantienen un enorme peso y otros que avanzan con rapidez.
La primera fotografía sigue siendo la del cereal. Castilla-La Mancha mantiene alrededor de 1,28 millones de hectáreas de cereales para grano, con la cebada de dos carreras como uno de los cultivos más extendidos, con 716.117 hectáreas. El trigo y la avena completan buena parte de un paisaje que continúa siendo esencial para entender la agricultura regional.
Pero junto a esas enormes extensiones aparece un mapa agrícola cada vez más diversificado.
Del viñedo al pistacho: un campo que busca nuevas oportunidades
El viñedo sigue siendo uno de los grandes cultivos manchegos, con más de 424.000 hectáreas, pero el olivar ya ha ganado terreno hasta superar las 473.000 hectáreas. La evolución refleja una tendencia que se repite en distintas zonas: los agricultores buscan alternativas capaces de ofrecer mejores perspectivas económicas ante los problemas que arrastran algunas producciones tradicionales.
Castilla-La Mancha concentra la mayor parte de la superficie española dedicada al cultivo del pistacho. Los datos de la ESYRCE sitúan la superficie regional en 69.441 hectáreas, frente a las 89.794 contabilizadas en el conjunto de España. Es decir, alrededor de tres de cada cuatro hectáreas de pistacho españolas están en Castilla-La Mancha.
La dimensión del cambio se entiende mejor mirando hacia atrás. En 2012 apenas había unas 3.938 hectáreas de pistacho en la comunidad. En poco más de una década, la superficie se ha multiplicado por más de 17.
El fenómeno no es únicamente una cuestión de hectáreas. Muchas de esas plantaciones son todavía jóvenes y no han alcanzado su plena capacidad productiva, por lo que el crecimiento de la superficie puede seguir teniendo consecuencias en las próximas campañas.
El agua, una de las claves del nuevo mapa agrícola
La transformación del campo también tiene una dimensión fundamental: el agua. Castilla-La Mancha cuenta con más de 583.000 hectáreas de regadío, una superficie que condiciona qué cultivos pueden implantarse, cómo se explotan y qué perspectivas tienen las nuevas plantaciones.
El viñedo concentra una parte importante de esa superficie regada, pero también el olivar, el almendro y el pistacho tienen presencia en el regadío. En el caso del pistacho, los datos de la ESYRCE de 2024 contabilizaban unas 27.080 hectáreas de regadío frente a 36.750 de secano.
Es una cuestión especialmente relevante en una comunidad donde el agua lleva décadas formando parte del debate político y agrario. El crecimiento de cultivos leñosos, muchos de ellos con una vida productiva de varias décadas, obliga además a mirar más allá de una campaña concreta.
Porque el campo que se planta hoy será el que determine buena parte de la agricultura manchega de las próximas generaciones.
El problema no está solo en qué se cultiva
La radiografía, sin embargo, no termina en las hectáreas. La gran pregunta para agricultores y ganaderos es qué rentabilidad queda después de producir.
Ese es precisamente el contexto en el que ASAJA Castilla-La Mancha ha decidido volver a movilizar al sector. La organización ha convocado a agricultores y ganaderos de toda la región a una protesta el próximo 6 de octubre en Toledo, una decisión adoptada por unanimidad por su Comité Ejecutivo Regional Extraordinario.
La organización sostiene que las explotaciones están soportando una acumulación de problemas que dificulta su viabilidad. Entre sus principales reivindicaciones figuran la rentabilidad del sector, el agua, los daños provocados por la fauna silvestre, la burocracia, la sanidad animal y la competencia de producciones procedentes de terceros países. También reclama compensaciones por los daños y pérdidas ocasionados por los incendios y las restricciones vinculadas a ellos.
El presidente regional de ASAJA, José María Fresneda, ha defendido que el campo ha dado tiempo a las administraciones, ha planteado propuestas y ha esperado respuestas, pero que las explotaciones "no pueden esperar más". La organización pretende que la movilización de Toledo sea un punto de encuentro para agricultores y ganaderos de toda Castilla-La Mancha.
Un paisaje que cambia, un sector que pide poder seguir viviendo de él
La paradoja está precisamente ahí. El campo manchego está cambiando porque también cambian las oportunidades y las necesidades de quienes lo trabajan, pero esa transformación no ha eliminado los problemas estructurales del sector.
El cereal continúa ocupando una posición dominante. El viñedo mantiene una extensión que convierte a Castilla-La Mancha en una potencia vitivinícola. El olivar gana protagonismo y el almendro conserva una presencia destacada. Mientras tanto, el pistacho se ha convertido en la gran revolución agrícola de los últimos años.
Pero ninguna de esas cifras responde por sí sola a la pregunta fundamental: si resulta rentable mantener una explotación agrícola o ganadera.
El próximo 6 de octubre, ASAJA llevará a Toledo precisamente esa preocupación. La organización reclama medidas para recuperar la rentabilidad, garantizar el agua, reducir la carga burocrática y afrontar los daños de fauna, incendios y problemas sanitarios.
Mientras tanto, las estadísticas dejan una imagen clara: Castilla-La Mancha está sembrando un campo diferente al de hace diez años. La cuestión ahora es si ese nuevo campo será capaz de ofrecer también un futuro para quienes lo trabajan.