Ya no recuerdo dónde leí, hace ya mucho, una observación que juzgo muy certera: la de que las pequeñas editoriales vienen asumiendo, en no pocos casos, la función que antes desempeñaban las revistas.

Así fue, pienso, desde un comienzo: desde la emergencia de los pequeños sellos editoriales surgidos en su día con espíritu alternativo, de sesgo a menudo contracultural, cuando no –al menos en la España de finales de los años 60– abiertamente resistencial.

Baste pensar en la andadura inicial de sellos hoy tan conspicuos como Anagrama y Tusquets, y en sus viejas colecciones “Contraseñas”, “Cuadernos Anagrama”, “Marginales” o “Cuadernos ínfimos”.

Como tantas revistas, también los pequeños sellos editoriales ofrecen catálogos articulados conforme a un criterio bien reconocible, que apuesta por una o varias tendencias bien caracterizadas, abonando cierto espíritu de comunidad.

La mayor fortuna que le puede caber a un pequeño editor es crecer sin perder del todo estos rasgos, funcionando como una especie de “marca”. Así ha ocurrido con sellos como Acantilado y Anagrama, si bien la fusión de esta última en el Grupo Feltrinelli tiende a diluir las connotaciones de la marca –y del criterio que la sustenta– en el creciente caudal de novedades.

No hace mucho, en 2017, Anagrama relanzó su ya histórica colección “Cuadernos Anagrama”, retitulada ahora “Nuevos Cuadernos Anagrama”. Retomaba así la iniciativa de fungir como una especie de revista que ofreciera sus distintos artículos en forma de fascículos.

También el sello Debate, encuadrado desde hace mucho en el grupo editorial Penguin Random House, lanzó tiempo atrás la serie “Endebate”, destinada a captar lectores curiosos y de poco aliento, brindándoles los contenidos que años atrás encontraban en las revistas impresas.

Estas, entretanto, han ido mermando en número, y han perdido, salvo muy contadas excepciones, su antiguo predicamento, que llegó a ser mucho, casi inimaginable en la actualidad.

El desarrollo de la blogosfera no explica por sí solo el lento ocaso de las revistas impresas, pero sin duda ha sido uno de los factores determinantes del mismo, como en general el progresivo desplazamiento del periodismo a la red, con la consiguiente pérdida del hábito de consumir la prensa en papel.

La población menguante de los viejos quioscos –no pocos de ellos convertidos en puestos de souvenirs y chucherías– ofrece un indicio elocuente de ello. Pero tiene que haber otras razones menos “técnicas”, por así decirlo, que expliquen la deserción de los lectores de revistas.

Pienso que una de ellas podría ser la dificultad de generar constelaciones más o menos orgánicas y significativas de colaboradores, debido tanto a una generalizada inhibición a la hora de articular criterios “fuertes” y novedosos como a la miseria de las retribuciones (forzada, por otra parte, por la cortedad de las tiradas).

Otra razón bastante plausible sería la escasa permeabilidad entre la discursividad y las retóricas que prosperan en la red y las que adoptan las revistas tradicionales.

No está de más recordar que muchas de las más prestigiosas revistas del pasado ocupaban volúmenes de cierto grosor, con lomo plano (piénsese en la Revista de Occidente). Se coleccionaban igual que los libros, y eran leídas en períodos de tiempo prolongados, según se tratase de publicaciones semanales, quincenales, mensuales, trimestrales… Su consumo, pues, era comparable al de no pocos libros de actualidad y de contenido más o menos arrojadizo que publican algunos pequeños sellos editoriales o aquellas colecciones de los grandes sellos que emulan su ligereza y su juego de piernas.

Como sea, y dado que en la red se van consolidando lentamente revistas virtuales, mejor adaptadas a los nuevos hábitos de lectura, es fácil pronosticar que las revistas en papel, cada vez más residuales, irán asumiendo un papel más bien testimonial, o escorándose hacia la publicación-objeto, codiciable sobre todo en virtud de su realización material.