Image: Faulkner. Poesía reunida

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Poesía

Faulkner. Poesía reunida

William Faulkner

11 diciembre, 2008 01:00

William Faulkner

Trad. y prólogo de Eduardo Moga y D. C. Richardson. Bartleby, 2008. 176 pp., 17e. Leer extracto

En alguna ocasión he señalado de qué manera la poesía permeabiliza el resto de las obras en aquellos autores que escriben en más de un género literario. Así, y por más poderosa, que sea su obra de narrador, la poesía es el nutriente primordial de la obra de William Faulkner (New Albany 1897-Oxford, USA, 1962). Han pasado ya muchos años desde nuestra primera lectura de algunas de sus novelas y lo que perdura de ellas es esa riqueza y ese impulso creativos que mucho tienen que ver con la poesía; una originalidad que es también la que revela un previo lenguaje poético. Se comprende por ello la importancia que posee el volumen que recoge la totalidad de su poesía, los cuatro libros que escribió: El fauno de mármol, Una rama verde, y los póstumos Poemas de Misisipi y Helen: un cortejo.

Ya antes de sus primeras novelas de éxito -Mientras agonizo (1930) o Santuario (1931)- Faulkner había escrito y publicado en una edición reducida su poemario El fauno de mármol (1924). La poesía también debió de estar muy pronto cerca de su formación como escritor; así, por medio de sus lecturas de los poetas isabelinos, durante su estancia en el Oxford inglés, durante la I Guerra Mundial. Luego, como han señalado los preparadores de esta edición, tampoco le resultaron ajenos poetas como Mallarmé, Keats, Shelley o Eliot. Tampoco fue ajeno el periodismo a los primeros años de Faulkner, pero el torrente de su inspiración, su énfasis experimental, la variedad y riqueza de sus personajes, un verbalismo desbordado, precisaban del mejor y más caudaloso cauce de la prosa.

Se empapan de realidad los poemas de Faulkner, pero ni incluso en aquellos que se hallan más cerca de lo coloquial (pensemos en el primero de los poemas de Una rama verde, que evoca una incursión aérea sobre Alemania), nos deja de acompañar una atmósfera especial; unas veces, porque líricamente se abre y se cierra el poema y otras porque la tensión entre extremos la acrecienta a cada momento ("Entonces sabrás/que uno se cuelga de las estrellas y ve/ explotar a la negrura inmóvil, y como llena de astros de metrallas"). Incluso cuando el poema se reduce en extensión, siempre está esa resonancia veraz y esa presencia constante de la naturaleza que lo fecundan. Es importante subrayar este realismo auténtico y plenamente poético para diferenciarlo de cualquier fácil coloquialismo, precisamente porque Faulkner comenzó desconfiando de él.

La poesía está presente y asegurada desde los títulos de sus poemas, que nos revelan el ámbito fogoso que los anuncia. En ocasiones, el lirismo aflora con una tensión que sólo un poema puede poner de manifiesto. Así, en "Los álamos, desmelenados", "El otoño silencioso enciende ahora los árboles" o "Marzo", donde con un solo verso ("el nazareno, el romano, el virginiano") resume sus tentaciones de dar protagonismo a la Historia.

Los traductores han logrado superar muy bien lo que ellos llaman la "tarea desquiciante" de traducir poesía para mantener las impresiones vivas y la plasticidad en los cuatro tiempos, la altura que suponen los cuatro libros desde el pánico panteísmo inicial a la pervivencia amorosa, y reflejando esa movilidad y frescura de las estaciones y de los elementos de la naturaleza que los refuerzan. Gracias a su versión inspirada nos ofrecen la posibilidad de hacer una lectura global, como si fuese un único poema lo que leyéramos.

En la poesía de Faulkner reconocemos ese misterio que es la creación literaria cuando se nos ofrece a través de las obras grandes de un escritor total. Sus poderosas e inolvidables novelas son el bosque, pero sus poemas son como las raíces de esos árboles que fecundaron vigorosamente la literatura en inglés y, por extensión, toda la literatura del siglo XX. Seguramente sólo Joyce (otro poeta encubierto) y Dos Passos dieron en prosa a esa misma lengua tanta celebridad. En el fondo de la poesía de Faulkner hay siempre una aspiración que Moga y Richardson subrayan: "construir una verdad espiritual, un proyecto trascendente".