Georges a Veza (borrador)

París, 25 de octubre de 1933

[…] Canetti ya no está en París, sino en Estrasburgo. Un mes y medio ha durado su estancia. Habría mucho que decir sobre ella, aunque estuvimos poco tiempo juntos y la atmósfera desagradable que se creó —por culpa sobre todo de la novia de Nissim— en ningún momento permitió que hubiera una cordialidad real y duradera. Pero otras cosas también tuvieron la culpa. Elias es una de esas personas que necesitan ser vistas desde una óptica muy peculiar —ángulos y grados de iluminación bastante precisos— para mostrar plenamente su valía, y lo cierto es que en París decididamente no los tuvo. En su caso, la innegable discrepancia entre el escritor y el hombre no debe aparecer bajo una luz demasiado brillante, y eso sólo es posible cuando el escritor predomina y eclipsa todo lo demás, algo que fue necesariamente imposible en París, de ahí que muchas cosas no fueran, en él, como hubieran debido ser. Con esto no quiero decirle en absoluto que, gracias a esta circunstancia, yo haya aprendido a juzgar a Elias de otra forma, sino solamente explicarle por qué él, que percibe enseguida esas cosas, no se sintió a gusto aquí y, pese a muchos recuerdos hermosos de París, no habrá podido guardar sino una impresión general desagradable. Donde más a gusto se siente uno es donde más gusta, sea a quien sea. Y esto es válido, por Dios, para la especie “escritor”.

Veza a Georges

Viena, 20 de diciembre de 1934

Queridísimo Georg,

Sí, mi madre ha tenido que morirse para que usted me escriba, y encima está enfermo de los pulmones y por eso tiene tan mal aspecto en la fotografía, que no he roto. […]

La noche del 17 al 18 soñé que estaba con usted y lo besaba mucho, y me sentí tan feliz en el sueño que eso me ayudó a superar el hastío vital en la vigilia, porque lo tengo. También le conté el sueño a Elias, pues lo encuentro sencilla y llanamente maravilloso, como todo lo relacionado con usted. No se asuste, yo misma me digo siempre stop, porque usted no quiere oírlo. Sí, estoy cansada de la vida. Porque mi madre era realmente mi tonta buena y se dejaba torturar por mí y me idolatraba. Ahora estoy completamente abandonada.

“¡Ojalá pudiera ir a verlo y besarlo en la boca para comerme sus bacilos! El Canetti ya es un pelmazo”. Veza

Porque usted pronto estará sano y su próxima carta la recibiré en mi lecho de muerte. ¡Ojalá pudiera ir a verlo y besarlo en la boca para comerme sus bacilos! Sería un objetivo en mi vida. ¡Pero así!! El Canetti ya es un pelmazo hecho y derecho y muy egoísta, destetado e independiente, sabe arreglárselas muy bien sin mí. Me quiere, pero quiere más a Anna, y quién no la querría. Yo misma he sucumbido a ella por completo. Y qué cosas raras disponen los hados: Anna me ama a mí y no a Canetti, y cuando quiere verme tiene que negociar, a cambio debe concederme una cita con Canetti. Pero él no debe saber nada de esto, por lo que más quiera, Georg. Porque él la ama, a ella y sólo a ella, que en verdad es embriagadora, un cuento de hadas y un “rayo”, dice Canetti, y yo le digo “querido pecado” a ella.

En realidad, todo este tiempo yo debería escribirle que estoy triste porque usted está enfermo y porque está en el hospital, porque… porque… pero resulta que no estoy triste. Estoy contenta de que tenga esos tubérculos y así tal vez yo vaya a Francia y le diga que debo besarlo, para que usted no crea que tiene esos tubérculos y yo pueda por fin besarlo. Pues, como le digo, mi madre me hace mucha falta. Con frecuencia la maldecía, siempre la escarnecía y las más de las veces la torturaba. Pero ahora lloro a lágrima viva, le hablo en voz alta y le suplico que permanezca a mi lado, y me alegra verla en sueños y a veces creo que existe el alma y otras veces no lo creo y me desespero pensando que no queda nada, nada de ella, y pienso a menudo en la llave del gas. Pues nadie es tierno conmigo, Georg, nadie. Hay algunos que querrían serlo, pero Canetti los ahuyenta y vuelve a casa en la madrugada y me asegura que soy una buena madre para él, y una escritora por añadidura, porque lo soy. He escrito dos obras de teatro. Una de ellas, una comedia, nos traerá dinero. La segunda, un drama, me hará famosa. Usted desempeña un papel importante en él y no tiene nombre, se llama simplemente “el joven doctor”. […]

La cartita que me envió, aunque escrita en un lenguaje formal y por pura cortesía, no se la he mostrado al Canetti. A partir de ahora haré siempre lo mismo. Sí, mantendré en secreto cada una de sus cartas, ¿y sabe por qué? Porque así intentaré persuadirme de que es un poquito una carta de amor, aunque en ella se lea que todos deben quererme y otras crueles atenuaciones similares de una palabra amable. Pero también puedo decirle que mantendré en secreto las cartas porque quiero decirle siempre toda la verdad sobre él, sobre su carácter ligero, entrañable, frívolo y no digno de alabanza. […]

Me alegro de que esté enfermo, ¡así tal vez las mujeres lo dejen en paz!

Veza

Elias a Georges

Chesham Bois, Inglaterra,

3 de diciembre de 1945

Mi querido y queridísimo hermano,

acaba de llegar tu telegrama y Veza se ha ido a telegrafiar. Yo mismo estoy en cama con gripe y siento unas ganas irresistibles de escribirte. Hay una carta de Veza en camino, en realidad ya deberías tenerla; entretanto, ella se ha mudado a una vivienda un poco más digna y de su agrado; aquí en mi casa no tenía ni siquiera una cocina. […]

Esta guerra y este mundo lo han vuelto a uno mil veces más tierno. Antes, a veces te contradecía cuando tú afirmabas que lo único importante es cuánto quiere uno a la gente y no su calidad moral o intelectual. Ahora te doy mil veces la razón, lo importante es el sentimiento del amor, y nada más; cuando se tiene suerte, se ama a un hermano como tú, que además lo merece tanto, aunque me temo que te amaría casi igual si no fueras del todo como eres. […]

Te escribo en alemán, ¿no te resulta desagradable, verdad? Las lenguas posteriores se fueron superponiendo todas, a decir verdad también el alemán; lo que más me gustaría es escribir en español, pero en nuestro propio español antiguo, ríete.

“Quería recomendarte a Gracián, también a Quevedo, un autor satírico casi tan grande como Swift”. Elias

Resulta extraño que, durante la guerra, los dos, por separado, hayamos frecuentado la literatura española. Yo quería recomendarte a Gracián, pero también a Quevedo, un autor satírico que es casi tan grande como Swift. Ahora no pasa una semana en la que no lea un poco de español. Me gustan particularmente los antiguos romances, que están mucho más próximos a nuestra lengua madre española. Y más adelante, cuando llegue a dominar totalmente el inglés y pueda escribirlo como el alemán, tengo la ambición de escribir en español. […]

Elias

Veza a Georges

Amersham, Inglaterra

3 de febrero de 1946

¡Ah, tu carta! […] No sé dónde estoy. Odio demasiado, y muy fácilmente me siento avasallada. Odio y desprecio y soy una pesimista y, no obstante, una palabra dicha al pasar por un desconocido puede dar conmigo en tierra. Y otra palabra puede cautivarme, lo admito. Este pequeño lugar está habitado por locos. Una de ellas vino ayer a verme, una ex actriz, trastornada y de una extraña belleza todavía, aunque sus ojos están muertos, y me dijo: “Plus il y a de merde, plus les fleurs sont belles”. Se lo repetí a tu hermano, lamentando solamente que en mí hubiera tan poca merde. E hice bien, pues le leí el pensamiento, él pensó en seguida en su rubia, satisfecho y con una serena sensación de triunfo. Mi salón —si es que vivo, tendré uno— será una sala aislada en un hotel. Voy a vivir en un hotel, tiene algo transitorio. La última morada, como quien dice. Y con mucha variedad.

En cuanto a tus visitas femeninas, podría matarlas; podría matar a todas tus visitas, incluso a las masculinas. Pero como soy pesimista, temo que tú me matarías. Y no voy a darte ningún consejo. En Viena, en 1937, tu hermano fue una vez a un baile de máscaras. “hay una rubia atractiva”, me dijo, “y también rincones oscuros, es divorciada, joven y alegre. ¿Qué puedo hacer para que piense que soy un hombre de mundo?”, me preguntó. Y yo, con una sonrisa de conocedora le expliqué a tu hermano cómo abordar a la rubia. Y lo hice tan bien que todavía la tengo encima, aquí en Londres. ¿Te gustaría saberlo? No voy a ayudarte, pero esa criatura pérfida aún sigue pensando hoy que tu hermano es un experimentado homme a femmes. Me gustaría ser hombre. Sabría cómo hacerlo, pero no tengo la herramienta.

Por el amor de Dios, tacha esta última frase. Hazlo por la posteridad. No, mejor quema la carta. Estoy atravesando un período de inestabilidad emocional. Muy por debajo de lo deseable…

[…] Después de contarle la vida de Anna, le escribí a Hermann Broch: “Me ha ocurrido algo indignante: ¡he envejecido!”. Me respondió diciendo que yo nunca podré envejecer porque soy triste. La gente que tiene un dolor como el que yo tengo en mi corazón no puede envejecer. Creo que se lo escribió a sí mismo. Es lo que quiere, porque hace poco ha empezado a vivir con una joven viuda. Qué contenta se pondrá ella si todo lo que él puede ofrecerle es dolor.

[…] En cierto sentido estamos transformados, tu hermano y yo, desde hace unos días. Se ha alzado un velo gris. Si te miras la reseña adjunta, comprenderás por qué y compartirás nuestra alegría. Tú formas parte de nosotros. Sin ti, ningún velo podría alzarse. No hay día en que no hablemos de ti con todo detalle y apasionamiento, y no discutamos, ni te amemos y admiremos. Ya verás que el editor es plenamente consciente de que va a publicar una gran novela [Auto de fe]. Pero cuando leas la reseña que escribió la traductora y que te enviaré en cuanto aparezca en el “Times”, comprenderás por qué me dejó tumbada en el suelo cuando la leí. Sí, un velo se ha alzado, un velo gris. Pero a ti te necesitaremos siempre. Nuestro único hijo. […]

All my love

Veza

Elias a Veza

St. Hilaire, Grenoble, 3 de mayo de 1948

Mi vaquita, mi adorada criatura, acaban de llegar tus dos cartas, y me siento avergonzadísimo. […] ¡Si supieras lo que significan las cartas en este agujero! […] En verdad no estoy triste, pero sí obnubilado, y extrañamente embrujado por la atmósfera de este sanatorio y por Georg. Lo que más me apetecería es sentarme y escribir un libro sobre él. A veces creo que lo quiero tanto como a ti. Pero esto no es totalmente posible. ¡Oh, si estuviera sano! Todo el mundo aquí vive de sus ideas. Cada médico joven le pide una idea para algún trabajo científico. Y él no es nada presumido, sino muy humano con todos, y sagaz y generoso. Es cientos de veces superior a mí, y quizá sea yo el escritor y no él, solo porque tengo esa terrible sensación de angustia que él no tiene. Mi gran sueño, mi máxima esperanza, mi obligación y también nuestra dicha sería que pudiéramos vivir los tres juntos. La idea de compartir una casa en el sur de Francia, donde él pudiera recuperarse siempre y tú pudieras evitar los inviernos ingleses y yo pudiera trabajar y tú también pudieras dedicarte a cosas tuyas, esta idea le ha encantado. Tengo la sensación de que llegará a cristalizar, y tal vez en un tiempo no muy lejano.

"Querida vaquita, por favor escríbeme con lujo de detalles. Justamente ahora que va a venir Friedl necesito tus cartas más que nunca". Elias

Querida vaquita, por favor escríbeme con lujo de detalles. Justamente ahora que va a venir Friedl necesito tus cartas más que nunca, cartas largas, con tus bendiciones y tus comentarios inteligentes. Me resulta incomprensible, pero ya no me alegra la perspectiva de verla. Si hubiera venido el mes pasado, me habría divertido. Ahora estoy tan pendiente de Georg que en realidad todo me molesta. […]

Oh vaquita, vaquita, ¡cuánto quiero a este Proust! Y te agradezco muchísimo que lo leas con tanta atención. Es tan denso que me sería imposible leer más de dos tomos, y estaría perdido sin tu puntual ayuda. Ya verás que voy a dar estupendamente bien esas conferencias y me ofrecerán muchas, muchas más, y tendremos buenos ingresos. Quiero trabajar como nunca lo he hecho hasta ahora, Georg se ha salvado gracias al trabajo y tiene toda la razón cuando me dice: el trabajo es la única salvación frente a mis estados de angustia.

Adiós, dulcísima Veza, querida mía, tus palabras tienen algo tan noble, insisto en ello, le envidio a Georg cada una de las cartas que le escribes y lo quiero tanto que le deseo miles de cartas tuyas.

Tu nostálgico y agradecido

Elias

Galaxia Gutenberg publica 'Cartas a Georg' con traducción de Juan José del Solar y edición de Ignacio Echevarría