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Letras

De viaje por la Alemania nazi

'Viajeros en el Tercer Reich', de Julia Boyd, recoge testimonios de multitud de viajeros sobre la Alemania nazi entre 1933 y el comienzo de la guerra

26 noviembre, 2019 02:33

Cuenta Julia Boyd (1948) en Viajeros en el Tercer Reich (Ático de los Libros) que, hacia 1937, solo el número de visitantes norteamericanos a la Alemania nazi se elevaba a cerca de medio millón al año. Eran en su mayoría estudiantes, artistas y hombres de negocios, pero también turistas y meros curiosos que deseaban comprobar por sí mismos si era verdad todo lo que se contaba de un régimen al que, por aquel entonces, no le faltaban admiradores fuera de sus fronteras. Todos aquellos visitantes escribieron a menudo sus experiencias en diarios y cartas que la autora de este libro ha recopilado y resumido, ofreciendo una panorámica que ya le ha valido el reconocimiento de los lectores de The Guardian, que lo eligieron libro del año 2017, y el History Book Price de Los Angeles Times.

Visiones opuestas

Una de las primeras conclusiones a que llega Boyd en su libro es que muy pocos de los que viajaron a Alemania antes de la guerra cambiaron de impresión tras su viaje. Sorprende, dice Boyd, que los “de derechas se encontraran con un pueblo confiado y trabajador que trataba de sobrellevar las injusticias del Tratado de Versalles y, al mismo tiempo, intentaba proteger al resto de Europa de los bolcheviques”. En Hitler encontraban a “un hombre modesto, totalmente sincero y entregado a la causa de la paz”. Los de izquierdas, en cambio, “hablaban de un régimen cruel y opresivo alimentado por políticas obscenamente racistas que utilizaban la tortura y la persecución para aterrorizar a sus ciudadanos”. ¿Era posible que hablaran del mismo país? Ocurría con su percepción de la situación de los judíos. “Los viajeros a menudo comentaban, molestos, la abundancia de carteles antisemitas –explica la autora–. Pero, por desagradable que fuera el trato que recibían los judíos, muchos consideraban que en realidad era un tema interno y no debían inmiscuirse”. Además, como muchos también eran antisemitas, “aceptaban que los judíos se merecían esa situación”.

Beckett, solo y deprimido

Además de testimonios de ciudadanos medios –como la propia madre de la autora, que llegó al país como estudiante en 1938–, Boyd recoge el testimonio de muchos viajeros ilustres: de Francis Bacon al rey de Bulgaria pasando por Samuel Beckett o Charles Lindbergh. Muchas otras figuras literarias recorrieron el Reich, como Albert Camus, Karen Blixen o George Simenon, que se encontró con Hitler en un ascensor, pero no todas dejaron un testimonio destacable. Uno de los pocos que cambió de opinión tras visitar Alemania fue el escritor norteamericano Thomas Wolfe, que viajó al país atraído por su progreso cultural (y también porque sus libros tenían allí mucho éxito). “Tras ver cómo, delante de él en el tren, arrestaban a un judío con el que había estado hablando, Wolfe cambió por completo de parecer”, explica la historiadora. El escritor plasmaría esa y otras experiencias en Tengo algo que deciros (Caralt, 1989), un duro retrato de la Alemania hitleriana que provocó que sus obras fueran prohibidas por los nazis a partir de entonces.

Beckett, por su parte, pasó seis meses horribles en Alemania en 1936, como consignó en sus diarios y en su correspondencia. En aquel tiempo quería estudiar con detalle las colecciones de arte alemanas con la intención de labrarse una carrera en los museos. Pero la mayoría de las obras que le interesaban estaban ya prohibidas y muchas descansaban en sótanos a los que raramente le dejaban entrar. Se dedicó básicamente a recorrer el país, solo y deprimido. Anotó obsesivamente detalles y hechos insignificantes, lo que comía, el precio de las cosas o sus interminables luchas contra la burocracia, pero se abstuvo de condenar al régimen (aunque lo despreciaba, como demostró poco después sumándose a la resistencia francesa).

El libro está lleno de anécdotas e informaciones jugosas. Por ejemplo, lo relativo al V Congreso Baptista celebrado en Berlín en 1934. Fue todo un evento que atrajo a más de novecientos baptistas americanos, la mayoría de los cuales mostraron su admiración hacia aquel líder alemán que “ni fuma ni bebe”, que “desea que las mujeres sean discretas, que está en contra de la pornografía” y que dirige un país donde la “literatura sexual no puede venderse” y donde “las pútridas películas de gánsteres” no se proyectan. Los baptistas aprobaron incluso la reciente quema de libros judíos. Uno de los asistentes, el ministro afroamericano Martin King, sintió tal admiración por Alemania en general y por Martín Lutero en particular que a su vuelta cambió el nombre de su hijo al de Martin Luther King.

Algunos justificaban los excesos de Hitler por su lucha contra el comunismo. El antisemitismo estaba además muy extendido

Esta actitud hacia un país sobre el que entonces muchos proyectaron sus propios miedos (al comunismo, a la conspiración judía mundial, etc.) no fue ni mucho menos la excepción. “Muchos de los viajeros debieron de preguntarse más tarde por qué no habían sido a tiempo más críticos con los nazis”, comenta Boyd. Y añade: “Muchos lo justificaron después con el hecho de que, antes de la guerra, era posible pasar en Alemania varias semanas sin observar nada desagradable”. Además, tal y como muestra el libro, los nazis se esmeraban por que los viajeros, sobre todo los ingleses y americanos, fueran recibidos con amabilidad y respeto. Otros justificaban los excesos de Hitler por su lucha contra el comunismo. “El exprimer ministro británico David Lloyd-George, que estaba convencido de la ‘sinceridad’ de Hitler, mantuvo silencio tras la guerra”, explica la autora, que cita, sin embargo, alguna rara excepción, como la del periodista inglés Michael Burn, que durante una entrevista con Hitler en 1936 consiguió que este le firmara su ejemplar del Mein Kampf. Burn, que escribió con admiración del renacer económico de Alemania y de la inyección de autoestima que los nazis habían procurado a su pueblo, se excusó avergonzado tras la guerra por su ceguera.

El libro muestra, además, cómo el antisemitismo estaba extendido en los países que se aliarían contra Alemania, aunque a menudo de una manera casual, irreflexiva. Es el caso de John Maynard Keynes, que tras su viaje a Berlín expresó: “Si viviera aquí, siento que quizá me convertiría en un antisemita, pues el pobre prusiano es demasiado lento y torpe para el resto de los judíos, que no son demonios, sino diablos serviles con cuernos, horcas y colas aceitosas”. A Keynes le resultaba desagradable ver una civilización “tan sojuzgada por los feos pulgares de los judíos impuros que poseen todo el dinero, el poder y la inteligencia”. Según Boyd este antisemitismo arraigado –que, por ejemplo, en el caso de Keynes no le impidió prestar ayuda a los judíos que llegaban a Inglaterra más tarde huyendo de Alemania– “animó a Hitler a seguir adelante con impunidad”.