David Roas

Vivimos en un mundo caótico y absurdo, en el que la rutina nos oprime y nos envuelve cada día. Esta idea subyace detrás de los cuentos que David Roas (Barcelona, 1965) presenta ahora en Invasión, el libro que publica Páginas de Espuma, y que pretende "poner a prueba la cotidianeidad de nuestras vidas, todo aquello que repetimos día a día y que nos acaba atrapando en una distorsión delirante que creemos que tiene sentido pero no lo tiene".



Uno de los cuentos del libro, "Infinitos", parte precisamente de esa premisa llevada al extremo. En él, todo se repite cada dos minutos, en una situación que recuerda a la película Atrapado en el tiempo, "cómica pero angustiosa", de la que el autor se reconoce admirador y de la que recuerda una escena "gloriosa", en la que el personaje interpretado por Bill Murray, que está descubriendo lo que le sucede, pregunta a dos lugareños qué les parecería si todos los días se repitieran una y otra vez, y uno de los vecinos, levantando su cerveza, responde: "Bienvenido a mi mundo". Ese es el verdadero horror, porque, como escribe Ignacio Padilla en una de las citas que abren el libro, "el ángulo del horror se encuentra siempre a escasos grados de nuestra rutina".



"Una de las cosas que más me interesaban es pensar de dónde surge lo fantástico, qué procedimientos mentales utilizamos para generar esa visión distorsionada y fantástica de la realidad", explica Roas. Todo escritor intenta ordenar aquello que ve, aquello que vive. La vida es compleja y terrorífica en muchos aspectos, y "la fantasía es mi manera de rellenar la realidad y darle sentido".



P.- ¿Es tan delgada esa línea roja? ¿Es tan frágil nuestro equilibrio?

R.- Somos seres tan cotidianos que nos hemos acostumbrado a que todo gire en el mismo sentido, y el hecho de que una ruedecita deje de funcionar nos trastorna enormemente, y a mí siempre me ha gustado explorar eso. A mí me cansa, aunque soy lector y espectador, esa fantasía de grandes fuegos de artificio. A mí me gusta esa realidad cotidiana, estúpida, banal, en la que cualquiera siempre nos reconocemos y a la que estamos sometidos y en la que, de golpe, si nos quitan un tornillito todo se descontrola, y todo nos lleva hacia la situación más delirante y humorística o hacia el horror más absoluto. Ese es el ángulo del horror, pero en el fondo hay una verdad: esto es un caos y un delirio absoluto que nadie entiende, pero en el que siempre estamos sentaditos y tranquilos, y sólo necesitamos un pequeño empujón para que nos movamos en otra dimensión.



P.- Sin embargo, a pesar de esa premisa angustiosa, el humor tiene bastante peso en los cuentos, y una fuerte dosis de ironía. ¿A qué se debe ese toque?

R.- En este libro no hay humor en primer plano y no hay cuentos hechos para la risa, pero el humor está presente porque es mi modo de ver el mundo, y, al escribir literatura fantástica e inquietante, a veces te ríes de ti mismo. Si escribes un cuento de zombis, cuando todo el mundo ha hecho ya algo del tema, y todos estamos hartos de verlos, el humor sirve para darle un poco de nueva vida, de cambiar las expectativas del lector, cambiar la posición del personaje, porque, hasta que no entra el horror, las situaciones son muy irónicas. Pero el humor va desapareciendo a medida que te vas metiendo en la historia. Y ese es un camino que a mí me gusta mucho explorar: cómo el humor acompaña pero no domina, sino que siempre está lo inquietante por encima de todo.



P.- ¿Esa es la Invasión a la que se refiere con el título?

R.- Sí, y además las formas de invasión son diversas, y creo que eso ayuda. Porque a lo mejor ahora yo tampoco me creería a mí mismo si hiciera un cuento puramente serio de monstruos. En casi todos los cuentos hay primero una posición de burla, de distanciamiento irónico, antes de que lo inquietante arranque. Es cierto que hay algunos cuentos sin una pizca de ironía, pero de algún modo es eso. A veces la realidad la vemos con esos ojos burlones, pero de repente irrumpe el horror.



P.- Los cuentos, además, están llenos de referencias culturales, desde Poe y Lovecraft, hasta The Twilight Zone. ¿Son un homenaje o han salido solas?

R.- Siempre se lo explico a mis alumnos. Vivimos en una red. Hay escritores que dicen que jamás podrían dejarse influir por el cine o la televisión. Yo no soy así. Yo he consumido desde niño cine y televisión, he leído muchos libros y cómics, videojuegos menos pero también… Inevitablemente, eso está en mí. Y a mí, que me gusta establecer esas redes, me sale muy fluido sembrar esas referencias. Por ejemplo, si tengo que describir una casa, en lugar de decir: "La casa parecía oscura y tétrica", yo prefiero decir que parecía sacada de The Twilight Zone, y con eso yo ya sé que el lector lo va a entender. Todo lo que me ha marcado a mí está en mis cuentos. Todo lo que vemos cuando consumimos y vivimos queda en nuestra cabeza, y por eso prefiero sacar mis historias de ahí.



Como ya he escrito alguna vez, la ficción es la medida de todas las cosas. Durante el día consumimos tanta ficción como realidad, y a mí me resulta más cómodo referirme a la ficción. Sé, como escritor, que muchas de estas conexiones las van a disfrutar los lectores, pero no es algo que me imponga, sino que sale fluido, porque son las cosas que me gustan. Muchos no se enterarán, pero para mí es como un pequeño juego. El que las capte lo va a disfrutar, y al que no, no le va a entorpecer. Es también un modo de que el lector acceda más al interior del cuento y se sienta más identificado.



P.- ¿Hay mucho del autor en estos relatos, entonces?

R.- Yo siempre digo, como supongo que lo dirá cualquiera que escriba, que inevitablemente te inspiras en cosas que has vivido. Todos los cuentos (o la inmensa mayoría) parten de experiencias propias. En todo lo que he escrito hay cosas que he vivido o cosas que he leído. Además, muchos de los cuentos no los habría podido escribir sin la experiencia de haber tenido un hijo. Mi hijo me proporciona muchas historias y me supone un esfuerzo, porque me obliga a contarle cuentos cada noche. Mucho de lo que cuento en el libro son cosas que me han pasado a mí realmente, pero distorsionadas. Hay también muchas fobias y miedos míos. Los espejos siempre me han inquietado muchísimo, y también las muñecas (las antiguas, no las de ahora).



P.-Los personajes del libro son muy diferentes entre sí. Cada cuento tiene como protagonista a un tipo diferente de persona. Pero, ¿qué tienen en común?

R.- El otro día, cuando le pasé el libro a mi mujer para que me hiciera correcciones, me dijo que todos mis personajes estaban siempre muy solos. Pero creo que es algo muy natural en mí, que me pasa en todos los libros. Aunque mis personajes tengan familia y amigos, las experiencias son muy solitarias. Y creo que lo fantástico y el terror exigen que, o el texto sea muy coral y que haya muchos personajes involucrados (bueno para la novela, no para el cuento), o la experiencia con lo inquietante del individuo deba ser a solas, lo que es muy apropiado para el cuento, con su rapidez y brevedad. Y son también seres que están un poco intentando acomodarse a la distorsión, en vez de dejarse llevar por el terror, sabiendo que no se puede. El modelo de mis personajes, en general, es un tipo un poco perdido y solitario, que se ve sobrepasado por una realidad cotidiana que se va expandiendo a su alrededor.



P.- ¿Cuál es la situación actual del género fantástico?

R.-Buena. Vivimos buenos tiempos para el fantástico. Ahora no sólo hay buenos autores, que siempre los ha habido, sino que las mismas editoriales están prestando mucha más atención, ya no existe esa idea de que la fantasía es subliteratura de segunda clase. Los escritores, además, hemos perdido un poco el respeto. O sigues siendo el escritor que te mueves por un sector más friki y por otros ambientes, o las editoriales ya no tienen mucho problema en publicar libros con cuentos fantásticos junto a cuentos realistas, o libros compuestos solo por cuentos fantásticos, como Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki, que es un fenómeno. Hay ahora muchos autores muy buenos de literatura fantástica, que se ha ido normalizando desde los años ochenta. Creo que vivimos un gran momento porque hay escritores y hay lectores, y también porque las editoriales han abierto ese camino.



Despreciar a lo fantástico es despreciar a Poe o a Lovecraft. Otro buen apoyo de la literatura es todo lo que está pasando en la televisión. Después de años en lo que lo fantástico parecía un poco de segunda fila, tenemos ahora series como Stranger Things o Black Mirror, que son ciencia-ficción, pero bueno, en las que las grandes productoras están apostando por el género, porque ahora se está consumiendo mucho, aunque siempre se ha consumido.