Durante este mes de agosto, El Cultural adelantará por entregas, de lunes a jueves, cuatro cuentos de autores españoles que se publicarán este otoño. Comenzamos con Mucho ruido y pocas nueces (unos preparativos), de Hipólito G. Navarro, que saldrá a la venta el 6 de octubre en la editorial Páginas de Espuma.



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C
enormes furgonetas blancas, como de mudanzas, en apariencia en todo iguales, están aparcadas de cualquier manera delante del bonito edificio plateresco del teatro. Dos de ellas ofrecen impúdicamente sus retaguardias abiertas frente a la puerta principal, mientras otras se atreven a taponar no solo los accesos para materiales y atrezo sino también las entradas de autoridades y el público vip. En sus flancos, como la colosal salpicadura de un huevo estrellado a mala idea, ostentan todas un logotipo de pacotilla, de muy escaso presupuesto artístico. Su primario diseño concentra en una insuperable ensalada de grafismos y letras las complejas funciones de montaje de decorados a que se dedica la empresa. Sin embargo, al observar con más detenimiento, el vigilante del teatro advierte ligeras modificaciones en los renglones secundarios de la marca, leves variantes que dan noticia de los diferentes subsectores en que también parece especializarse la compañía...



Hasta que no llega el mensajero en su motillo y se acerca con el paquete no termina de salir el vigilante de su ensoñación con las puñeteras furgonetas y su desmañada publicidad. Se percata entonces de que han transcurrido ya dos horas desde que empezó su turno de mañana en el garito de vigilancia y también y sobre todo de que no son cinco sino seis, siete, no... la repera: ocho, los vehículos, porque unos le han tapado con todo el descaro la visión de los otros. No se puede mirar todo el rato a las cosas desde el mismo lado, la realidad tiene más ángulos de los que uno imagina, se dice mientras recoge el paquete y firma donde le indica el mensajero, un recuadro bajo la leyenda "Recibí/Conforme" de un albarán que se encarga de repetir su rúbrica dos veces más en sucesivos papeles multicopia de colores rosa y amarillo. De refilón, al devolver el impreso, el vigilante descubre el apellido Borges en el membrete del papel, así que nuevas ensoñaciones lo asaltan de inmediato y se ponen a faenar sin más en el interior de su cabeza: jardines de senderos que se bifurcan, espejos, laberintos, bibliotecas, tigres, los motivos más recurrentes de los cuentos de Jorge Luis Borges, el escritor argentino ciego que le ha hecho pasar muy buenos ratos en la tranquilidad de su garita. Dura poco no obstante ese fresco trabajo neuronal, porque del lado de fuera del cráneo el mensajero petardea y derrapa con la moto al irse para señalar infaustamente con su abanico de humo la colección de furgonetas que hoy sacude la rutina del paisaje frente al teatro.



Llaman entonces la atención del vigilante dos de los furgones recién descubiertos. Con uno se han ensañado lindamente los pintores callejeros. Del huevo estrellado del logotipo, de su ingenua provocación, brota todo un bosque de grafitis, que debe de rodear el furgón entero además. Pero tampoco es gran cosa ese bosque, botánica y artísticamente hablando, quizás por tener el primer impulso y su posterior inspiración en un motivo tan poco estimulante en verdad. Si al guarda le entran ganas de fijarlo en unas fotos es solo por hacer algo distinto, por recoger testimonio de una gamberrada tan burda y descomunal. Ah, pero tampoco. Rebusca el vigilante en su macuto de primeros auxilios contra el aburrimiento y comprueba que además del libro también dejó olvidados en casa la cámara y los objetivos. Una lástima. Se quedará sin inmortalizar entonces el otro furgón, el del remolque, que tiene su guasa particular. Esa furgoneta y el remolque casan sus volúmenes a duras penas, amarrados a la fuerza, con terquedad, por un revoltijo de cadenas teñidas de orín. Sería bastante fácil probar que ese apéndice perteneció antes a otra empresa, ahora absorbida por la de marras. No hay más que fijarse en que también el logotipo antiguo ha sido fagocitado por el otro, conformando un enredo verdaderamente salvaje, atormentado, que da hasta un poquitín de miedo; con él no se atreven ni los más furiosos aerosoles de los grafiteros.



A las tres horas de tan pertinaz observación diferencia claramente ya el vigilante cada uno de los sectores o divisiones y verifica así que la empresa da trabajo y ocupación a toda clase de ebanistas y carpinteros, a expertos en la construcción de ventanales y balconadas, a técnicos de iluminación y de sonido, a electricistas, herreros y jardineros, a toda una pléyade de sastres, modistos y otras gentes menores de la costura, a los encargados del ropero para el inevitable baile de máscaras… a todo un ejército ruidoso y multicolor, en fin, que se suma hoy a las cuadrillas habituales de tramoyistas y creadores de trampantojos para darles a la vez auxilio, entorpecimiento y grandísima diversión.

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