Richard Dawkins. Foto: Murdo Macleod

Traducción de A. García Leal. Tusquets. Barcelona, 2016. 440 páginas, 23€. Ebook: 12'99€

En Una curiosidad insaciable, primera parte de su autobiografía (que El Cultural reseñó en noviembre de 2014), Richard Dawkins (Nairobi, Kenia, 1941) describía cómo perdió la virginidad en Londres con una violonchelista a la algo avanzada edad de veintidós años. Su manera de contar el episodio era típica de él. En primer lugar se remitía a la ciencia. "Para un biólogo no es difícil explicar por qué los sistemas nerviosos han evolucionado de tal manera que han hecho del encuentro sexual una de las indefectiblemente mejores experiencias que la vida tiene que ofrecer", decía. "No obstante, darle una explicación no la hace menos maravillosa". A renglón seguido apelaba a la literatura y a la moral, y afirmaba: "No diré nada más sobre el tema y no revelaré confidencias. No se trata de esa clase de autobiografía".



La continuación de sus memorias ha llegado, y tampoco es esa clase de autobiografía. Una luz fugaz en la oscuridad. Recuerdos de una vida dedicada a la ciencia presenta más la vida pública que la privada. Es autobiografía entendida como vuelta de honor intelectual. Lo que le falta de intimidad lo compensa en gran medida con humor, empuje y una sensación de que este hombre profundamente instruido aspira a ser alcalde de nuestros cerebros.



Una curiosidad insaciable investigaba la ilustre familia de Dawkins (en la que abundan los naturalistas y los militares de renombre); evocaba su infancia en el África colonial, donde su padre trabajaba como biólogo, y resaltaba los malos tratos sufridos en el internado cuando volvió a Inglaterra (baños fríos, palizas, pésima comida).



Se licenció en Oxford y pasó una temporada en Berkeley, California, a finales de la década de 1960, esquivando botes de gases lacrimógenos y escuchando a Joan Baez. Se casó con su primera mujer y, en 1976, publicó El gen egoísta, un importante libro sobre la evolución que le dio notoriedad como biólogo y escritor. Volvió a Oxford y se convirtió en un profesor muy apreciado. Su tesis en El gen egoísta era que, en general, se malinterpreta a Darwin. La selección natural no tiene lugar en el ámbito de especie o individual, sostenía, sino en el plano genético. El libro era una demostración de sus dotes para el lenguaje. En él, Dawkins acuñó el término "meme" para referirse a un elemento cultural, por ejemplo, una idea, que se podía transmitir como un gen.



Una luz fugaz en la oscuridad arranca con el éxito de ese libro. Dawkins recibe invitaciones para ir a muchos lugares -congresos, conferencias, viajes para ver cosas como un calamar gigante en el fondo del océano- y se lleva con él a sus lectores derramando opiniones, anécdotas y datos sobre la marcha. Puede que parezca que su autor no pertenece del todo a esta época. Cuando, en una ocasión, le preguntaron por el precio de un Big Mac para un sondeo del periódico estudiantil de Oxford, respondió: "Creo que unas 2.000 libras con pantalla en color".



En el libro se relatan muchas grandes comidas, en Oxford y en otros sitios, grandes por el voltaje mental reunido en ellas, no necesariamente por el menú. Al parecer, Dawkins conoce a todo el mundo, desde John Cleese y Lawrence Summers hasta Ian McEwan y Bill Gates. El autor tiende a poner una guinda junto a cada nombre. Neil DeGrasse Tyson es "ese hombre afable, amigable, agudo e ingenioso". Brian May, el guitarrista de The Queen, es "de una simpatía superior a lo normal", y así sucesivamente a lo largo de cientos de páginas.



Esto tiene el extraño efecto de hacer que sus expresiones de admiración más moderadas -del filósofo Roger Scruton dice que es "discretamente encantador"- parezcan casi ninguneos. La mayor parte del tiempo, Dawkins se muestra cortés. Incluso sus verdaderas pullas suelen ir envueltas en hojaldre. Así, cuando describe al paleontólogo Stephen Jay Gould diciendo: "su genio para equivocarse iba a la par con la elocuencia con que lo hacía".



Una luz fugaz en la oscuridad -el título hace referencia, por supuesto, a un diálogo de Macbeth, aunque desde su publicación haya recolectado desafortunadas asociaciones con Elton John- va dando saltos en el tiempo. "Si no le gustan las anécdotas digresivas", dice el autor, "puede que descubra que está leyendo el libro equivocado". Entre sus muchos hilos argumentales, destacan dos. El primero es su afán por salvar la brecha entre ciencia y cultura literaria. El segundo es cómo con su éxito de ventas El espejismo de Dios (2006), el autor se convirtió en el ateo más famoso del mundo. Dawkins lamenta que, por lo general, los científicos de ficción, "desde el doctor Frankenstein hasta el doctor Strangelove", aparezcan retratados como "excéntricos desalmados, calculadores, psicópatas o cosas peores".



Sus veladas favoritas son las que él llama "tercera cultura", es decir, científicos compartiendo una o dos botellas con gente de letras. En su opinión, entre los novelistas vivos que escriben bien sobre ciencia están Ian McEwan, A.S. Byatt, Philip Pullman, Barbara Kingsolver, Martin Amis y William Boyd. En particular, elogia la novela Conducta migratoria, de Kingsolver, publicada en 2012.



En lo que se refiere a la religión, mantiene una actitud jovial pero devastadora. Describe una conversación en la que un alumno de la Universidad Liberty, fundada por Jerry Falwell, se puso en pie y afirmó que su universidad tenía un fósil de dinosaurio de 3.000 años de antigüedad. Esta es la respuesta de Dawkins, transcrita al pie de la letra: "Si realmente es cierto que el museo de la Universidad Liberty tiene un fósil de dinosaurio con un rótulo que dice que tiene 3.000 años de antigüedad, es una desgracia pedagógica. Degrada la idea de universidad, y animo vivamente a cualquier miembro de la Universidad Liberty aquí presente a que la abandone y se vaya a una como es debido".



Sus debates con creacionistas y teólogos suelen ser civilizados. No obstante, cuenta cómo el pastor evangélico Ted Haggard, "que sonríe enseñando los colmillos", estuvo a punto de atropellarlo en un aparcamiento después de una polémica entrevista para un documental británico. "Nos echó en cara que hubiésemos abusado de su hospitalidad y nos llamó especialmente la atención sobre su generosidad al ofrecernos té con leche", cuenta Dawkins. "Hizo hincapié dos veces en lo de la leche".



En el libro encontramos un puñado de detalles más íntimos. Descubrimos su segundo matrimonio, con la actriz inglesa Lalla Ward, a la que conoció en la fiesta del cuarenta cumpleaños del escritor Douglas Adam, en 1992. Relata sus infructuosos intentos de tener hijos mediante la fecundación in vitro, y cuenta que la hija de su primer matrimonio es una joven médica prometedora.



Dawkins no habla de su popular y controvertida cuenta de Twitter, en la que sus opiniones (sobre temas como el islam, la raza y el género) a veces pueden parecer reaccionarias. En Una luz fugaz en la oscuridad, su plante genial, vagamente lejano, es una forma de la proverbial flema inglesa. Es un libro desenfadado, aunque a menudo mordaz, para consumo intelectual.



Probablemente se podría aplicar al propio Dawkins una cita que él emplea aquí para elogiar a otro científico, el biólogo evolutivo Alan Grafen: "Como habría dicho P. G. Wodehouse, ‘al norte de los gemelos para el cuello de la camisa solo está Alan'".