Teatro

Pou se desnuda ante Martin

José María Pou habla para El Cultural con Martin, el personaje que interpreta en 'La Cabra' y que estrena el 18 de enero en Madrid

18 enero, 2007 01:00

Pou y "la cabra". Foto: Archivo

Llega al Teatro Bellas Artes La Cabra, la obra de Edward Albee con la que José María Pou ha logrado convertirse en una "santísima trinidad" que aúna al productor, al director y al actor. Con este motivo, Pou ha hecho un ejercicio de desdoblamiento y ha conversado con Martin, el atormentado protagonista.

Ha sido un auténtico desdoblamiento. En la cabeza de José María Pou vive alojado un director que ocupa toda su visión creativa. El ‘okupa’ ha puesto en guardia al personaje que lleva dentro, a Martin, quien, por un momento, se ha convertido en confidente del Pou más íntimo. Estas son sus palabras en carne viva.

-Martin: Oiga, de entrada, ¿podría resumirme en pocas palabras quién es para usted Sylvia?
-José María Pou: En cualquier caso, y por encima de todo, debe usted saber que es la protagonista absoluta del espectáculo. Sin Sylvia no habría función porque no habría conflicto. Es un caso curioso de protagonista porque es la que menos tiempo aparece en escena. Aún así, su peso es tan importante que como productor y director he decidido que ella sea la imagen del espectáculo. Tiene tratamiento de auténtica diva.

-M: ¿Cree usted también que estoy loco? Póngase por un momento junto al diván de Freud y diagnostique mi caso.
-JMP: No está usted loco, tranquilo. Puede que esté un poco desorientado, o un mucho angustiado; en todo caso me atrevo a diagnosticar que padece de algunas carencias en materia afectiva, porque si es verdad, como usted repite de continuo en la función, que en los ojos de esa cabra que le ha enamorado ha descubierto la ingenuidad, la pureza y la inocencia, mal andamos. Eso significa que no están presentes en el mundo que le rodea, en su familia sobre todo, y eso es muy grave, ¿no le parece? Pero quédese tranquilo porque el amor es ya de por sí una locura, algo irracional. Tan irracional, claro, como esa cabra de sus desvelos.

-M: En serio, dígame la verdad. ¿Si no fuera usted mi director habría llegado a ser tan comprensivo con mi "problema"?
-JMP: Mire, mi obligación primera como director ha sido creerme su caso, hacerlo mío y vivirlo al mismo nivel que usted. No ya desde el primer día de ensayos sino desde el mismo momento en que conocí su historia, dos años antes de empezar a ensayar. Lo cierto es que le conozco mucho mejor de lo que usted podrá nunca llegar a conocerme a mí.

-M: ¿Disculpa también a Stevie, Ross y Billy mis "contrarios" sobre el escenario? ¿Cree que es una cuestión de tolerancia o de ignorar a los seres que queremos?
-JMP: Puedo disculpar a su mujer y a su hijo, pero no puedo disculpar a Ross, al que usted cree un buen amigo. Debería elegir mejor a sus amistades. Y aprender la lección de su propio hijo, que le quiere y le comprende mucho más de lo que usted es capaz de aceptar, como se pone de manifiesto en el momento álgido del drama. Y en cuanto a su mujer.... La pobre merece todo tipo de disculpas. No hay nada peor que una mujer despechada. ¿O debería decir "cabreada"?

-M: Muy bueno el chiste malo. Pero dígame, ¿a qué explica el éxito de mi caso entre el público, a la comedia o a la tragedia que muchas veces lleva implícita ejercer la tolerancia?
-JMP: Indiscutiblemente lo suyo es una tragedia, una grandísima tragedia. Y el público se da cuenta desde el principio aunque usted vaya disfrazando su dolor con grandes dosis de humor y cinismo. El público se identifica con usted porque se ha atrevido a ir mucho más allá de lo establecido, de la norma, de lo que mandan las reglas, sobre todo las morales. Y porque defiende su amor a capa y espada. Hay un gran sector de público que le envidia sanamente, e incluso le admira, porque ha sido usted capaz de poner en solfa algunos de los grandes fallos de ese núcleo central de la sociedad que es la familia. Es usted un valiente.

-M: He oído por ahí que está usted un poco cansado de Shakespeare y que por eso ha optado por una obra como la mía, actual, que conecte con los problemas contemporáneos; pero, la verdad, no sé si mi caso es muy contemporáneo... o es un clásico. Defiéndase, por favor.
-JMP: Está usted muy equivocado. No me ha dado tiempo de cansarme de Shakespeare. Y además, ¿no pretenderá usted compararse con el Rey Lear? Mi historia con usted es, digámoslo así, un respiro, un cambio de aires. Estoy deseando volver a Shakespeare. Por cierto, si Shakespeare le hubiese conocido seguro que le habría hecho protagonista de alguna de sus grandes tragedias. Su caso daría para una versión muy curiosa de Romeo y Julieta, ¿no cree? O de Otelo, el drama de los celos, en el que su mujer tendría un gran protagonismo.

-M: Y hablando de celos. Se me remueven algunos cuando me mencionan otra de las grandes obras del señor Albee, ¿Quién teme a Virginia Wolf? Supongo que los que dicen que es su obra cumbre es porque todavía no han visto nuestro montaje.
-JMP: Debería leer usted más los periódicos europeos y no tanto los americanos. Cuando el público europeo conoció su historia hubo un crítico inglés, el más reputado, que dijo que esta obra de Albee era a su juicio muy, pero que muy superior a ¿Quién teme a Virginia Wolf?

-M: Tocado, lo reconozco. Oiga, le he notado muy suelto dirigiendo aunque un poco tímido. Le veo raro, dando instrucciones de un lado a otro mientras al final acabamos interpretando juntos la obra... ¿Qué se siente al otro lado por primera vez?
-JMP: ¿Se ha olvidado usted ya de las broncas que tuvimos durante los ensayos? Llegó a decirme que estaba harto del director y a reclamar a gritos la presencia del actor. Nunca comprendió que yo tenía que desdoblarme continuamente en los dos.

-M: El caso es que nunca he sabido si era usted Jekyll o Hyde.
-JMP: Bueno, ahora que nadie nos oye le confesaré que al principio puse tanto empeño en mi labor de director que casi me olvidé de interpretar su personaje. Fueron mis compañeros de reparto quienes me dieron un toque para que me olvidara de vez en cuando del director y dejara salir al actor. Si no aparecía el actor no podía existir Martin, es decir, usted. Y aún ahora hay funciones en las que el director, celoso, aparece en el escenario pretendiendo desalojar al actor y tengo que pelear para que me deje tranquilo.

-M: Me enteré durante la gira que le dieron el Nacional de Teatro ¿Quién se lo merece más, el productor, el director o el actor?
-JMP: Los tres al tiempo. Son una santísima trinidad inseparable. No se puede entender a uno sin los otros. Cada uno es resultado de la experiencia de los otros dos.

-M: Por cierto, si habla con el productor dígale que estoy esperando a ver qué tal funciona la obra en Madrid para revisar mis honorarios. Una cabra tiene muchos gastos.
-JMP: No es necesario. El productor está haciendo cuentas y puede prometer y promete que si el público de Madrid responde como ha respondido siempre ante el buen teatro no le va a faltar el pienso a su cabra. Si la obra se eterniza en cartel en Madrid, como predicen algunos, podríamos hablar incluso de un pienso vitalicio.

JOSé MARíA POU