Teatro

Mario Vargas Llosa

“Las buenas novelas nos convencen de que sus mentiras son verdad”

2 febrero, 2006 01:00

Mario Vargas Llosa. Foto: EFE

La verdad de las mentiras es el título con el que Mario Vargas Llosa publicó en los 90 las críticas de sus lecturas preferidas, precedidas de un prólogo en el que habla del valor de la literatura para transformar la existencia. Aquel libro ha inspirado el espectáculo teatral de título homónimo protagonizado por el propio autor. En compañía de la actriz Aitana Sánchez Gijón y dirigido por Joan Ollé, Vargas Llosa conduce al público por algunas de las "mentiras" más convincentes de la Literatura universal. Se presenta el 3 de febrero en el teatro Español de Madrid.

Mario Vargas Llosa sentó sus reales en la novela y, desde ahí, ha tratado otros géneros literarios, otras disciplinas artísticas. Ensayista literario y político, en el ruedo periodístico se ha erigido como una voz singular emparentada también con la mejor tradición del intelectual ilustrado que busca el testimonio directo viajando al Irak posbélico (Diario de Irak) o a la conflictiva Palestina (Israel, Palestina, Paz o guerra santa). El cine tampoco le es ajeno, codirigió en los 70 su obra Pantaleón y las visitadoras y pronto, el 3 de marzo, se estrena la adaptación de su novela La fiesta del chivo (dirigida por Luís Llosa).

Pero su campo de acción en los últimos meses han sido los escenarios, a los que, según confiesa, pensó en dedicarse cuando era joven; no encontró en la Lima de sus años universitarios ninguna corriente o grupo que le animara a seguir por el camino del teatro y temía convertirse en un dramaturgo silente. Ya novelista consagrado, sí ha frecuentado el género, como pone de manifiesto la reciente edición de Alfaguara de sus cinco obras dramáticas (La señorita de Tacna , Kathie y el hipopótamo, La Chunga, El loco de los balcones y Ojos bonitos, cuadros feos). Su acercamiento a los escenarios también se ha manifestado a través de La verdad de las mentiras, suerte de cuentacuentos en el que el autor hace de sí mismo para contar cinco de sus "mentiras" literarias predilectas. Acompañado de la actriz Aitana Sánchez Gijón y dirigido por Joan Ollé, este juego escénico se estrenó el año pasado en Barcelona y se ha representado también en México y Perú y probablemente recorra otras ciudades suramericanas. A partir de mañana y hasta el día 5, el público del Teatro Español de Madrid podrá disfrutar con este excepcional y hechizante contador de cuentos.

-Los textos que lee en La verdad de las mentiras difieren según el lugar donde se representa. ¿Qué cambios ha introducido para su actuación en Madrid?
-Para esta presentación en Madrid hemos añadido un cuento de Francisco Ayala, Diálogo entre el amor y un viejo, y otro del mexicano Juan Rulfo: ¡Diles que no me maten!. La idea ha sido ofrecer un pequeño panorama de la literatura contemporánea, y, además, rendir un homenaje a Francisco Ayala en su vigoroso centenario. (Los otros fragmentos son A rose for Emily, de Faulkner; El infierno tan temido, de Juan Carlos Onetti, y El Aleph, de Borges.)

Feliz y muerto de miedo
- ¿Cómo se siente haciendo de Vargas Llosa en el escenario? ¿Es distinta su actuación a la de cuando, por ejemplo, da una conferencia?
-En el escenario, contando historias y representándolas junto a Aitana Sánchez Gijón, me siento feliz y muerto de miedo al mismo tiempo. Claro que es muy distinto contar historias y representarlas que dar una conferencia. El conferenciante es uno mismo. El contador de cuentos se multiplica, se desdobla, se encarna en otros personajes. Vive la ficción de una manera tan intensa y auténtica como si hubiera reencarnado en los personajes de sus historias. Es una experiencia maravillosa, imposible de describir.

-Aunque ha escrito obras de teatro, usted renunció a ser dramaturgo.
-Es verdad. Si en la Lima de los años 50 hubiera habido un movimiento teatral, probablemente habría sido un autor de teatro antes de ser novelista. El teatro fue mi gran pasión desde que vi, en el viejo escenario del Teatro Segura, a la Compañía de Francisco Petrone, montando La muerte de un viajante de Arthur Miller. Durante semanas estuve hechizado, bajo el efecto de esa historia vivida de manera tan persuasiva y conmovedora sobre las tablas. Pero casi no había posibilidad de ver representadas las obras de un joven escritor en esos años. Eso hizo que escribiera sobre todo cuentos y luego novelas. Pero el amor al teatro nunca desapareció del todo. La prueba es que he escrito varias obras teatrales y este espectáculo, La verdad de las mentiras, es una fusión de mis amores: por el teatro, por la literatura y por el antiquísimo arte de los contadores de cuentos. Quiero agradecerle una vez más a Aitana Sánchez Gijón al apoyo que me prestó. Sin su talento y su generosidad este espectáculo jamás hubiera sido posible.

-Dice en el libro homónimo que ha servido de inspiración para el espectáculo que los hechos sufren una profunda modificación al traducirse en palabras, pero tras su experiencia escénica ¿cómo opera el lenguaje escénico, a diferencia de la novela, con esas palabras?
-En una novela las palabras lo son todo. En un escenario, las palabras son sólo parte de la historia. Además, importan el gesto, la entonación, los silencios, los movimientos. Una historia escrita tiene una permanencia, una estabilidad de las que un espectáculo teatral carece. En el teatro las cosas ocurren como en la vida: una sola y definitiva vez. (No hay dos representaciones que sean idénticas).

-Añade que el teatro y la poesía es más propio de culturas religiosas, mientras la novela lo es de culturas en crisis. ¿Cuál es entonces la mejor conyuntura cultural o política para que se dé el mejor teatro?
-El teatro se puede dar en cualquier coyuntura si es que sabe echar raíces en un público. Desde luego que hay ciertas ciudades o países donde el teatro ha echado raíces profundas y mantenido un público fiel como Londres, Buenos Aires o Nueva York. Pero el teatro es una forma de arte y puede conectar con todos los públicos y ser refinado y popular al mismo tiempo, como lo ha sido gracias a Shakespeare, a Molière o a Lope de Vega. Probablemente es éste el espectáculo que más intensamente puede hacer vivir a un público la problemática en la que está inmerso y, al mismo tiempo, distraerlo y sumirlo en un mundo mejor, de "mentiras", es decir, de fantasía y de sueños. Como una regla sin excepciones, el teatro en particular y el arte en general, se dan mejor y son más creativos en sociedades profundamente insatisfechas de la vida que llevan. En las sociedades conformistas, el arte suele ser adocenado y efímero.

No soy un crítico objetivo
-Muchos escritores (Italo Calvino, Amis, Manguel, Piglia ...) han ordenado en libros sus lecturas preferidas ¿Es una necesidad del escritor ?
-La crítica literaria ha sido siempre para mí lo que Octavio Paz llamaba "un ejercicio de la imaginación". Sólo hago crítica sobre autores o libros que me apasionan y la hago, como escribo mis historias: metiendo las vísceras en mis opiniones y utilizando esas obras sólo como una materia prima para construir algo distinto a una estricta interpretación. No aspiro a ser un crítico "objetivo" ni mucho menos.

-Aunque el libro es de 1990, sus lecturas preferidas son mayoritariamente de autores anglosajones. ¿La novela del siglo XX habla preferentemente en inglés?
-La razón de que en La verdad de las mentiras, el libro de ensayos de 1990, haya sobre todo escritores anglosajones, se debe a que esas novelas, que yo elegí para una colección del Círculo de Lectores, debían evitar las de lengua española ya que había otra colección de la misma serie dedicada a la ficción española e hispanoamericana. Por eso, en la revisión, he añadido ensayos sobre otros libros que no figuraban en la primera edición. Pero, creo que es justo decir que en la novela moderna hay grandes escritores de lengua inglesa: Joyce, Faulkner, Dos Passos, Virginia Woolf, por ejemplo.

La inseguridad del mundo
-Y el boom de la literatura histórica ¿Es una moda pasajera?
-Creo que la literatura histórica tiene una robusta tradición y que nunca ha pasado de moda. Tal vez contribuya a explicar el auge que ahora tiene lo inseguros que nos sentimos sobre el futuro del mundo. Por eso miramos hacia atrás para ver si encontramos un terreno más seguro en qué apoyarnos.

-La fidelidad a la verdad distingue la literatura del periodismo o de la historia. Pero los límites no están claros: algunos lectores de La fiesta del chivo pueden pensar que Trujillo era y hacía exactamente lo que usted cuenta.
-Las buenas novelas nos convencen de que aquéllo que cuentan es verdad, aunque nos cuenten fantásticas mentiras y las malas novelas nos parecen siempre falsas aunque se ajusten a la verdad histórica. El criterio de verdad y mentira funciona en una novela de una manera muy distinta de cómo lo hace en el periodismo o en la historia porque la verdad de una novela no depende de un cotejo con una realidad exterior y anterior a ella. Depende sólo del poder de persuasión de la propia novela. Dicho esto, hay que añadir algo muy importante: en las mentiras y embauques que las buenas novelas nos hacen tragar, hay una verdad profunda y escurridiza que aparece siempre, y que sólo la literatura es capaz de transmitir: aquella verdad que está detrás de las mentiras que la gente se inventa a sí misma para defenderse del sufrimiento y de la frustración, para vivir mejor de lo que vive. Gracias a Tolstoi entendemos mejor el fracaso de los ejércitos de Napoleón en Rusia y en las páginas del Quijote vivimos con más autenticidad el Siglo de Oro que en los más eruditos testimonios históricos.

-Y ahora, ¿qué obra le mantiene ocupado?
-Pronto saldrá Travesuras de la niña mala, mi última novela, en la que he trabajado los últimos dos años. Es una historia de amor que dura cuarenta años y que transcurre en Lima, en los años 50, París en los 60, en Londres en los 70 y termina en Madrid de los 80. Ahora trabajo en Odiseo y Penélope, una versión minimalista de La Odisea, para ser contada y representada en un escenario por los dos personajes del título.


Vargas Llosa sube a escena
Entrevista con Aitana Sánchez Gijón