“Recuerdo el frío. Era un frío punzante que te rompía el espinazo y te traspasaba los huesos. El frío invierno de Kentucky podría decirse que te hiela del derecho y del revés, ese frío que te hace pensar que no entrarás en calor nunca más”. Así arranca la Autobiografía (Kultrum) del productor y músico Quincy Jones, que este mes de marzo cumplirá 88 años. “Saboreábamos con fruición la carne de rata porque mi abuela sabía cocinarlas muy bien”, recuerda el que pocos años después sería el amigo íntimo de Ray Charles, el prestamista involuntario de Charlie Parker, el compañero de fatigas de Dizzy Gillespie, el productor de Michael Jackson, el arreglista de Frank Sinatra, el amante de Dinah Washington y Juliette Gréco, el inquilino de Marlon Brando en Tahití, el seductor de París durante los años 50, el pionero del “Hollywood negro” junto a Sidney Poitier, el compositor de la banda sonora de El color púrpura, de Steven Spielberg, el ganador de cerca de 30 grammys y el marido de, entre otras, Nastassja Kinski.

Quincy Jones, “Q”, publica su autobiografía (este 25 de enero en España) a tumba abierta. Sin esconder traiciones ni desgarros y siempre dando muestras de su infatigable pasión por la composición y su inigualable olfato (eran famosos sus pálpitos en el ombligo) para abrirse camino en el turbulento mundo del espectáculo, sea cual fuere el género, el artista o el formato, pasando de iniciarse con los míticos músicos del jazz a apadrinar a las grandes figuras del  hip hop. “Actitud y buenas antenas son dos cosas que uno aprende tras haber vivido en el barrio negro”, afirma con cierto orgullo. “Tampoco me fallan mis antenas detectoras de paletos”. El "príncipe de la música negra", como lo define el trompetista Clark Terry, se declara “enganchado” a la música desde muy joven. “Sentía la necesidad de formar parte de cualquier historia que tuviera que ver con ella”, señala.

"El swing de Sinatra era tremendo. Podías ponerlo boca abajo hasta vaciarle los bolsillos de monedas y jamás perdía el compás”

Como en su vida, en su autobiografía, narrada a modo de documental televisivo, entran y salen los personajes dejando un rastro de intensos recuerdos por geografías como Seattle, Chicago o Nueva York. Entre ellos, su querido hermano Lloyd, el mencionado Clark Terry (que llegó a darle clases de madrugada), su mujer Jeri o el músico Bobby Tucker, quien destaca que “Q” se convertiría en uno de los arreglistas más importantes del mundo con tan solo 25 años. “Lo que distingue a Quincy de otros -apunta- es su velocidad y su capacidad técnica para salir rápidamente del atasco y también sus primeros ocho compases, que suelen ser la parte más importante en una canción, porque es lo que engancha. Si quieres ocho primeros compases con impacto, que te atrapen sí o sí, llama a Quincy Jones. Eso es lo que le hace especial”.

Sobre el compás, precisamente, quien le dejó absolutamente impresionado fue Frank Sinatra, cuyo dominio de la técnica y de la puesta en escena era poco menos que la de un genio: “Hacía de todo. Adelantarse, ir a compás, retrasarse un poco, como si fuera algo inevitable. Frank había crecido cantando con big bands y sabía sonar como un instrumento de viento, por lo tanto nunca perdía el pulso de la canción. Su swing era tremendo. Podías ponerlo boca abajo hasta vaciarle los bolsillos de monedas y aun así jamás perdía el compás”. Ese genio, el mismo que le enseñó cómo vivir a lo grande, lo bautizaría como “Q”.

Y en eso llegó Michael Jackson. Lo conoció en 1972, cuando el rey del pop tenía doce años. Quincy Jones batiría con él todos los récords de ventas y de globalización. “No olvidemos -escribe en sus memorias- que en el negocio de la música cada década ha generado un fenómeno, un monstruo aglutinador de grupis frenéticas: en los años cuarenta fue Sinatra, en los cincuenta Elvis Presley, en los sesenta los Beatles, en los setenta Stevie Wonder y la introducción del sonido Dolby en el cine tuvieron gran impacto, en los ochenta, Michael se llevó el gato al agua”. Grabaron Thriller en poco más de dos meses. “Fue como montar en un cohete”, recuerda Quincy Jones sobre el álbum que se publicó en 1984 y del que se vendieron cincuenta millones de copias en todo el mundo. “Más que de ningún otro en la historia discográfica”. Se había convertido, según Q, en el artista más grande del planeta Tierra. “Juntos hicimos historia”. Después llegaría Bad y una amistad que lo convirtió en una especie de hijo adoptivo.

Q con dos de sus grandes amigos, Count Basie y Frank Sinatra, en 1964. Foto: Kultrum

Gracias a sus pálpitos en el ombligo, y a los caminos escogidos por sus verdaderos hijos, llegó al hip hop, su nueva ventana al futuro. “Cuando oigo decir ‘eso no se ha hecho nunca’ me siento como el león al que arrojan un pedazo de carne”. Por eso, siendo bebopero hasta la médula, se metió de lleno en ese mundo asumiéndolo como un paso más de la música negra, que, considera, siempre ha tenido que inventarse su propia sociedad, una subcultura para ayudar a sobrevivir a los marginados: “Ideamos un argot, un lenguaje corporal, una sensibilidad, una ideología y un estilo de vida propios que combinaran con la música. Después del bebop ninguna música se ha apoderado de toda una cultura como lo ha hecho el hip hop. Está por todas partes. Tal como lo expresó Chuck D, "es la CNN de la calle”.

Según Q, Estados Unidos se ha tomado su tiempo para reconocer que la vitalidad de la cultura negra es un verdadero activo, no solo nacional sino internacional. “Y que nadie se lleva a engaño: este país entiende muy bien lo que es un billete de cien. Si consigues vender, todo lo demás viene a renglón seguido.  Hoy en día la música tienen un alcance global. El genio ha salido de la botella y no volverá a meterse dentro”.

"Amar a una mujer es para mí uno de los actos más naturales, gozosos, enriquecedores y religiosos que existen"

Otro de los aspectos que no oculta en estas memorias es su amor por las mujeres. “Me encantan. Cómo tocan, como susurran, cómo miran, cómo huelen. Todo. De principio a fin. Amar a una mujer es para mí uno de los actos más naturales, gozosos, enriquecedores y, me atrevería a decir, religiosos que existen”, para añadir después que perdió la virginidad a los once años con una chica mayor que él en la localidad de Sinclair Heights. “Ahí comenzó el juego; esa fue la introducción a uno de los placeres más primarios y exquisitos de la vida”. Ese juego se le descontrolaría años después con una relación simultánea con seis mujeres a la vez en seis países. Entre ellas, Marpessa Dawn, la protagonista de la película Orfeo negro y la francesa Juliette Gréco, quien por esa época también salía con Miles Davis (al que, por cierto, Q, dirigiría en uno de sus últimos conciertos). Lo desvela en el capítulo “Mi vida de tunante”. El ejecutivo discográfico Clarence Avant le pone la guinda: “No he conocido a nadie con tantas esposas y tantas novias y que pueda sentarlas a todas a comer en la misma mesa como él ha hecho”.

Y llegó la enfermedad a una vida frenética en la que la pérdida de su padre y la locura de su madre pesaban cada vez más a medida que su vida avanzaba. Quincy Jones, el niño que temblaba junto a su hermano Lloyd en las noches de tormenta, el joven que rompió todos los techos de cristal construidos para los afroamericanos, que se enfrentó a las críticas de sus hermanos de raza debido a su éxito estratosférico y a sus supuestas concesiones a la comercialidad, tuvo que ser intervenido varias veces debido a un aneurisma en unas operaciones quirúrgicas en las que solo sobrevive un uno por ciento de los enfermos.  “Los momentos más horrorosos de mi vida fueron las operaciones de Quincy”, reconoce la actriz Peggy Lipton, tercera esposa del músico. “Tengo la fortuna de ser un superviviente e intento estar a la altura”, sentencia Q ante los reveses que le ha ido dando su existencia (y que, todo hay que decirlo, ha ido superando con envidiable energía y optimismo). ¿La jubilación? “Es como quedarse sentado esperando a que llegue la muerte”. Q está hecho de otra pasta. Siempre ha sabido mantener el contacto con el mundo, anticiparse a los cambios y recibirlos con los brazos abiertos. “Tienes que notar la necesidad de que te necesiten”.

Su moraleja existencial está clara: "El hecho de que te subestimen de manera crónica puede ser un regalo”. Pensamiento que completa, con mayor o menor tino, haciendo referencia a uno de los nombres más grandes de nuestra cultura: "Como dijo el poeta y filósofo español Federico García Lorca, la vida es como un sueño. Y el mío ha sido en tecnicolor”. Te entendemos, Q.

@ecolote