Image: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford

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Cine

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford

Director: Andrew Dominik

1 noviembre, 2007 01:00

Brad Pitt como Jesse James

Estados Unidos, 2007. Intérpretes: Brad Pitt, Mary Louise-Parker, Casey Affleck. Guión: Andrew Dominik (sobre la novela de Ron Hansen). Duración: 160 minutos. Estreno: 31 de octubre.

Resulta francamente difícil imaginar que una película como El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford hubiera llegado a concebirse, en el 2007, si treinta y cuatro años antes Sam Peckinpah no hubiera realizado Pat Garrett and Billy the Kid (1973). Son muchas y muy evidentes las equivalencias entre ambos films. Los dos cuentan la historia de un traidor (Pat Garrett, Robert Ford) que termina asesinando a una figura mítica del old west (Billy el Niño, Jesse James) después de haber recorrido juntos, con más o menos fecunda amistad, un largo trecho vital.

Los dos se ocupan de narrar no la historia que convierte en mito al personaje traicionado, sino los últimos tiempos de éste, cuando el outlaw vive ya en retirada, progresivamente aislado y acorralado por la ley. Los dos convierten al traidor en una gran figura trágica, atrapada entre el espesor de la mitificación y la realidad cotidiana, sujeto de contradicciones internas y psicológicas que lo dominan y que condicionan su comportamiento. Los dos, finalmente, ponen en escena el proceso que conduce a la traición con explícita y deliberada forma ritual, plenamente conscientes de que la materia narrativa deriva de la leyenda y que a la leyenda se remite, de que la liturgia de la representación es, en definitiva, lo que confiere a su escritura la densidad expresiva y el verdadero sentido de sus imágenes.

El propio título ya debería ponernos sobre aviso. Sabemos desde el genérico exactamente lo que se nos va a contar, conocemos el final y también la catadura de uno de sus protagonistas. La prolija literalidad de su anunciado oficia como sinopsis para que nadie se lleve a engaño: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Sin espacio alguno para el suspense, asistimos por tanto al despliegue de una historia bien conocida. El propio cine nos la ha contado muchas veces antes, algunas de ellas filmadas incluso por los grandes maestros: Henry King (Tierra de audaces, 1938), Fritz Lang (La venganza de Frank James, 1940), Sam Fuller (Balas vengadoras, 1949), Nicholas Ray (La verdadera historia de Jesse James, 1957)… ¿Qué sentido podría tener hoy en día, en consecuencia, volver a contar de nuevo sucesos que han ingresado de pleno en la leyenda popular y que son prácticamente de uso público?

Retengamos la palabra leyenda y volvamos de nuevo a la cuestión de la escritura para responder al interrogante. No por casualidad, todo es aquí liturgia y rito, escenificación y ceremonia. El relato avanza parsimonioso, el tiempo se dilata y se expande. El espacio se transfigura. El realismo deja su lugar a la estilización. La Historia y el mito se funden en un registro común que apenas deja resquicios para diferenciarlos. No importa tanto lo que sucede, los hechos o la acción, sino cómo sucede, cómo se escenifican los acontecimientos y cómo se filma el relato. Todo es aquí puesta en escena. Los modos y las formas no envuelven la acción, sino que son el discurso. El tiempo del mito deja paso al tiempo de la representación: el ocaso del pistolero, la decadencia de la leyenda (los últimos días de Jesse James, los que todavía ofrecen algo de materia narrativa para la primera parte del film) son sustituidos por la representación de la traición, por la puesta en escena del crimen (Robert Ford se interpreta a sí mismo en los teatros, el asesinato busca su legitimación en la proyección mediática).

La vieja épica del west, hija sofisticada de una civilización primitiva contemplada desde la perspectiva de la nueva sociedad industrial (la narrativa popular, el Hollywood clásico) es definitivamente desplazada por el fake de una representación kistch frente a una audiencia que busca en el simulacro su nostalgia de los viejos mitos (la conciencia de la representación, el cine de la posmodernidad). El espesor y la densidad de aquéllos se han convertido en tramoya y sobreactuación impostada: la de Robert Ford subido a los teatrillos de una América que (para sorpresa del personaje) no quiere traidores, porque sólo añora a los héroes, aunque estos sean criminales. De forma coherente, pues, la oquedad retórica de la escena termina por desvelar la inutilidad del gesto. Viaje de ida y vuelta al misterio del mito, que no puede nacer de una representación vacía, esta sorprendente, extraña y decididamente sugerente película puede no conectar demasiado con los modales más convencionales del cine actual de gran espectáculo, pero lleva dentro suficiente materia visual, estética y narrativa para integrarse, con pleno derecho, en la filmografía más distinguida y significante del western.