Pantera, ca. 1824.

Fundación Lázaro Galdiano. Serrano, 122. Madrid. Hasta el 29 de junio

A menudo, los artistas más brillantes no son los que mejor representan una época. Goya fue sin duda el mejor de la suya pero su obra, a la vez que intensamente histórica, es demasiado diferente, excéntrica. Siendo breve y hasta cierto punto irrelevante, encontramos casi más contexto social y artístico en la trayectoria de su ahijada, tal vez hija, Rosario Weiss (1814-1843), que Leocadia Zorrilla introdujo en su vida cuando se instaló en la Quinta del Sordo y llevó con ellos a Burdeos. La vida breve y la escasez de obras conservadas dificultaron su estimación, en la que esta pequeña exposición permite avanzar algunos pasos.



Carlos Sánchez, desde el departamento de Conservación del museo, ha incrementado su catálogo de dibujos al atribuirle otros 50, que con gran probabilidad llegaron en una carpeta comprada a las sobrinas de Weiss por Lázaro Galdiano, al que interesaba en extremo todo lo relacionado con Goya. Se exponen 37, pocos acabados.



Es fácil caer en la tentación de centrarse en las contingencias biográficas de Rosario Weiss. Pero sería más interesante estudiar cómo influyeron en su carrera ciertas transformaciones sociales y culturales. En realidad, Goya tuvo poca trascendencia en su obra y en su desempeño profesional. Sí, le enseñó a dibujar, como testimonia una sección de la muestra, pero en cuanto, aún adolescente, pasó a la escuela del neoclásico Pierre Lacour, abrazó el acabado y la corrección académicas, lejos de los continuadores de Goya (que murió cuando ella tenía 14 años) como Alenza o Lucas. Es significativo que Rosario se formase en Francia, cuando la oficialidad pictórica aún tenía los ojos puestos en Roma, y es evidente en su estilo dibujístico la impronta de David y de Ingres.



Dromedario con su guía, ca. 1824

En la pintura, podríamos decir que fue camaleónica. Apenas se conservan pinturas originales suyas, flojísimas, pero sus copias son de gran calidad. Esa capacidad imitativa le permitió ganarse la vida durante varios años, ya en Madrid, como copista y, se sospecha fundadamente, como falsificadora. Y aquí radica otro de los puntos de interés en su carrera: ¿cómo podía ganarse la vida una mujer artista? Weiss consiguió ingresar en el mercado laboral del arte, aunque por puertas laterales: la copia, la ilustración o la enseñanza particular al más alto nivel, pues en su último año de vida dio clases a Isabel II y a su hermana. Quizá también, propone Sánchez, el diseño de moda o, al menos, el dibujo de "figurines".



Su vida profesional es cortísima: tiene alguna visibilidad sólo desde 1838, en relación con el Liceo Artístico y Literario y con la Academia de San Fernando, que la hizo "académica de mérito" (no confundir: las mujeres no eran admitidas allí). Es muy probable que no hubiese llegado a nada sin sus buenas relaciones políticas: su madre y, sobre todo, su hermano Guillermo, fueron señalados liberales que le abrieron camino en el círculo del Liceo y en la Corte. Rosario era una joven ilustrada y retrató con éxito, en papel, a célebres literatos. ¿Con quiénes competía, como retratista? Seguían en activo Vicente López y Rafael Tejeo pero su generación es la de Antonio Mª Esquivel, Carlos Luis Ribera y Federico de Madrazo, todos practicantes de un romanticismo académico de herencia francesa, más rígido en los primeros y más natural en este último. Los dibujos de Weiss no palidecen demasiado junto a los de Madrazo, algo de lo que no podrían presumir muchos artistas de su momento.