Conocido por ser uno de los primeros europeos en confirmar la existencia de Machu Picchu cuarenta años antes de que lo descubriera Hiram Bingham gracias a los planos y apuntes que él mismo dejó, Charles Wiener fue un explorador austriaco judío de finales del siglo XIX, enviado por Francia a América del Sur para explorar los territorios andinos y los vestigios de las culturas precolombinas. De aquella expedición, y a pesar de su fracaso en la búsqueda de la ciudad inca, volvió con las manos llenas, todo un alijo de arte —alrededor de 4500 piezas precolombinas que llegó a exhibir en la Gran Exposición Universal de París en 1878—, un libro sobre sus hallazgos en Perú y un niño indígena comprado a una campesina. Al otro lado, el europeo, como lo llama Gabriela Wiener (Lima, 1975) en su última novela, “dejó a un niño peruano que a su vez tuvo diez hijos, uno de los cuales fue mi abuelo que a su vez tuvo a mi padre, que me tuvo a mí, que soy la más india de los Wiener”. 

Habituada a escribir crónica y literatura personal, en Huaco retrato (Literatura Random House), Wiener se estrena en la ficción para reconstruir la memoria saqueada de su familia que puede ser la de muchas, una mirada sobre cómo la violencia colonial, la falta de memoria histórica y el racismo marcan las formas de relacionarse con el otro, de querer, amar y desear.

Pregunta. De algún modo, ¿se reconcilia con sus antepasados en esta novela? ¿Es más fácil identificarse con el Charles Wiener que fracasa de camino al Machu Pichu, cuyo relato era impostado siempre por ese miedo a encajar, que con el idealizado por su familia?  

Respuesta. Realmente Charles fue un personaje muy complejo. Era un hombre del siglo XIX y su mirada cultural y científica es obviamente eurocéntrica y racista. La lectura de su libro golpea a la protagonista. Es tan desconcertante para ella que su antepasado hable así de los cholos e indígenas o de los peruanos, como lo ha sido llevar toda su vida ese apellido que no concuerda con su cuerpo ni con lo que entiende cómo su identidad, que le extraña, que siente como arbitrario. Ella necesita hacer ese viaje al pasado para entender cosas de su presente, los celos y deseos, las pérdidas y miedos, que han salido a flote removidos por la muerte de su padre y el descubrimiento de su doble vida.  ¿Qué tiene que ver todo ese presente con la vida de Charles Wiener? Esa es la pregunta del libro y en ese camino la protagonista descubre en Charles no solamente al europeo saqueador, sino también a un migrante como ella, que necesita protegerse a través de la exageración de sus propios mérito, y que para no ser víctima debe ser verdugo.   

"Este libro pretende cuestionar la importancia del linaje cuando nuestra verdadera identidad es la dudosa, la fronteriza, todo eso conflictivo que dejó la colonización"

P. Pero en ese ejercicio de impostar su propia realidad, ¿encuentra cierta empatía?  

R. Sí, cierta compresión, aunque la protagonista construye su parentesco con él por otras vías. No solo hay una identificación por ser migrantes, la reconciliación se da más bien por el camino de la escritura, porque él escribe sobre sí mismo, sobre sus propias hazañas hasta mostrarse como un héroe, algo que ella lleva haciendo desde que empezó a escribir. Ese es el verdadero parentesco. Sin embargo, no puede dejar de discutir con ese antepasado. De hecho, todo el libro es una demolición del patriarca omnipresente en las casas familiares, del que sabemos todo mientras de la mujer que se quedó en Perú con su hijo no sabemos nada. De esa estirpe bastarda quería hablar en este libro, cuestionar la importancia del linaje cuando nuestra verdadera identidad es la dudosa, la fronteriza, todo eso conflictivo que dejó la colonización. Todo lo contrario a la pacificación del mestizaje. Venimos de esa violencia que se arrastra durante siglos y que aún condiciona nuestras vidas.

Abono para el racismo

P. Y, sin embargo, la gran olvidada es María Rodríguez, a pesar de ser la única certeza absoluta del relato, ¿no? 

R. Me interesaba mucho ir hilando la trama imposible sobre ella, tratar de llenar ese vacío con los relatos de esas otras ellas de la historia, las abuelas, las madres, las hijas… En lo público, venimos de un relato casi hegemónico de los grandes logros de los personajes masculinos, normalmente blancos y europeos. Poco sabemos, sin embargo, de lo que hicieron en los mundos privados, dentro de sus casas y con sus familias. La protagonista quiere saber qué pasó en el camino, qué se perdió, quién se quedó en ese lugar de la marginación o el olvido. Quise preguntarme hasta qué punto nuestras familias vienen de relaciones jerárquicas, oscuras y violentas, llenas de silencios, y cómo esa profanación —la del huaquero que se mete a hurgar en un lugar sagrado, se lleva las cosas sin identificarlas y las exhibe en un museo europeo o la compra de un niño indígena para probar que pueden ser educados—revela cómo está organizado el mundo hasta hoy, en torno a la superioridad de unos sobre otros. Hay otra profanación, necesaria diría, la que hace la protagonista contra los preciados tótems familiares para soplar la arena de los siglos y dejar ver otro tipo de luz. Me interesaba especialmente indagar en cómo la colonialidad subsiste en nuestras propias memorias familiares, en la forma en que amamos y somos amados.  

 P. Habla sobre la figura del huaquero muy presente también en su libro, ¿qué papel jugó y continúa jugando el arte en la expropiación cultural y en sus heridas?  

"Una estatua de Colón o celebrar la fiesta nacional el 12 de octubre es recordarle al mundo que sigue habiendo huellas del colonialismo"

R. En Huaco retrato aparece el museo entendido como un lugar que es casi como un cementerio, donde las supuestas artes vivas y las culturas están metidas en vitrinas, congeladas en el tiempo, con explicaciones a veces arbitrarias. El libro empieza con la protagonista en un museo de París, en la misma sala donde está la colección de su tatarabuelo, Charles Wiener. Esa visita desata la escritura. El shock de ver el patrimonio expoliado de su país y al mismo tiempo verse reflejada en las caras de los huacos retratos, esas esculturas de cerámica que eran como las fotos carnet de la antigüedad y que reflejan con realismo los rasgos andinos. Hay muchísimos espejos en este libro. Tanto para ver la colonialidad que atraviesa a la gente que la sufre y la padece como para los descendientes del colono que quieran mirarse. Ojalá fueran anacronismos nada más. Tener la estatua de Colón en el centro de una plaza o celebrar la fiesta nacional de España el 12 de octubre es querer recordarle al mundo que seguimos en ese régimen de dominación. Glorificar esclavistas en la vía pública es algo que abona los discursos racistas, lo mismo que hacen los medios de comunicación cuando entrevistan a nazis. Y sin embargo, ante el pedido de comunidades enteras de que sean retirados de una vez estos símbolos coloniales la respuesta sigue siendo la burla y la falta de escucha y empatía, el caballazo imperial sigue galopando.

P. ¿Vivimos en una época especialmente racista?  

R. Sí, sin duda, el racismo es estructural y mata. Está en las leyes, las instituciones y en las calles. Pueden salir grupos de nazis directamente a señalar, pero el poder judicial no ve racismo en un cartel en el metro donde se estigmatiza a menores de edad que migran por situaciones desesperadas. Es un escenario de un racismo bestial completamente normalizado por la injusta ley de extranjería que la población migrante y racializada de este país lleva mucho tiempo soportando. Y en medio de esa desprotección está la nueva amenaza: la ultraderecha avanza por Europa, reabriendo asuntos que parecían superados y aprovechándose de la fragilidad blanca y colonial. Solo gente que tiene la patria frágil puede poner una bandera como la que hay en Colón, la más grande del mundo, que asusta muchísimo.

La literatura en la vida

Autora de novelas como Nueve Lunas y Dicen de mí, entre otras, y de libros de relatos como Sexografías, Gabriela Wiener es conocida por hacer que su autobiografía cruce todo lo que escribe. Su estilo autorreferencial parte siempre de un lugar incómodo y de una honestidad brutal, que escuece. Con Huaco retrato sorprende y construye su primera novela de ficción, un “juego literario” donde “deliberadamente” hace una recreación de su memoria familiar y otros aspectos autobiográficos que, por primera vez en su narrativa, “son solo puntos de partida y no de llegada. Esta vez creo que he metido la literatura en la vida y he empezado a fabular, a ampliar un poco más el juego con la imaginación y la verdad —cuenta—. Eso no quiere decir que mi libro no tenga también partes de ensayo o incluso poéticas. Me interesa jugar con el lector, confundirlo, que se pregunte cuánto de real o no es lo que lee.

P. ¿“No es acaso lo que hacen los escritores —se plantea en la novela su protagonista—, saquear la historia verdadera y vandalizarla hasta conseguir un brillo distinto”? ¿Se siente un poco así?  

R. Tal cual. Cuando hago esa analogía es porque de alguna manera he hecho eso con mi pasado familiar y con mi propio antepasado. Pero no lo he hecho desde el poder, lo he hecho desde el no poder. Es todo lo contrario al saqueo, es más bien la búsqueda de la memoria perdida y del relato silenciado, de sacar a la luz lo que está enterrado. Esa diferencia me parece importante. Sí que es verdad que yo me meto con la institución familiar o la historia de América o de España. Quiero contar otras familias, quiero contar las pequeñas historias de las que venimos. Quiero hablar de las momias escondidas en el armario de las familias y los países.  

P. Un poco en esta línea también afirma que conoce “bien la sufrida artesanía del yo” y “los peligros de la construcción de un personaje que eres tú”. A lo largo de todas sus publicaciones ha trabajado mucho esa parte del yo, ¿qué ha aprendido y cuáles son esos peligros?  

"Muertos en las cunetas, patrimonio precolombino en museos europeos, migrantes rechazados... Mientras haya eso no puede haber ninguna reconciliación"

R. Bueno, una vez que asumes que parte de tu obra literaria y trabajo periodístico es exponerte, empieza a dolerte menos la reacción del afuera. Los comentarios violentos los incorporo a veces a mi crítica. Lo que podría hacerme sentir vulnerable porque estoy más a tiro y la gente sabe por dónde atacarme, lo recojo y con eso vuelvo a hacer una historia y a colocarnos un espejo, vuelvo a intentar trabajar en lo que nos separa como tratando de pegar los pedazos y hacer una figura nueva. Es raro, ¿no? De alguna manera soy alguien que está permanentemente escribiendo sobre cosas como el encuentro, el amor, los vínculos o los puentes entre la gente, pero genero muchísima violencia todo el rato. 

P. ¿En Huaco retrato también?  

R. Sí. En ese sentido, este puede ser entendido como un libro confrontacional por el tema del pasado colonial. Pero en el fondo, el propio cuestionamiento o la crítica de esto es tan importante que espero que pueda ser reparador. Que tratemos de mirarnos, de hablar las cosas. Es imprescindible revisar el pasado para poder mirar el futuro, porque efectivamente estamos heridas, resentidas y choleadas. Me interesa la discusión sobre el poder, porque la historia es fruto del poder y debemos generar las historias de los que no lo tienen. Lo que no se puede hacer es ficcionar una reconciliación, hay que llegar a ella, y lo que hay todavía son cuerpos en las cunetas, patrimonio cultural precolombino en museos europeos, migrantes del sur tocando a la puerta sin que les dejen entrar... Mientras no se vuelvan a abrir esos agujeros que fueron tapados no puede haber ninguna reconciliación. La gente que tiene el poder no puede decirle a los pueblos originarios que lo suyo es algo viejo, que se olvide o que se calle. Lo que tienen que hacer es escuchar lo que te están tratando de decir. 

Las varias caras del poder

P. ¿Qué pasa con las familias y esas otras manera de pensar el amor?  

R. Hoy campea un pensamiento antifeminista muy conservador que intenta colocar la familia tradicional como el modelo a seguir, como si estuviera en peligro solamente porque la gente cuestiona una idea de familia hegemónica —la que fue cárcel para muchas mujeres, la que fue armario para la diversidad—, ama o cría de otra manera. El feminismo lleva años hablando de la importancia de reformular el amor, para tratar de construir relaciones no jerárquicas, violentas, abusivas... ¿Cómo podría ser algo malo? Y sin embargo hay gente que criminaliza esas miradas.  

P. En su novela, de hecho, recuerda cómo una familia tradicional, como la de la madre y el padre de su protagonista, tiene también ese lado desleal y negativo, ¿no?  

R. Lo tradicional era eso: la doble vida, la mentira, las infidelidades, los hijos fuera del matrimonio. Y el libro indaga un poco en esas familias que también son despojos coloniales, patriarcales o que se originan ahí y funcionan inercialmente de esa manera. Hemos heredado familias rotas, con parejas traicionadas e hijos que han tenido que comerse todo ese desarreglo. Pero esta es una de las historias. La historia de Charles y María es de otro tipo. Y la que la protagonista vive con sus propias parejas es otra. En todas hay vida y en todas hay horror.  

"Estoy de acuerdo en quedarme fuera de la FIL si eso contribuye a descentralizar y democratizar el mundo literario peruano, tremendamente desigual"

P. En alguna ocasión ha comentado su forma de escribir del amor y el deseo es en realidad un gesto político, ¿sigue de acuerdo con esta premisa?  

R. El feminismo descolonial contesta a la frase del feminismo europeo de “lo personal es político” a “lo colectivo es político”. Para mi este libro solo tenía sentido si no era un relato individual con una mirada individualista, sino una historia compartida por tantas comunidades echadas del Primer Mundo. Así que sí, hay bastante de escritura política en el sentido de que no es una escritura que se enreda en sus propios asuntos, sino que teje lazos con la historia de sus comunidades y de manera crítica con el poder. 

P. ¿Y hasta qué punto la política se involucra en lo literario? Hace poco veíamos cómo en la Feria del Libro de Madrid, cuyo país invitado era Colombia, se censuraba la participación de algunos autores. Usted misma vivió algo parecido con la FIL de Guadalajara, ¿no? 

R. Me parece muy oportunista de parte de la derecha cultural comparar la censura a autores colombianos críticos con su gobierno por parte del liberal Duque —amigo de Vargas Llosa y responsable de desapariciones y muertes en la revuelta social contra su gobierno— con la jugada política (hecha de manera muy torpe y muy machista, eso sí) que hizo el gobierno de Castillo para atacar simbólicamente el privilegio y el statu quo cultural. Ahí se podía intuir una voluntad de trabajar para descentralizar y democratizar el sistema literario y editorial peruano que es limeño, blanco, masculino y elitista. Estoy completamente de acuerdo con el fondo de este caso, aunque la forma de resolverlo haya sido discutible. Eso sí, estoy en desacuerdo con mostrarse como escritor censurado o perseguido político cuando claramente con esa medida se está apuntando al poder. Como ya he dicho, me parece muy bien quedarme fuera de la FIL para dar paso a autores y autoras por descubrir, porque considero que para Perú es un momento histórico, de necesidad de cambios estructurales sobre enormes lastres como el racismo y el clasismo. Por supuesto, hay que seguir luchando contra las desigualdades, que en el mundo literario peruano aún son clamorosas. Este gesto político se convertirá en polvo si no viene acompañado de políticas culturales realmente inclusivas y transformadoras. Espero que la nueva ministra Gisella Ortiz, gran referente en memoria histórica y derechos humanos de nuestro país, pueda retomar esta tarea pendiente.

@mailouti