Premio Planeta en 1999 por Melocotones helados y Premio Azorín en 2017 por Llamadme Alejandra, fue durante la promoción de Para vos nací, el ensayo que escribió en 2015 sobre Teresa de Jesús, cuando Espido Freire (Bilbao, 1974) habló por primera vez de la depresión. “Vi que mucha gente, muchos lectores, me agradecía en persona y por escrito el que yo hablara de ello y que lo hiciera sin ese tabú. Fue entonces cuando empecé a articular De la melancolía”, comparte.

Publicada ahora por Planeta, en esta novela que empezó a fraguarse entonces, la escritora aborda el tema de la depresión con la crisis económica y sus consecuencias en la sociedad como contexto. La historia de una joven, Elena, que acaba de separarse de su pareja después de intentar quedarse embarazada sin éxito es el pretexto que le sirve para indagar sobre los distintos matices que provocan algunas heridas y sobre cómo reponerse al dolor. Una historia de superación con un mensaje positivo que parte de su propia experiencia y de sus propias emociones. “Pero mi emoción no es el objeto de estudio –matiza-. Cómo contarla, sí”.

Pregunta. ¿Cómo es esa melancolía de la que escribe en su libro entonces?

Respuesta. La melancolía es un término clásico para referirse a lo que ahora entenderíamos como depresión. Es más hermosa la palabra melancolía. Tiene menos connotaciones médicas pero no deja de ser ese mismo humor, negro, como si fuera una especie de líquido viscoso, como si fuera una especie de aceite que se extiende por el interior de un cuerpo y de una cabeza. Después ha sido sustituido por otro tipo de definiciones. En algunos casos la depresión tiene una base puramente química y se puede tratar desde esa perspectiva. En otras, es una reacción frente a la adversión, frente a las circunstancias. A veces se acusa de habérsela medicalizado demasiado y de no permitirnos espacio en la vida para sentir la tristeza. Y otras veces cuando se convierte en patológica hay que combatirla, porque si no, no se sale de ella. Esa es la melancolía de la que yo hablo. Yo hablo de cómo hay momentos en los cuales parece que toda la sociedad esté afectada por una especie de epidemia o melancolía. Hay pocas esperanzas y pocas ilusiones. Solamente está el día a día. Y frente a ello cada uno reacciona como puede. Algunos con la lucha, otros con el abandono. Otros refugiándose en lo que pueden.

"¿Cómo iba a estar yo deprimida? Alguien con mi carácter y con mi capacidad de lucha y recursos, imposible. Pero estaba absolutamente desbordada"

P. Comenta que melancolía suena mejor que depresión, o que al menos, tiene menos connotaciones negativas, ¿sigue existiendo una especia de tabú en torno a la enfermedad?

R. Para mí no, para mí, como autora y como persona, siempre ha sido importante tener un nombre por el que llamar a las cosas. En el momento en que defines qué te pasa al menos hay algo a lo que aferrarse. Hay un nombre, una definición, un diagnóstico, una etiqueta. A partir de ahí puedes empezar a manejarte. Cuando yo de jovencita, tuve un TCA, un Trastorno de la Conducta Alimentaria, no sabía qué me estaba ocurriendo y fue espantoso. Luego supe que muy posiblemente una base depresiva en mi carácter, genético y quizás por las circunstancias, había tenido un peso muy importante en ello. Intenté aprender de ello pero en cierta medida me creí vacunada. Cuando hace unos años empecé a tener las primeras señales de depresión no fui capaz de identificarla porque estaba enmascarada con la ansiedad, que es uno de los males más comunes. ¿Cómo iba a estar yo deprimida? Alguien con mi carácter y con mi capacidad de lucha y con mis recursos, imposible. Hasta que tuve que admitir que efectivamente eso era lo que me estaba ocurriendo. Estaba absolutamente desbordada. La ansiedad, la tristeza y la negritud habían absorbido mi carácter y mi vida. Y en el momento en que supe lo que era, decidí implantar batalla. Yo ahí no me iba a quedar, no me podía quedar. Ya había tenido suficientes muestras alrededor. Y hablé de ello muy rápidamente

P. Además de tratar una crisis personal, De la melancolía aborda el tema de crisis económica, ¿cómo nos afecta lo económico en lo personal?

R. Frente a una crisis de la magnitud que vivimos con la gran recesión poca gente quedó indemne. Pero no por lo económico, que también, sino porque se derrumbó una parte importantísima que creíamos sólida de nuestra realidad económica. Se desmantelaron periódicos, empresas, ayuntamientos... Se rescataron bancos, se arruinaron familias. Pero lo más grave fue la enorme fractura ideológica que eso supuso. El miedo que ha implantado en una sociedad que está ahora buscando soluciones políticas. Y por otro lado la falta de confianza en nosotros mismos que más o menos funcionaba, con sus trabas, sus problemas, sus injusticias, pero en el cual nos sentíamos seguros. La pérdida de derechos y de valores, la sustitución por otros que difícilmente podríamos llamar valores, se ha producido en un abrir y cerrar de ojos y no creo que nos abandone tan pronto. Todas las generaciones de este país se han visto afectadas. La impresión de que nada es seguro ha contagiado de forma distinta a toda la sociedad y eso sí es realmente serio porque frente a eso una de las reacciones más inmediatas es la evasión. No se está invirtiendo en una educación, por ejemplo, que nos permita competir a nivel nacional o internacional cuando la crisis vuelva. No se ha cambiado el modelo económico basado en lo que hace unos años fue nuestra ruina. No estamos hablando lo suficiente de este proceso.

"Toda nuestra idea de justicia social, de lo que es tolerable y no, se ha visto zarandeada, nos han proyectado hacia la hipocresía, la envidia y el resentimiento"

P. ¿Se plantea un contexto así de oscuro en su novela?

R. No es un ensayo por lo tanto no lo tengo que hacer de la manera quirúrgica, analítica, en la que ahora te estoy contando esto. Pero si lo ves está presente en todo. Está presente en la inserción de las generaciones, en las reacciones, en la impresión de que algo se ha perdido para siempre. Y es que algo se ha perdido para siempre. Y no ha habido responsables. Quienes han pagado hemos sido quienes no han provocado todo esto y quienes lo han provocado, algunos han escapado sin culpa y otros son ricos. Toda nuestra idea de justicia social, de lo que es tolerable y no, se ha visto zarandeada, nos han proyectado hacia la hipocresía, la envidia y el resentimiento. Ahora frente a eso, ¿qué queda? La superación, la capacidad de alegría, la ayuda, la creación de familias artificiales como las que acaba generando la propia Elena, y mucha gente que está dispuesta a poner todo lo que pueda para remediar esto. No podemos prevenirlo. Pero con una actuación medianamente decente, medianamente humana, algo se puede soslayar. Y esa es la gran ventaja que hemos tenido como sociedad. Descubrir que como individuos mucha gente es excepcional. Por eso el final de esta novela, es un final esperanzador.

P. A pesar de todo, su novela desprende un mensaje positivo, ¿cree que este optimismo es más necesario hoy?

R. Si es medianamente real, sí. Algo que es absolutamente contraproducente es el optimismo tonto de quien quiere creer que todo va a ir bien porque sí. Las cosas salen bien si hay suerte, si hay trabajo y si hay cierta voluntad de hacer las cosas bien. Pensar que por una especie de Deus ex machina en el caso de los libros, un narrador que de pronto arregla todo y soluciona todo, por desearlo muy fuertemente las cosas no van a mejorar. Las cosas mejoran para Elena porque Elena realiza un profundo trabajo de transformación emocional y físico. Ella puede enviar ese mensaje de optimismo porque ha hecho los deberes. Mandar un mensaje de que las cosas se van a solucionar por ciencia infusa es absolutamente irresponsable. Y es un mensaje que nos llega de la publicidad y nos llega de la política. También viene el contrario. El de generar insatisfacción de manera que consumamos y el de generar miedo de manera que optemos por según qué opciones políticas. Pero sin una transformación profunda es complicado a nivel individual y social que salgamos de donde estamos. 

"Hay muchas voces que se atreven a hablar de qué significa ser madre, pero no tanto de la ausencia de ese hueco"

P. Además, otro de los temas importantes que explora es el de la maternidad y las dificultades de la reproducción.

R. Es la impotencia de intentar desear algo que te han vendido que se puede conseguir lo mismo que comprar un coche. Hay dificultades y pones un remedio. Ya bueno, pero es que Elena intenta poner todos los remedios posibles y la cosa no funciona, como le pasa a un porcentaje muy alto de mujeres, ¿no? Ahora empiezan a atreverse a hablar más, pero durante mucho tiempo tanto los abortos, como la infertilidad, como incluso las adopciones eran secretas. Había un enorme tabú y no funcionabas como mujer si no eras madre. Yo, que no lo soy porque no he querido serlo, he vivido con enorme sorpresa los juicios de valor que se les realizaba a muchas mujeres. El enorme sufrimiento de intentar ser madre y no poder serlo. Hay otras opciones como es la mía, pero son minoritarias, la mayor parte de las mujeres continúan queriendo formar una familia, continúan queriendo experimentar la maternidad. Y ahora mismo lo hacen bajo una lupa distorsionadora y amplificadora de todos sus defectos. Logren o no ser madres. Es un tema interesantísimo y hasta ahora no abordado en literatura. Sí ha habido abundantes ensayos y material de otro tipo hablando de eso, hay un gran negocio también en la fertilidad y en la infertilidad. Pero desde el punto de vista literario es relativamente escaso. Tenemos una Yerma en Lorca que nos habla de ese anhelo de ser madre, pero fíjate cuándo. Y ahora nos encontramos con muchas voces que se atreven a hablar de qué significa ser madre, pero no tanto sobre la ausencia de ese hueco. Yo quería que Elena rellenara ese hueco.

@mailouti