El Bosco: El Jardín de las delicias (1503-1515) (detalle)

Son viajes ideales, viajes soñados, pero esta vez desde la ficción. Porque viajar es también un placer cuando se hace desde las páginas de un libro, la imagen sugerente de un cuadro, una fotografía, desde la butaca de un cine. Y así, nos vamos al Nueva York de Paul Auster, al Sáhara de El paciente inglés, al Cape Cod de Edward Hopper...

Me despierta una turbulencia inesperada. Enseguida percibo un olor a pescadería, y una presencia escamosa en mis piernas. Y me doy cuenta: voy montada en un pez (¿besugo?) volador, concretamente el que, a modo de vespa aérea, es conducido por una pareja en el Tríptico de las tentaciones de San Antonio Abad. Antes de poder preguntarme si estoy soñando con Jheronimus Bosch, el besugo da un frenazo súbito para esquivar a un unicornio alado. Intercambian insultos en un idioma desconocido, y proseguimos el vuelo. Miro hacia abajo y descubro lo que suponía: la miríada de detalles de El jardín de las delicias, grabados en mi memoria gracias a un puzzle de 10.000 piezas que adquirí impulsivamente en mi adolescencia -jamás completado-, se despliegan bajo mis pies en una visión cenital inédita. La cabalgata de los vicios, multitudes entrando en un cascarón de huevo, las edificaciones cartilaginosas, un mejillón-cama, hipogrifos, floraciones imposibles, frutos del bosque devorados comunalmente... Poco a poco una enmarañada polifonía de timbres que no puedo identificar -literalmente, inauditos- nos intoxica como una ponzoña. Alcanzo a distinguir un sonido continuo, denso, generado a presión, in crescendo. Y algo parecido a un lamento de instrumento cordófono, pero no sé si pulsado o frotado... "Vamos al Infierno musical", me alarmo en un estremecimiento.



Sobrevolamos una ciudad en llamas, y ahí está. La orquesta patibularia. La tortura instrumentada, los martirios musicales. Condenados que pasean en torno a una gaita alambicada que escupe un bordón enloquecedor, o accionan ad aeternum una monstruosa zanfoña, o son empalados por chirimías. Las cuerdas de un arpa atraviesan un cuerpo crucificado. Un percusionista anfibio redobla un tambor-prisión. El mástil de un laúd es una columna de flagelación tañida por negros tentáculos. Su caja armónica aplasta un cuerpo con una partitura tatuada en las nalgas: "¡El Codex Gluteo!" pienso, y aguzo la vista, intentando descifrar la notación cuadrada que interpreta, a bramidos, un coro dirigido por un reptiliano rosa. Pero volamos a demasiada altitud, no consigo retener la partitura, y tampoco soy capaz de memorizar auditivamente ninguna parte del caos aberrante que nos rodea. Tan solo unos segundos de escucha son suficientes para perder el juicio: no es cacofonía, ni desafinación, es como si el temperamento utilizado fuera concebido exclusivamente para el delirio. Siento náuseas. "Por favor, cambiemos de tabla" pido al besugo. Una sacudida, y tras unas brumas, aterrizo plácidamente en una sábana de hierba fresquísima.



La encantadora jirafa de El paraíso parece sorprendida por mi súbita aparición. Le acompaña un perro bípedo. Los aullidos han cesado. "¿Cómo puedo salir de aquí?" pregunto desesperada, sintiéndome Alicia en el País de las Maravillas, Dorothy de El Mago de Oz y Adrian Leverkühn, todo absurdamente a la vez. Un lagarto tricéfalo que sale del agua intenta responderme: "Aquí mismo está una de las bisagras del tríptico. Úsala" me dice una cabeza. No le entiendo. "Es una bisagra mágico-metafórica, intercambiadora de realidades" me explica otra. "Te transbordará a las salas A y B" concluye la tercera cabeza. Miro a mi alrededor, descubro la pieza de metal detrás de mí. Parece imantada: una fuerza centrípeta me absorbe,y lo siguiente que oigo es la voz del vigilante de sala: "Disculpe, no puede acercarse tanto al tríptico". Mi ropa huele increíblemente a trementina. A mi alrededor, el alboroto mediático del Año del Bosco abarrota el Museo del Prado.

Marta Espinós (Jávea, 1979) se considera especialista en tejer relaciones transversales entre la música y prácticamente cualquier disciplina o temática, una tarea que desempeña combinando su trabajo como comisaria musical con su carrera pianística. Tras estudiar en Estados Unidos, conforma un repertorio que abarca desde el siglo XVII hasta nuestros días, aunque se confiesa amante del Barroco. Con su música explora insospechados puntos de vista, como "mostrar que los compositores introducen el humor en la música clásica". Apadrinada de la Fundación Joaquín Achúcarro para la conservación y desarrollo del legado del aclamado pianista a través de sus discípulos, también es comisaria musical y codirectora artística de Lo Otro, una empresa que ofrece dirección artística, organización y producción de toda clase de proyectos musicales de alto nivel.