Ismael Grasa

El escritor publica Una ilusión (Xordica), un libro autobiográfico en el que narra aspectos de su infancia, su pertenencia durante tres años al Opus Dei, su estancia en China, su vida en Madrid cuando se abría camino como joven escritor o la importancia de la amistad.

La vida personal como excusa para reflexionar sobre la vida en general. Utilizando su propia vida como materia literaria, Ismael Grasa (Huesca, 1968) escoge una serie de pasajes que se convierten en relatos, pero que sumados configuran una suerte de novela en la que no faltan la familia, la literatura, el amor, la amistad, el aprendizaje vital o jugosas reflexiones sobre el ser humano. Una ilusión (Xordica), es un libro autobiográfico en el que Grasa narra brevemente aspectos de su infancia, relata su pertenencia durante tres años al Opus Dei, ahonda en su estancia en China, y recuerda su vida en Madrid cuando se abría camino como joven escritor. Grasa también escribe sobre personas que han sido importantes en su vida. Esos encuentros, que son excursiones a novelas esbozadas, le han mostrado ambientes y oficios. Tras afincarse definitivamente en Zaragoza, irán surgiendo espacios, trabajos y personas que han sido capitales en su desarrollo personal y literario, como el periodista José Ángel García Longás (Chimi), los pintores Pepe Cerdá y José Luis Cano o los escritores Félix Romeo y Javier Tomeo, ambos desaparecidos y trascendentales en la vida y en la obra del escritor, que les brinda un sentido homenaje.



Pregunta.- Ha alternado un poco todos los géneros, poesía, ensayo, novela, cuento... ¿faltaba la autobiografía?

Respuesta.- "Autobiografía" me parece una palabra demasiado grande, y propia del final de una vida, lo que posiblemente no sea mi caso. Más bien me he propuesto componer una serie de textos autobiográficos, haciendo un descanso en el recorrido y echando la vista atrás, por así decirlo.



P.- ¿Sigue con este libro en la senda del relato? ¿Podrían ser cuentos independientes cuyo único nexo común es que son su propia vida?

R.- En cierto sentido sí, pero lo cierto es que cuando me puse a ordenar esos materiales descubrí que había una historia unitaria, una historia de liberación, lo que me llevó a reescribir el conjunto entero.



P.- Siempre ha trabajado el realismo, y el colmo del realismo es ya una autobiografía. ¿Qué le atrae de la realidad? ¿Es una fuente que nunca se agota?

R.- Cuando oigo "realismo" pienso en aburrimiento, no es un término con el que me guste asociarme. Lo que sucede es que creo que yo he sido más un escritor de la observación que de la imaginación. En todo caso, me interesa una escritura en la que esté la vida, de un modo u otro. Por otra parte, siempre he sido un lector de la "literatura del yo", y ese es un ámbito en el que me siento muy cómodo.



P.- Cuenta que de pequeño siempre quería huir, ha vivido en múltiples lugares, ¿continúa huyendo?

R.- Desde adolescente me ha espantado lo provinciano, la resignación. Durante un tiempo la ciencia ficción fue también para mí un tipo de huida. En el fondo, como cuento en el libro, si a los norteamericanos la ciencia ficción les llevaba a otros mundos, a nosotros, en aquella España, nos llevaba a Norteamérica.



P.- Es una biografía muy marcada por los lugares, distintas ciudades, países, el marco espacial está muy presente.

R.- Para hablar sobre mí -que es el mejor atajo que tengo para hablar del mundo- me he servido como estructura narrativa de los espacios que he habitado, desde la casa de mis padres en Huesca a los pisos compartidos en Madrid, y desde mi apartamento de Xi'an al que ahora vivo en Zaragoza.



P.- Profundiza en su época en China, que ya noveló en Dias en China. ¿Se había dejado cosas que contar?

R.- Efectivamente. Cuando Jorge Herralde leyó el manuscrito de Dias en China bromeó diciendo que no encontraba sexo en él, después de un año de estancia. Con los años me di cuenta también de que faltaba otra cosa en el libro: la mirada política. De modo que, ya en clave autobiográfica, ha abordado esas cuestiones y alguna otra. Aunque nadie debe esperar un Kamasutra.



P.- Apenas entra en su faceta de profesor, pero sí compara a sus alumnos de hoy con su generación. ¿Son tan distintos? ¿Ha cambiado mucho la educación?

R.- Cambia, como cambia la sociedad y cambian las personas. A mí, con todos los problemas que atravesamos en la actualidad, me sigue gustando más la España de hoy que la de hace unas décadas, cuando fui educado. Y eso incluye la educación. Es verdad que hay valores que no debemos dejar a un lado, como es el del esfuerzo y el mérito personal, y que a veces tendemos a dejarnos fascinar sin mucho fundamento por fórmulas novedosas.



P.- Cita constantemente a otros escritores, forman grupo, hacen amistad... habla de sus inicios en la escritura cuando vivía con Juan Gracia Armendáriz, ¿rompe el mito de la soledad del escritor?

R.- Sí, es un mito, porque el escritor rara vez se hace solo. Me cuesta pensar en vivir en una ciudad donde no haya alguna buena librería, donde no existan editoriales o revistas literarias, ni ese particular clima de conversación y de crítica -en el buen sentido- mantenido entre escritores, en el sentido más amplio. Cuento también en el libro que en parte soy escritor porque viví con un escritor, porque "vi escribir".



P.- Otro tema clave es la amistad, ¿qué es, qué significa para usted?

R.- Como decía Aristóteles, hay amistad sólo si esa clase de alianza va dirigida al bien.



P.- Dedica el cierre del libro a dos de esos amigos, hoy fallecidos, Javier Tomeo y Félix Romeo. ¿Qué recuerda de ellos? o ¿Cómo los recuerda?

R.- En Zaragoza encadenamos tres muertes de aragoneses que dejaron un hueco muy grande: José Antonio Labordeta, Félix Romeo y Javier Tomeo. Tomeo era alguien que hizo un camino en solitario como escritor, a la vez que no sabía estar solo. Félix era una persona que hacía que te replanteases todas las cosas, y que vivía con una intensidad sobrehumana. Era un maremoto, en todos los sentidos, y lo que yo entiendo como un intelectual.