Juan Carlos Márquez

El escritor bilbaíno publica Los últimos (Salto de Página, 2014)

Un disco ochentero de Los Ilegales, en plena bajamar de lo que se llamó el desencanto, llevaba por título Agotados de esperar el fin, de aguardar ese gran petardazo definitivo, y probablemente radiactivo, que se llevara por delante una realidad desesperanzada e injusta. Parece que la crisis económica eterna que no acaba de soltar su presa ha insuflado nuevas energías en un género por otra parte clásico, un otoño de distopías que compiten en los distintos ámbitos de la creación, en el cine, en las series, en la literatura. Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967), que hasta ahora se había fajado con éxito en la distancia corta del relato, salta a la novela precisamente con una historia acerca de Los últimos (Salto de página, 2014) que arranca con la inevitable destrucción, se construye en una huída y que sólo el lector sabe cómo terminará.



Pregunta.- Hete aquí otra "maldita novela sobre el apocalipsis", que diría Isaac Rosa. ¿Por qué decidió acercarse a un género ya clásico? ¿Y cuál diría que es la peculiaridad de su aportación?

Respuesta.- Muchas de mis lecturas de juventud fueron de Ciencia-Ficción y en cierta medida algunas de ellas pueden considerarse apocalípticas. Me refiero a libros de Bradbury, Orwell, Huxley y Pohl, entre otros autores. Me gustaban aquellos libros porque en su núcleo estaban el ser humano y las relaciones personales, más allá de las peripecias científicas o espaciales. Yo diría que Los últimos, como otros libros contemporáneos (me viene a la cabeza ahora mismo Los huérfanos, de Jordi Carrión, libro muy reciente), entronca con esa tradición y la revisa en cuanto nos presenta al ser humano en un entorno tapizado por elementos pop, avances científicos y nuevas tecnologías de la información e influenciado por el cómic, las series y los videojuegos. Desde un punto de vista estructural, se trata de un diario novelado compuesto por capítulos cortos, a menudo autoconclusivos, que apuesta deliberadamente por la elipsis como motor de fluidez, por la intensidad y en ocasiones por cierto lirismo, espero que contenido. En lo que concierne a la premisa argumental, la novela combina la distopía con el Génesis y el Apocalipsis bíblicos. Si existe alguna peculiaridad en ella, su sabor ha de nacer de ese cóctel.



P.- El género apocalíptico y distópico vive una edad de oro. Ha devorado al resto de la ciencia ficción y hoy es el único rival del omnipresente fantástico. ¿La crisis sería la razón más evidente?

R.- Perder el trabajo, los ahorros y la casa es muy apocalíptico, desde luego. Es muy posible que en épocas de grandes crisis como la actual exista un terreno abonado para las distopías y el apocalipsis, como una prolongación inmediata y amenazadora del presente. No obstante, sostener cualquier justificación en este sentido precisará de estudios serios y exhaustivos, muy documentados, como los que, por ejemplo, determinaron la influencia decisiva del miedo a la amenaza comunista y del clima de la Guerra Fría en el boom del cine de invasiones extraterrestres de los 50.



P.- La distopía sitúa en el futuro lo que en realidad es una enmienda al presente. ¿Es el gran género político?

R.- Es muy opinable, pero hablaré por mí: cuando pienso en grandes libros políticos, no afloran a mi mente en primer lugar libros realistas de denuncia, sino 1984, Rebelión en la granja o Fahrenheit 451, por citar algunos.



P.- En cada uno de los brevísimos capítulos de su novela irrumpe una idea, una metáfora original, una tétrica reflexión. Al punto de que en muchas ocasiones la acción parece sólo el combustible de un viaje al interior de la condición humana...

R.- Sí, estoy de acuerdo. Eso es lo que más me interesa. Yo creo que en Los últimos el apocalipsis no es lo esencial, sino un contexto, un paisaje en el que las aventuras tienen en ocasiones un deje de McGuffin, una atmósfera opresiva para explorar las pulsiones humanas en situaciones límite.



P.- En un alto en el camino los protagonistas divisan los escenarios desangelados de la Universal que ya había visitado en el pasado feliz con su familia: Men in black, Alien attack, Terminator 2… Y el protagonista exclama: "Jamás, sin embargo, llegué a concebir que la ficción pudiera convertirse en realidad". ¿Y usted? ¿Siente, como escritor, la responsabilidad de dar forma al futuro?

R.- Como escritor no me siento responsable de nada, pero construir un futuro de ficción lleva implícito un proceso de creación y búsqueda literaria, aunque sea aprovechando muchos elementos ya testados, que me ha parecido apasionante. Más que de responsabilidad, en mi caso puede hablarse de una necesidad artística de explorar nuevos territorios, nuevos para mí, quiero decir.



P.- Por cierto, hablando de referencias. Creo que no le agrada especialmente la pedantería literaria, lo alambicado de ciertos estilos de algunos de sus contemporáneos. ¿Mostrar tan claros referentes de género como hace es, de alguna manera, una forma de sacar pecho?

R.- No, pero mi idea de la escritura es otra: yo escribo para comunicarme, y la pedantería y el alambicamiento no me parecen precisamente los pilares de la comunicación. Yo creo en el escritor arquitecto y albañil; ingeniero y mecánico. Creo que crear, como construir, tiene que manchar.



P.- Los últimos es su primera novela tras una larga trayectoria en la distancia corta. Y su querencia por el relato brilla en la sucesión de planos breves que la estructuran. ¿Se trata de la novela inevitable de un escritor de cuentos?

R.- El cuento es el género de lo esencial, lo que importa, lo intenso, donde lo accesorio apenas tiene cabida. Es evidente que tras practicarlo en exclusiva algunos años, eso deja una huella, cierta costumbre y una manera muy determinada de afrontar la escritura que es difícil de abandonar y que yo, por otra parte, no quiero abandonar. Pero sobre todo creo que el mayor enemigo de un cuentista que quiere escribir novelas es el pudor de alargarse sin necesidad, algo que como lector de novelas sufro demasiado a menudo.



P.- Hoy el mundo literario español tiene sus mentideros en las redes sociales de las que usted es un habitual. ¿Qué encuentra en ellas? ¿Y qué opina de las críticas que afirman que, al coincidir alegremente en ellas escritores, periodistas y críticos, se exacerba el buenismo, y tal vez, la banalidad del medio literario?

R.- Me sirven para estar en contacto con otros escritores con los que simpatizo que viven en otras ciudades, con quienes es difícil coincidir, y también con lectores, alumnos, amigos, familiares y conocidos. Aunque mi facebook no es estrictamente un facebook de "escritor". Yo solo tengo un perfil: un cajón de sastre donde caben sandeces, chistes, comentarios críticos sobre la actualidad, forofadas futbolísticas, arrebatos de ira, fotos, ocurrencias de mi hijo y mis cosas de escritor, un poco de todo, como la mayoría de los escritores con quienes tengo trato. Respecto a esas críticas, no sé, yo no lo veo así, en la literatura se establecen relaciones personales, de amistad, indiferencia y enemistad, como en cualquier otro oficio. Somos personas antes que escritores. La amistad y el buen rollo se ven más en las redes sociales que sus contrarios, pero es lógico. Facebook es una casa virtual y uno no invita a su casa ni quiere pasar tiempo con personas, sean o no escritores, con quienes no empatiza o a quienes incluso aborrece. Se eliminan o se ocultan. Y lo oculto no se ve.