Emilio Sagi. Foto: Fernando Ruso.

Estrena en los Teatros del Canal este domingo la zarzuela La corte del faraón

Tras su paso el Arriaga y el Campoamor, recala en los Teatros del Canal la zarzuela La corte del faraón, una de las máximas expresiones del género psicalíptico y censurada durante el franquismo. Emilo Sagi (Oviedo, 1948) firma la dirección en escena de este montaje en el que el dorado faraónico, en los decorados, se ensalza hasta el delirio. Es una exageración a título de broma del regista asturiano, en los 90 director del Teatro de la Zarzuela, que sigue la línea abierta por el libreto y la partitura originales, cuyo propósito era satirizar la ampulosidad de algunas óperas (Aida, en concreto, aparece en el punto de mira). No es la única vuelta de tuerca que Sagi le imprime. También juega a la ambigüedad sexual con algunos de los personajes: el faraón, por ejemplo, muta en una suerte de reinona. Guiños gamberros que garantizan la diversión y la risa. No es poco.



Pregunta.- La zarzuela se esfuerza por modernizarse para no desconectar con el público de hoy. ¿Van en esa estela este montaje suyo?

Respuesta.- Sí, es otro granito de arena. Esa modernización lleva ya muchos años en marcha, desde al menos hace dos décadas, cuando José Luis Alonso se puso al frente del Teatro de la Zarzuela, al que siguieron Campos, Casal, servidor... Hoy se sigue intentando para que llegue a las nuevas generaciones y no se quede obsoleta.



P.- Estéticamente, ha optado por la exaltación del dorado faraónico.

R.- Es una ostentación excesiva a modo de broma. El propio texto y la partitura invitan a hacerlo. Contienen una sátira implícita hacia a las grandes ópera egipcias, tan ampulosas, con Aida de Verdi a la cabeza. Es una zarzuela gamberra e irreverente y yo pretendo cultivar ese propósito original, pero dándole una vuelta de tuerca.



P.-¿Por eso al faraón lo convierte en una especie de reinona? ¿Es para quitarle los resabios machistas?

R.- Es que lo picante y verde ya no existe en esta época que está de vuelta de casi todo. Por eso intento jugar con esta ambigüedad sexual. Es una manera de darle al género psicalíptico nuevas posibilidades. Así que retuerzo algunos personajes para llevarlos a situaciones extremas, para que sigan teniendo gracia eso que antes se censuraba y ahora lo vemos con ojos muy diferentes.



P.-Lo de psicalíptico parece tomárselo al pie de la letra. Los cantantes se pasan buena parte de la actuación medio desnudos...

R.- Lo pide el género, muy cercano al cuplé y a la revista, donde está prohibido esconder la carne. Simplemente sigo una tradición que siempre ha sido así, con mis toques personales.



P.-¿El sello Sagi?

R.- Se habla del sello Sagi, sí, y me agrada. Debe de haber algo propio, una serie de recursos, pero no soy yo el que mejor lo puede explicar. Aunque sí hay dos premisas de las que parto siempre: entretener y divertir si es una comedia, y emocionar, si trabajo con un drama. Lo que no quiero es que el público se tenga exprimir el cerebro.



P.-Lo cierto es que con La corte del faraón la diversión está garantizada, también la complicidad con el público.

R.- Sí, suele acabar cantando espontáneamente, sobre todo el famoso cuplé ¡Ay, ba! Aunque hay que decir que en la zarzuela eso es algo muy común. Antes se utilizaba una pizarra para mostrarle el texto a la gente y así pudiera arrancarse a cantar.



P.-¿Qué importancia le concede a La corte del faraón dentro de la historia de la zarzuela?

R.- Es una de las piezas más logradas del género psicalíptico, armonizada para orquesta con maestría por Vicente Lleó. Su música deliciosa y muy pegadiza. El libreto está también muy bien escrito. A mí no se me ocurre compararla con Luisa Fernanda o La verbena de la Paloma. Igual que no se puede comparar el rock'n' roll con Wagner. Todas son joyas de la zarzuela y cada título brilla en su estantería.



P.-Luego la censura le dio también su empujoncito, ¿no?

R.- La censura es algo terrible pero a determinadas obras que quería eliminar del mapa les ha hecho un gran favor. Un buen ejemplo es La corte del faraón, una zarzuela cuya irreverencia no sólo está en el plano moral sino también artístico, porque se ríe de aquellos que viven la ópera como un ritual de gravedad y circunspección.

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