Victoria Combalía. Foto: Pepe Abascal.

La comisaria y crítica de arte publica 'Dora Maar. Más allá de Picasso' (Circe Ediciones)

Tuvo la ocasión de entrevistar varias veces a la fotógrafa y amante de Picasso en 1993 cuando residía en París y de aquellas charlas surgió la primera exposición dedicada a Dora Maar (1907-1997). Fue en Valencia, en 1995, en la sede de Bancaja, poco antes de la muerte de la artista. Más adelante, en 2002, Victoria Combalía (Barcelona, 1952) organizó una tripe exposición que pudo verse en Barcelona (Tecla Sala), Múnich y Marsella. Pero no fue hasta 2010 cuando la crítica, comisaria y asesora de arte tuvo la oportunidad de acceder a más de 2.000 documentos que le descubrieron a otra Dora Maar. Ahora prepara ya una exposición de la fotógrafa para el Palazzo Fortuny de Venecia, pero esto será en marzo de 2014. Esta biografía que lanza Circe es el colofón de una intensa investigación y años de trabajo.



Pregunta.- ¿Qué es lo primero que tenemos que saber de Dora Maar que hasta ahora había pasado inadvertido?

Respuesta.- Dora ha sido durante mucho tiempo "la mujer que llora", a raíz de la serie de Picasso que la representa dramáticamente, torturada, y se descubre aquí que era una mujer emancipada, una fotógrafa profesional de valía y con vida propia, importante intelectualmente, que había sido amante de Bataille y formado parte del grupo surrealista. La primera mitad del libro es sobre su vida antes de Picasso y se descubren temas desconocidos como su relación con sus padres, que no era mala como decían y, sobre todo, su vida entre el 45, tras su ataque de locura, y el 97 cuando muere, 50 años de los que apenas se sabía nada.



P.- De hecho, el libro nos descubre una fuerte personalidad casi fagocitada por Picasso...

R.- Tras la ruptura con Picasso ella se camufla, creó una leyenda sobre ella misma y no quería ver a nadie, se aisló del mundo. Pero, en realidad, todo es más sutil sofisticado y complejo. Tras estudiar esos documentos he visto que fue un aislamiento relativo y progresivo: en los 50 aún va a fiestas de la alta sociedad y poco a poco va haciéndose cada vez más religiosa y se acerca más al psicoanálisis con Lacan.



P.- Conoce a Dora Maar en el verano de 1993 y mantiene con ella varias conversaciones: ¿qué fue lo que más le llamó la atención durante estas charlas?

R.- Tuve la extraordinaria suerte de poder hablar con ella por teléfono. Fueron conversaciones largas, de unas dos horas cada vez. Advertida sobre sus cambios de humor repentinos y que era habitual que colgase el teléfono, yo iba con muchísimo tacto. Pero no ocurrió nada de esto. Creo que se dio cuenta de que estaba interesada en ella y en sus fotos, y no en Picasso. Me pareció enormemente viva a sus 87 años, curiosa, con una brillante conversación, hablaba de todo y todo le interesaba, la teología, el arte, las exposiciones... No hablamos de política pero se le notaba muy conservadora, a pesar de haber sido de izquierdas en los años 30. Nunca criticó a Picasso, ni a gente que había conocido en los 30 como los surrealistas y hablaba de todo el mundo con cariño, de Frida Kahlo, de Jean Cocteau...



P.- Creo que le advirtieron también para que no sacase a relucir a Picasso… ¿Cómo llegó a hablar de él?

R.- Efectivamente. En realidad salió solo. Empezamos a hablar del Guernica, yo saqué el tema de aquellas fotografías que ella realizó y logré que hablásemos de él.



P.- El acceso en 2010 a los documentos de Maar suponen un nuevo acercamiento a la fotógrafa: ¿Qué le revelan?

R.- Los herederos franceses de Dora Maar han sido muy generosos y, hasta el momento, he tenido la exclusiva para acceder a su archivo: 2000 documentos entre los que se encontraban cuatro o cinco agendas, cartas, fotos, etc. Se manifestó entonces un personaje mucho más complejo: ella se consideraba a sí misma como una gran fotógrafa lo que revela una gran autoestima y sabía bien cuando contestaba a cartas de museos o críticos cómo hablar de sus fotografías. Aunque, por otro, se boicoteaba a sí misma, dando largas a los que pedían fotografías para exposiciones.



P.- ¿Alguna sorpresa?

R.- Fue fascinante abrir los documentos, leer las agendas de los años 50, descubrir cómo luchó por sobrevivir a Picasso: se levantaba a las 8, meditaba, se sometía a psicoanálisis, luchaba contra la depresión con todas sus fuerzas. Ella era más fuerte de lo que todo el mundo piensa. Hay que tener en cuenta que sobrevivió 50 años a ese abandono. Otras amantes de Picasso, como Marie-Thérèse Walter y Jacqueline, no lo superaron y ambas se suicidaron. Dora Maar fue maltratada psicológicamente por el pintor y lo superó rezando, leyendo...



P.- Picasso no queda muy bien en el libro, ¿sabe si la familia Picasso lo ha leído? ¿Reacciones?

R.- Todavía no lo han leído, pero les voy a enviar un ejemplar a los sobrinos, que siempre han sido muy amables conmigo. Creo que están acostumbrados, en ese sentido no les va a sorprender. Ha habido una idealización de Picasso como persona durante 50 años y luego lo contrario, se le empezó a ver como a un ogro. Mi libro es objetivo, Picasso aparece como un hombre simpático, fascinante y gran pintor, pero sádico y que hacia sufrir a las mujeres.



P.- Uno de los descubrimientos de su investigación es la figura del monje Jean Monleon que le acompañó durante años.

R.- Pues sí, no teníamos ni idea. Sabíamos que se había vuelto católica. Entrevisté a 70 personas y todos me hablaban de su religiosidad, pero entre todos esos documentos descubrí una veintena de cartas a un señor muy intelectual, católico tradicional y a quien debía ver con frecuencia a juzgar por las citas apuntadas en la agenda. Hay que entender que Maar fue abandonada, que Picasso se fue con Fraçoise Gilot y Dora explota en 1945: tiene un episodio de locura temporal del que se recupera pero se queda hundida y tiene que agarrarse a algo para no suicidarse. Se aferra al psicoanálisis y a la religión, trasladó su amor incondicional de Picasso a Dios. Decía que después de Picasso solo quedaba Dios.



P.- ¿Qué hubiera sido de Dora Maar de no haber conocido a Picasso?

R.- Creo que finalmente hubiera sido descubierta como fotógrafa, como Lee Miller, por ejemplo. En los últimos 10 o 12 años ha salido a la luz un elenco de fotógrafas estupendas que trabajaban en aquella época. La hubiéramos descubierto porque sus fotos de calle y las surrealistas son muy buenas, hay en ellas una mirada propia y particular. En cuanto a su biografía, todavía hay cabos sueltos, años de los que no hay documentos, del periodo surrealista. Después de 350 páginas de libro todavía se puede escribir más.



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