Ilustración de C. E. Brock para Orgullo y prejuicio

Lo confieso. Me llevó 34 años de mi vida leer Orgullo y Prejuicio. En realidad, cualquier novela de Jane Austen. Lo vuelvo a confesar, el motivo es que de una u otra forma, pensaba que era una novela "de chicas", un folletín qualité con consejos sobre cómo afrontar la vida sentimental para mujeres casaderas escrito, suponía por su éxito en el tiempo, maravillosamente pero al fin y al cabo, "de chicas", y no lo digo en plan machista porque tampoco me gustan las cosas que percibo como "de chicos", o sea, más pendientes del público al que se dirigen que de crear una verdadera obra de arte.



Finalmente cayó en mis manos Orgullo y prejuicio y a pesar de lo segundo no tuve más remedio que devorarlo en cuanto pasé de la primera página. Jane Austen es una escritora maravillosa. Tiene una prosa sencilla y ágil, consigue expresar emociones y pensamientos muy complicados sin recurrir a artificios ni a palabras que no se entienden. Ahí radica quizá su éxito imperecedero, todo lo que cuenta Austen lo puede entender cualquiera tanto por la pasmosa facilidad con la que parece escribir sin esfuerzo (¡qué difícil es eso!) como porque habla de forma profunda y conmovedora de cosas que nos afectan a todos: el amor, el desengaño, la madurez, los clichés sociales. En realidad, siempre he pensado que sus novelas, de una forma u otra, suelen hablar siempre de la libertad, de la dificultad para poner de acuerdo los deseos íntimos con nuestras posibilidades reales.



En estos tiempos en que triunfa el cinismo en lo público y en los que es el arte se decanta generalmente por la ambigüedad moral, por ese "no juzgar" a nadie que se le supone a los escritores modernos (David Leavitt ha hablado mucho de eso) además de su prosa, lo que más me cautivó fue también el moralismo, en el mejor sentido de la palabra, de la novela. La heroína, la inolvidable e icónica Elizabeth Bennet, posee una sensacional capacidad para captar y distinguir entre el bien y el mal, y lo expresa sin trucos ni rodeos de ninguna clase. La fascinación por el mal, tan propia de la literatura y el arte de la última parte del siglo pasado, brilla por su ausencia. No hay ni rastro de ruindad ni de pasión por el poder, Elizabeth simplemente espera casarse con "un buen chico", y eso es maravillosamente sencillo y profundo.



Orgullo y prejuicio también tiene algo de libro de autoayuda en el mejor sentido de la palabra. Las situaciones a las que se enfrenta la heroína le plantean constantemente dilemas morales cotidianos perfectamente reconocibles y para los que la novela ofrece siempre la respuesta correcta y más sensata. Alentada por una madre mediocre y vulgar, Elizabeth se equivoca con sus prejuicios respecto al bello y riquísimo Darcy no por causas innobles sino perfectamente razonables, desconfía de la verdad en su corazón. Madurar, para Austen, significa ver las cosas tal como son, sin pensar ni en la fama ni el dinero ni las apariencias. Es un proceso por el cual los humanos nos hacemos humanos reconociéndonos en los otros y sabemos perdonarles y de paso perdonarnos a nosotros mismos. Esa humanidad hace de Orgullo y prejuicio una de las mejores novelas de la historia, un fiel amigo al que uno puede recurrir siempre que quiera.