Pello Irazu

Hoy inaugura la exposición 'Una oportunidad cada día' en el Centro de Arte de Burgos (CAB)

Ha titulado la exposición que inaugura hoy en el CAB con cierto cariz optimista, Una oportunidad cada día, una frase que encierra algunos de los anhelos, las dudas y la condición ambiciosa del trabajo creativo de Pello Irazu (Andoain, Guipuzcoa, 1963). La idea surgió de una frase que encontró impresa en uno de los elementos que componen una de sus esculturas y funciona como un signo más de la exposición, una nueva individual importante desde que en 2009 ocupara el Koldo Mitxelena con Vivir sin destruir. También aquella reinvindicaba un espíritu constructivo y hacía referencia al choque entre la cultura que evita la destrucción, que hace pervivir la memoria y crea una conciencia sobre la realidad. Hoy, cuando la palabra cultura parece diluirse de las prioridades gubernamentales, ese propósito es más urgente que nunca.



Pregunta.- La exposición recoge obras de 2011, incluso alguna de 2009, como la escultura Noli me tangere, así como otras pensadas especialmente para el CAB. ¿Cómo plantea el recorrido?

Respuesta.- Mi manera de trabajar y de entender el proceso artístico me permite viajar dentro de mi obra y me posibilita retomar, confrontar, mezclar trabajos de distintos periodos. Hay obras que pueden retroalimentarse entre ellas o reforzar algo que puede estar subyaciendo sin ser evidente. Para esta muestra, he escogido la escultura Noli me tangere por su capacidad de ofrecérsenos al ojo y a la mano desde una presencia material contundente y equívoca, por su capacidad de ser imagen y cuerpo al mismo tiempo. Algunos de los nuevos trabajos abundan en esta idea pero desde presupuestos materiales diferentes: fundición de inox, escayola, fibra de vídrio, espejo... La disposición del espacio en tres salas casi idénticas me ha proporcionado la coartada de crear ecos de una sala a otra mediante dos intervenciones murales alterando la percepción espacio-temporal y la jerarquía del habitual recorrido expositivo.



P.- Uno de los temas que más le interesa es la relación del hombre con el espacio que habita. ¿Qué sentido tiene en su trabajo la idea de espacio?

R.- Creo que el concepto de espacio es algo que a priori no existe; es experiencia y surge a medida que lo experimentamos. Para percibirlo es necesario provocar su aparición y ahí aparecen las convenciones. Como artista tengo que emplear las estrategias necesarias para alterar o afirmar la percepción de esas convenciones. Proporcionar una serie de signos, intentar que el espectador sea un elemento más y que a la par que participe active el resto de las relaciones es parte de mi trabajo. Esto se puede dar de una manera física, visual, psicológica... El deseo del espectador de empatizar o reconocer algo familiar en mi trabajo es el primer peldaño para hacer posible un nuevo espacio de representación, la aparición de lo que Freud llamó Heimlich /Unheimlich: lo perturbador y lo extraño. Una sensación fronteriza que sucede en el límite deslizante entre lo acogedor y lo inquietante.



P.- ¿Qué tiene Pello Irazu de pintor?

R.- La pintura como tal no es importante, me gusta y la admiro, puedo referirme a ella como concepto, pero no soy pintor. Empleo diferentes tipos de signos que aluden a lo pictórico, escultórico y fotográfico, a diferentes mecanismos para registrar la realidad. Llamo a las obras esculturas o dibujos a sabiendas que son tremendamente híbridas, algo que viene del desarrollo en el tiempo de mi propio lenguaje.



P.- Cuestiona el medio artístico creando imágenes equívocas y significados abiertos y ambiguos. ¿Cuál es el objetivo último?

R.- Cuestionar un medio significa confrontarlo con conceptos ajenos y tiene que ver con el contexto de lo textual, lo contrario a la idea tradicional de obra de arte definida como un objeto listo para ser explicado, interpretado y consumido. Lo textual sería la superposición de varios territorios sin que ninguno de ellos prevalezca. En mi caso: la escultura, la pintura, la fotografía, la arquitectura, el diseño, la literatura y la filosofía y la música. En estos encuentros habitualmente violentos se ponen a prueba los límites de la disciplina, se abren sus márgenes y sus premisas más fundamentales están sujetas a una crítica radical y permanente.



P.- ¿Ha visto cambiar mucho su trabajo en todos estos años?

R.- El trabajo cambia por que tú cambias. El proceso del arte está unido a mi vida y mis intereses. Trato de establecer un proceso que no se detenga y que tenga capacidad de integrar cualquier elemento que me interese. Los últimos años he producido piezas fundidas en aluminio o en acero inoxidable tratando de vincular la capacidad de reproducción de los procesos de fundición y de los procesos fotográficos; he trabajado en soporte fotográfico interviniendo sobre imágenes de mi entorno habitual; he dibujado... Estos medios me están llevando a utilizar objetos y materiales con menor dignidad artística que la habitual. Son procesos abiertos.



P.- Forma parte de un grupo que se sigue considerando "la nueva escultura vasca". ¿Es ésa una lectura errónea o pasada ya de moda?

R.- Esto es un hecho histórico, pertenece a un debate de hace 25 años. En la década de los 80, coincidimos en Bilbao un grupo de artistas (Badiola, Bados, Moraza, Fernández…) trabajando con la escultura y, a pesar de que nuestras referencias no eran únicamente locales, desde fuera se nos denominó "la nueva escultura vasca". Hoy podríamos hablar de otra "nueva-nueva escultura vasca", ya que existe una generación posterior que, trabajando desde presupuestos actuales y con una vinculación generacional, ha propiciado un contexto sin equivalente en el contexto artístico estatal. Entre otros nombres, Asier Mendizabal, Sergio Prego, Iñaki Garmendia, Xabier Salaberria, Ibon Aramberri...



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