Alejo Pérez
Los días 21, 24 y 27 de mayo dirige en el Real la versión de concierto de Rienzi de Wagner.
Pregunta.- ¿Qué tiene este Wagner de juventud?
Respuesta.- Es una partitura reveladora y, en muchos sentidos, anticipadora de lo que vendría después. Wagner la escribió con 24, siendo como era un compositor de recursos netamente autodidactas. Tiene ganas de contar cosas, de dar rienda suelta a sus pasiones, de abrirse paso como creador. Por eso todo la música desborda el foso, derrocha energía y está sujeta a grandes impulsos. Al mismo tiempo, hay también una gran frescura y algo de ingenuidad.
P.- Con tanto músico y cantante en escena, ¿no se siente, además de director, un poco regista?
R.- No se lo voy a negar. Rienzi, como la Octava de Mahler o los Gurrelieder de Schönberg, requiere de una enorme maquinaria vocal y orquestal. Y, aunque no haya decorados o atrezzo en esta ocasión, tengo que estar muy pendiente de las acciones, de controlar la compleja y completa paleta de colores así como de mantener el equilibrio de fuerzas sonoras. No hay que olvidar que los coros a veces representan a la nobleza, otras al pueblo, que en un momento dado tienen que sonar fuera de cuadro en una Iglesia. Todo eso requiere de un gran dominio de la música en el espacio, desde luego que sí.
P.- ¿Hasta qué punto Rienzi es una obra puente con el Wagner de madurez?
R.- La prueba de que así lo es la encontramos en su doble naturaleza. Por un lado, es una ostentación de recursos en cinco actos, ambiciosa, al estilo de la grand opéra francesa de la época, con un ballet insertado, que nosotros hemos eliminado en esta ocasión. Pero, como Wagner interrumpió casi un año la composición entre el segundo y el tercer acto, nos encontramos casi con un nuevo lenguaje, con una búsqueda del sentido armónico y textual que iría perfeccionando y madurando a lo largo de varias revisiones.
P.- ¿Cómo se explica el rechazo del propio compositor a este obra de juventud?
R.- Wagner sufría un proceso de identificación con los protagonistas de sus óperas, hasta tal punto que dejó escrita su voluntad de que sonara la Marcha fúnebre de Sigfried durante su funeral, que tuvo lugar en Venecia. Al final de su vida entró en colisión con Rienzi, aunque el porqué sigue siendo un misterio.
P.- ¿Intuía quizá el efecto que tendría en la posterior germinación del nazismo?
R.- Ni siquiera una imaginación portentosa como la de Wagner habría sido capaz de imaginar algo así. Pero es evidente que existen ciertos paralelismos entre la ascensión al poder de Rienzi y de Hitler. Ambos compartían ciertos ideales de poder y encontraron en el sometimiento de un pueblo la razón de su existencia. Que Roma caiga, dice Rienzi, y se consuma en las llamas.
P.- ¿Cree, pues, que una ópera de esta naturaleza se disfruta mejor en versión de concierto?
R.- Creo que sí. Para empezar porque es muy difícil de llevar a escena. Me atrevería incluso a decir que resulta poco atractiva, sobre todo por el desarrollo estático y la sucesión de cuadros del libreto. Por otro lado, resultaría caro, y no podemos prescindir de esta partitura, y menos en estos momentos. Aún queda mucho Wagner por descubrir. Dentro y fuera del Teatro Real.
