Clara Usón

Acaba de publicar su última novela 'La hija de Este'

El año pasado, Ratko Mladic, general del ejército yugoslavo acusado de varias masacres perpetradas durante la guerra de los Balcanes, fue detenido por los servicios secretos serbios. Antes de ser extraditado a la Haya, para ser procesado, pronunció un deseo ante sus captores: ir al cementerio para ver su hija.Tal fue su insistencia que se lo concedieron. Fue hasta allí y dejó flores sobre su lápida, y rezó con desesperación, él, que había sido un comunista convencido bajo el régimen de Tito. Ana Mladic se había suicidado en 1994. Lo hizo con la pistola predilecta de su padre, la que le regalaron al graduarse en la academia militar y la que tenía reservada para disparar el día que ella le brindara su primer nieto. Aquellas dos decisiones de Ana (quitarse la vida y hacerlo con esa arma precisamente) parecían dejar un mensaje claro para su progenitor: que se sentía culpable por sus matanzas y que debía cesar en su crueldad. Era, en cierto modo, un sacrificio para frenar su barbarie. Clara Usón (Barcelona, 1961) leyó esta historia, "una auténtica tragedia griega o shakespeareana", hace 6 años en el Times y no pudo contener el impulso de entrar hasta el fondo de la psique de sus protagonistas, tan marcada por las batallas que arrasaban su tierra en los 90. De ese impulso nació La hija del Este (Seix Barral), un artefacto narrativo que amalgama con magistral equilibrio el periodismo y la literatura y que acaba de publicar la escritora barcelonesa, justo ahora que se cumplen 20 años del comienzo de la guerra de Bosnia.



Pregunta.- ¿Cómo se le metió Ana Mladic en la cabeza?

Respuesta.- Fue hace seis años, leyendo el Times. Encontré un reportaje sobre su suicidio, tan misterioso. Era una chica de 23 años, guapa, extrovertida, buena estudiante, a punto de licenciarse en medicina. Era la carrera que le hubiera gustado hacer a su padre, antes de hacerse militar. Pero al volver de un viaje de fin de curso en Moscú cambió su carácter. Volvió taciturna, con dolores de cabeza que no le daban tregua, incapaz de concentrarse. Un día cogió la pistola favorita de su padre, la que le regalaron al graduarse, la que dispararía cuando tuviera su primer nieto, y se quitó la vida. Era una especie de tragedia griega o shakespeariana que me impresionó muchísimo. Pensé escribir esta historia pero yo casi no distinguía a los serbios de los croatas, mi conocimiento de los Balcanes era muy limitado.



P.- ¿Entonces cuándo decidió arremangarse?

R.- Escribí Corazón napalm, gané el Premio Biblioteca Breve, y cuando estaba pensando de nuevo sobre qué escribir, me acordé de nuevo de Ana Mladic. Me extrañaba que nadie hubiera contado su tragedia. Empecé a investigar, tímidamente al principio, para probar, quizá para escribir una nouvelle. Pero me fui sumergiendo en un territorio fascinante. Le iba a dedicar dos o tres meses de estudio, pero me di cuenta que con ese tiempo no iba a hacer nada. Al final le he dedicado tres años a esta novela.



P.- ¿En ese trabajo de documentación qué fuentes le han sido las más útiles?

R.- Empecé con autores españoles como Juan Goytisolo y su Cuaderno de Sarajevo, Pérez-Reverte y su Territorio Comanche... Aunque de especial ayuda me resultó Si un árbol cae, de Isabel Núñez, en el que la autora conversa con muchos intelectuales balcánicos sobre la guerra. Después de leerlo, me puse en contacto con ella. Estuvo muy dispuesta a ayudarme desde el principio. Gracias a ella pude conocer a alguno de esos intelectuales cuando viajé a los Balcanes y estos, a su vez, me presentaron a otras personas que me podían aportar datos valiosos para el libro. Hablé con serbios, croatas, bosnios... Nacionalistas y no nacionalistas, porque hay que tener en cuenta que muchos ciudadanos no siguieron los mensajes de odio de sus gobernantes. Y también me encontré con un pueblo culto y cosmopolita, con una gran formación, algo que choca con el tópico del balcánico tosco y primitivo, al margen la civilización europea.



P.- ¿Es sencillo hablar con los serbios de a pie de la guerra?

R.- Yo creo que les ha pasado como a los alemanes tras la II Guerra Mundial. Han tenido mucho tiempo un complejo de culpa, pero ya se están cansando de él, sobre todo porque muchos no siguieron a Milosevic, huyeron del país o se escondieron para no ser reclutados. Por eso quieren quitarse de encima ese complejo. Aunque también quedan muchos resentidos, que ensalzan a Milosevic y a Mladic, y dicen que lo de las masacres es mentira, un invento alumbrado por una conspiración entre estadounidenses, turcos...



P.- Su retrato de Ratko Mladic es muy valioso, porque rompe el arquetipo simplón de hombre siniestro y sanguinario. Tenía un férreo concepto de la justicia, ¿no?.

R.- Para eso están las novelas: para mostrar la complejidad de la psique humana. Mladic era un padre ejemplar, que quería y protegía a su hija con toda su energía, igual que a su mujer. Si no, era imposible que éstas lo quisieran y lo admirasen tanto. Y sí: tenía un concepto de justicia muy exigente, que le podía llevar a reprender a su mujer por hacer un pequeño trapicheo con unas cacerolas. Pero claro en la guerra esa firmeza en sus ideales le condujeron a la crueldad más extrema. En la lógica de su guerra lo justo era aniquilar al enemigo, sobre todo a todos los musulmanes. Y a eso se aplicó como ninguno.



P.- ¿En qué medida el suicidio de su hija agravó su odio hacia los musulmanes y los croatas?

R.- Es una buena pregunta. Es posible que Ana se suicidara para que su padre recapacitara sobre lo estaba haciendo. Pudo haber sido un sacrificio para que él cesara en sus matanzas. Pero la muerte de su hija, muy lejos de pararle, le enloqueció más. La masacre de Sbrenica, en la que sus tropas mataron a ocho mil varones musulmanes en cuatro días, se produjo poco después del suicidio. Algunos soldados cuentan que les sangraba el dedo de tanto apretar el gatillo.



P.- Y mientras eso ocurría los mandos de la UNPROFOR destinados en la zona miraban para otro lado...

R.- El papel de Europa fue una vergüenza. Quedó patente su dificultad para poner de acuerdo a sus miembros. Trataron la guerra de los Balcanes como una especie de catástrofe natural, mandando ayuda humanitaria, en lugar de hacer algo por evitar su estallido o pararla una vez comenzada.



P.- ¿En qué se parece España a los Balcanes?

R.- En mucho. Al estudiar la guerra allí, muchas veces pensaba que podríamos haber acabado como ellos. Ellos, como nosotros, están en la periferia de Europa. De hecho, la Europa próspera y calvinista considera que en los Balcanes ya empieza Asia, y en España, África. Ellos venían también de una dictadura larga de 40 años, que reprimió los nacionalismos. Y cuando el régimen de Tito cayó, los nacionalismos, y todo aquello que fue reprimido, como la religión, volvió a brotar con mucha fuerza. En España, con la religión ocurrió lo contrario, sí, pero, a la inversa, es un fenómeno paralelo. Y con los nacionalismos ha pasado exactamente lo mismo. Además, Tito, igual que Franco, intentó maquillar el pasado, limar las diferencias entre los pueblos, echando tierra sobre los enfrentamientos entre croatas y serbios durante la I y la II Guerra Mundial. Pero maquillar la historia siempre es inútil, vano, nunca se consigue al completo.



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