La soprano Ángeles Blancas.

La soprano protagoniza en La Fenice de Venecia una nueva producción de la ópera 'Lou Salomé' en homenaje al director y compositor Giuseppe Sinopoli.

Ángeles Blancas atiende el teléfono mientras pasea por una playa de Jerez de la Frontera, donde se recupera de una agitada agenda. Desde su debut en 1993 como la Reina de la Noche de unas Bodas de Fígaro no hay teatro nacional ni extranjero que se le resista. A la soprano le gusta darlo todo en el escenario, tanto si se trata de compartir decibelios con Plácido Domingo o Jonas Kaufmann como de alumbrar nuevos roles. Su última incursión como la Maddalena di Coigny del Andrea Chénier "acuático" del Festival de Bregenz ha causado sensación y le ha abierto nuevas puertas. Ahora la cantante muniquesa, hija de la soprano Ángeles Gulín y del barítono Antonio Blancas, se mete en la piel de la escritora y psicoanalista rusa Lou Salomé en la única ópera del compositor y director Giuseppe Sinopoli. El estreno, esta misma tarde, en La Fenice de Venecia servirá para homenajear al maestro italiano en el décimo aniversario de su muerte.



Pregunta.- ¿Cómo surge este proyecto?

Respuesta.- Este verano participé en Bregenz en un Andrea Chénier instalado sobre un escenario flotante en el lago Constanza. El paisaje era idílico y la noche, perfecta. Después de la representación me ofrecieron encarnar a Lou Salomé. Y no lo dudé un instante.



P.- ¿Cree que se salda una cuenta pendiente con la memoria de Sinopoli?

R.- En cierto modo sí. El montaje no sólo coincide con los diez años de su desaparición, también con los treinta del estreno de la ópera en el Nationaltheater de Múnich. Desde entonces no se ha vuelto a representar. El fantástico montaje de La Fenice lleva la firma de varios miembros de la Facultad de Diseño y Artes del Instituto Universitario de Venecia, con Luca Ronconi y Walter Le Moli a la cabeza.



P.- ¿Hasta qué punto la partitura está impregnada de la complejidad psicológica del personaje?

R.- Se trata de un rol exigente y arriesgado, tanto en la parte vocal como en la interpretativa. Hablamos de una mujer de fuertes convicciones, que luchó toda su vida por poder actuar de acuerdo a sus ideas, a su necesidad de libertad, a su insaciable inquietud. Entabló amistad con Wagner y Freud, y algo más que eso con Nietzsche, Paul Rée y Rilke.



P.- No es la primera vez que la vemos embarcarse en un proyecto operístico de estas características. ¿El riesgo y la satisfacción van unidos?

R.- De alguna manera sí. Todas las óperas, de cualquier periodo, son un acto de superación. Se podría decir que tengo cierta adicción a los retos.



P.- Hace poco protagonizó el estreno de La cabeza del Bautista de Enric Palomar en el Liceo de Barcelona. ¿Qué otros estrenos tiene pendientes?

R.- La evolución de mi voz me está permitiendo abordar nuevos repertorios. Pronto debutaré Tosca y Madama Butterfly, tengo El caso Makropulos pendiente y haré también las Cuatro últimas canciones de Strauss.



P.- ¿Quién dijo que los cantantes de ópera sólo tenían que cantar?

R.- ¡Yo no, desde luego! La verdad es que estamos expuestos a mucha presión. Debemos cantar, sí, pero también actuar, correr y hasta nadar si lo pide el guión. Tenemos que guardar la línea y mantener cierta imagen. A veces me gustaría desdoblarme como en la escena aquella de Don Giovanni...



P.- ¿Qué otro remedio le queda?

R.- Mi plan b es decir que no, que también es muy sano. (Risas)



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