La frenética actividad de la factoría de Steven Spielberg se reparte entre el cine y la televisión, y en un mismo mes puede estrenar o anunciar la llegada de varios largometrajes y también de varias series. Al tiempo que hará coincidir este verano en cartel las películas que produce -Super 8, Transformers 3 y Cowboys & Aliens- con las que dirige -Las aventuras de Tintín y War Horse-, también coincidirán más adelante las emisiones de dos de las series televisivas en las que participa como productor ejecutivo, Falling Skies y Terra Nova, y además ya ha anunciado su implicación en otras dos series, The Talisman y Smash. Obviamente, no podemos saber a ciencia cierta cuál es el grado de implicación del propio Spielberg en estos trabajos televisivos, si básicamente se dedica a poner dinero, a supervisar los contenidos o a ejercer un verdadero control creativo de la serie. En todo caso, los géneros y las temáticas de las series que produce hacen sobrado honor al universo "spielbergiano", desde las invasiones extraterrestres a la fauna de dinosaurios.



La serie Falling Skies, cuyos primeros cuatro capítulos ya ha emitido la cadena TNT, es un cóctel de muchas cosas, que por un lado parece un remake muy libre de La guerra de los mundos, que Spielberg ya llevó a la gran pantalla hace unos años, con elementos de la serie británica Survivors y también de la serie ochentera V (curiosamente, ambas series han generado sus respectivos y no demasiado estimulantes remakes), así como algunas ideas sobre escenarios post-apocalípticos que parecen tomadas directamente de The Walking Dead o de La carretera. El fin de la civilización tal y como la conocemos es un tema en general tan visitado y re-imaginado a lo largo de los últimos años, tanto en la gran como en la pequeña pantalla, que no parece fácil encontrar puntos de vista sorprendentes, si bien sabemos que en manos de Spielberg la serie pasará todos los exámenes de calidad (en cuestión de personajes, dramaturgia y factura) y que el entretenimiento, en su sentido más puro, está asegurado.







El primer interés que despierta Falling Skies es que, de hecho, asume su retardo con inteligencia, dando por sabidas las claves del género, de manera que arranca su acción in media res, una vez que la invasión alienígena ya se ha producido y los seres humanos, menos desarrollados tecnológicamente, han perdido la guerra, no han logrado preservar la defensa de su dominio sobre el planeta tierra. La serie se centra en un grupo de resistencia militarizado que todavía mantiene cierto optimismo y algo de fe en el futuro de la humanidad, pues empieza a conocer a sus enemigos -dos tipos de aliens, los mecha y los skinners, tan similares a los "trípodes" imaginados por H. G. Welles- y por lo tanto la forma de luchar contra ellos. Aparte de la inventiva fantástica y la calidad de efectos visuales, la mano de Spielberg en Falling Skies es manifiesta sobre todo en cierto apego dramático a la familia como eje narrativo (la que mata y muere siempre unida), en la visión del mundo a través de la mirada infantil y en su ya legendaria insistencia en las relaciones paterno-filiales.







Uno de los giros más interesantes en la carrera de Spielberg es el que se produjo en su visión del alienígena, que cambió radicalmente con la llegada del siglo XXI, en el escenario de la América post-11S. De la imagen de un ser amigable, inteligente y con intenciones pacíficas (Encuentros en la tercera fase, ET: El extraterrestre, Inteligencia Artifical), Spielberg pasó a considerarlo un enemigo exterior, un monstruo implacable y casi indestructible. Fue su forma de ilustrar el temor, la paranoia y la inseguridad que se instalaron en la sociedad norteamericana tras los ataques terroristas. La guerra de los mundos es una de las películas de ciencia-ficción más oscuras de los últimos años, a pesar de su esperanzador final, tan fiel a la novela de H. G. Welles, en su brusquedad y capacidad resolutiva, que hasta resulta desconcertante. Como La guerra de los mundos, la serie Falling Skies se centra en un padre que quiere salvar a sus hijos, en el comportamiento básico de la naturaleza humana enfrentada a un acontecimiento extraordinario. La lucha central del protagonista, un profesor de Historia convertido en un líder de la resistencia, es preservar el futuro de su familia. Si en su versión de la novela de Welles, el protagonista estaba divorciado de su mujer, aquí Spielberg retrata a un padre de familia que ha perdido a su esposa en el ataque.



No es algo nuevo en él, ya lo hizo con la producción de la serie Twilight Zone, pero es sin duda un síntoma de nuestros tiempos -cuando la cinefilia ha mutado a la telefilia- el modo en que Spielberg hace dialogar actualmente su obra cinematográfica con su obra televisiva. La película Súper 8, que llegará a pantallas españolas a finales de agosto pero que ya se ha visto en medio mundo, es absolutamente paradigmática en este sentido. Spielberg en la producción y J. J. Abrams, el creador de Lost, en la dirección, en el primer largometraje que éste escribe y dirige. Por un lado, es el modo que encuentra Spielberg de invitar a su reino a su máximo competidor como rey del cine fantástico mainstream, que es al mismo tiempo su más dotado discípulo junto a Peter Jackson -con quien Spielberg une fuerzas en Tintín-, como ha venido demostrando tanto en la pequeña como en la gran pantalla. La política de alianzas de Spielberg pasa por absorber los discursos creativos afines o, más bien, procedentes del suyo. Si no puedes vencer a tu rival, únete a él. Por otro lado, el alienígena de Súper 8 es también una bestia destructora, una criatura gigante de numerosas extremidades que, tomando la gestión del suspense de Tiburón y de Alien, se toma su tiempo en la película hasta desvelarse por completo. Recordemos que J. J. Abrams produjo hace unos años una de las películas más deslumbrantes de la era digital, Monstruoso (Cloverfield), en la que el alienígena en discordia irrumpía en los rascacielos de Manhattan para sembrar un apocalipsis glosado desde la cámara de un teleaficionado.



Hay otras implicaciones en juego. Súper 8 es como un canto del cisne, como un réquiem por aquel cine que ha inspirado la imaginería cinematográfica de toda una generación formada en el cine de atracciones de los ochenta -los hijos de Spielberg y Lucas-, al tiempo que es un sentido tributo, cargado de nostalgia, por el efecto que produjeron películas-fenómeno como ET, Encuentros en la tercera fase, Los Goonies o Tiburón. En este sentido, Paul, la película de Greg Mottola (director de Adventureland, un eslabón imperdible de la comedia nostálgica americana), que se estrena en breve, vendría a ser una relectura contemporánea de ET, pero sobre todo otra pira fúnebre, en clave de simpático desencanto, construida sobre las ruinas de la melancolía festiva de un cine que ha quedado atrás en el tiempo pero sobre cuyos cimientos se ha construido gran parte del cine blockbuster que se hace ahora en Hollywood. Los (des)encuentros en la tercera fase que describen películas como Paul, Súper 8 y la serie Falling Skies, todas estrenadas en práctica simultaneidad, se ofrecen como el reverso más negro de los deseos y los sueños de infancia, cuando el miedo a lo desconocido aún no había monopolizado los temores del mundo.