Eduardo Vilas en el Hotel Kafka. Foto: Rafael Reig

El director del Hotel Kafka y escritor adapta para Narval el cuento ruso 'El pájaro de fuego'

Eduardo Vilas dirige el Hotel Kafka, centro cultural formado por "un grupo de amigos con ganas de intercambiar cosas" que se ha convertido en un referente para las vocaciones literarias y, en general, culturales. Entre esos amigos y allí profesores figuran Elvira Lindo, Rafael Reig, Eloy Tizón, Antonio Orejudo... Situado en pleno corazón de Madrid, en el lugar donde Galdós editaba sus libros, el centro lidia con la crisis diversificándose. No se trata sólo de conocer qué estructura debe tener un relato, sino de ofrecer una programación amplia que alberga, por ejemplo, la composición de letras musicales con Christina Rosenvinge de maestra. Entre tanto, Vilas escribe. Lo último, una gustosa adaptación del clásico popular ruso El pájaro de fuego ilustrada por Jaime Martínez y editada por Narval. El protagonista tiene el nombre de su hijo, Bruno, y el caballo el de su mujer, Vanessa, al revés (Assenav). Hay que recuperar los cuentos y leérselos a los niños, promulga. Pero entiende que hay que hacerlo sin concesiones, nada de endulzarlo: si alguien tiene que morir, que muera, "no se pueden eliminar las moralejas porque sí", protesta.



PREGUNTA.- ¿Por qué este cuento y no otro?

R.- La idea original es en realidad de la editorial, que tiene una colección para recuperar cuentos populares. Luego el ilustrador y el autor eligen un relato y nosotros, en este caso, elegimos El pájaro de fuego porque le teníamos mucho cariño. Tenemos mucha relación con la cultura rusa, y me hacía gracia esta narración porque al visitar la casa de Dostoyevski vi que tenía una alfombra con dibujos del pájaro de fuego. Me lo imaginé leyéndolo y yo también quería contárselo a mi hijo. Es un cuento muy importante dentro de la cultura rusa, tan conocido como aquí La Cenicienta. También me gustaba mucho la pieza de Stravinski.



P.- ¿Qué objetivos se marcó para reescribirlo?

R.- La forma de trabajo es adaptarte a lo trazado por el ilustrador. Yo sólo tenía un objetivo claro, recuperar la tradición sin quitar, como sucede con frecuencia, la violencia, los poderes fáticos, las relaciones con el poder. Al contrario, los he recuperado, y no pasa nada, el cuento era así.



P.- Es cierto que hoy en día se tiende a dulcificar el cuento.

R.- Sí, demasiado. En Caperucita Roja nadie mataba al lobo, que se la había comido por desobediente. Se están cargando las moralejas.



R.- En el estilo también ha sido muy respetuoso con la narración tradicional rusa.

R.- Sí, y también he tratado de hacer justicia a los dibujos, intentando que las palabras funcionen con ellos. Los de Jaime Martínez son trazos próximos al grabado, tienen algo muy potente, muy oral, generan una sensación de extrañeza y tienden al vacío, a quitar más que a poner. Eso he intentado yo también, para que sea el lector quien ponga.



P.- ¿Lo recomienda a adultos, a niños o a todos?

R.- A todos, son cuentos para ser contados, los puede leer un niño perfectamente, el problema es que la gente crece cada vez más tarde. Yo he intentado hacerlo lo mejor posible, al margen de que pueda gustar a algunos y desagradar a otro. Lo cierto es que los libros son como los hijos, uno no sabe qué hacen fuera de casa.



P.- Es director del Hotel Kafka. ¿Se atrevería a decir que este centro puede ser un termómetro de las nuevas vocaciones narrativas?

R.- No me atrevería, pero somos un centro de formación que cada año plantea proyectos nuevos. Veo que muchos alumnos consiguen logros, editan. Nosotros no somos una institución, intentamos orientarles dentro de sus gustos o de sus preferencias de géneros.



P.- Si Hotel Kafka no es una institución, ¿qué es?

R.- Somos un club de amigos que trabajamos mucho en un sitio en el que nos podemos reunir para intercambiar cosas. Eso significaría que daríamos órdenes, y no, por Dios.



P.- ¿Ha bajado el número de futuros escritores con la crisis?

R.- No tanto bajar, pero sí se ha diversificado, porque la crisis lo que ha hecho es removerlo todo. Ante este panorama, hemos planteado más facilidades, por ejemplo, cursos de dos meses más baratos. Lo que sí se ha notado es una ausencia mayor de gente joven, de universitarios. La media sigue estando entre los 25 y 35 años, gente que ya ha terminado de estudiar, que no tiene trabajo y que quiere abrirse camino.



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