Campo de refugiados en Somalia (2011)

Traducción de Sofía Moltó. PUV. Valencia, 2011. 316 páginas, 20 euros



En la actualidad, el hambre sigue siendo la mayor lacra de la humanidad, no de otra forma puede considerarse el hecho de que casi 10 millones de seres humanos, niños y adultos, mueran anualmente como consecuencia directa o indirecta de su persistencia y que muchos millones más padezcan enfermedades por su causa. Aunque la proporción de hambrientos es la menor de la historia moderna, el número absoluto de éstos no acaba de bajar decisivamente y está sufriendo violentos altibajos en el último quinquenio, en función de la volatilidad de los precios de los alimentos, precios que dependen de múltiples factores, entre los que cabe destacar el precio de la energía. Un número de hambrientos que oscila en torno a los 1.000 millones hace del hambre un problema humanitario de primer orden, del que existe plena conciencia social y en cuya solución se afanan los gobiernos, junto a miles de organizaciones oficiales y privadas con mejor o peor tino.



Sin embargo, aunque el ser humano ha pasado hambre desde los albores de la especie, empezando por las hambres estacionales de los cazadores-recolectores y las hambres bíblicas, la forma actual de considerarla, el estado de conciencia social antes aludido y la actitud humanitaria que hoy predomina en relación con ella tienen una historia muy corta. El hambre no ha sido considerado como un problema humanitario hasta tiempos muy recientes. En el espléndido libro de James Vernon que hoy nos ocupa se aborda cómo se configuró históricamente esta forma de ver el problema, algo que ha sido crucial para intentar atajarlo. No estamos por tanto ante una historia moderna del hambre sino ante un análisis histórico de cómo surgió la forma moderna de percibirla. Conviene añadir que Vernon, historiador de la Universidad de Berkeley, California, no nos trae una historia global sino que restringe el ámbito de su pesquisa a la Inglaterra y al Imperio Británico durante el XIX y la primera mitad del XX, un ámbito espacial y temporal suficiente para iluminar la transición estudiada.



Los capítulos del libro están enfocados temáticamente y ordenados de un modo aproximadamente cronológico. Al primero, que se titula “El hambre y la construcción del mundo moderno”, le sigue “El descubrimiento humanitario del hambre”, que cubre un periodo que empieza en torno a 1830 y termina en la vuelta de siglo, durante el cual se producen importantes episodios de hambre catastrófica que, poco a poco, hacen reconsiderar la visión prevalente del fenómeno como algo natural, inevitable, inherente a la naturaleza humana. En los primeros años del siglo XIX se imponen las ideas de Malthus respecto al hambre como castigo divino, consecuencia inevitable de la indolencia y la excesiva tendencia a la procreación de los pobres, y eficaz mecanismo para el control de la población. Me permito una extensa cita del famoso ensayo maltusiano sobre la población que ilustra el aludido modo de pensar: “... el hombre, si no puede lograr que los padres o parientes a quienes corresponde lo mantengan, y si la sociedad no quiere su trabajo, no tiene derecho alguno ni a la menor ración de alimentos, no tiene por qué estar donde está, en ese espléndido banquete no le han puesto cubierto. La naturaleza le ordena que se vaya y no tardará en ejecutar su propia orden, si ese hombre logra la compasión de los invitados, si estos se levantan y le dejan sitio, acudirán enseguida otros intrusos pidiendo el mismo favor y se perturbará la fiesta y la abundancia que antes reinaba, se convertirá en escasez.”



Son las grandes hambrunas del XIX -en Irlanda, en la propia Inglaterra y en las colonias- las que provocan el cambio hacia una visión humanitaria, cambio en el que la prensa de la época es la principal responsable, al reflejar cada tragedia como una injusticia de la que no son responsables los que la padecen. Durante la gran hambruna irlandesa de 1843-46 murió en torno a un millón de personas y otro millón hubo de emigrar, reduciendo la población del país a la mitad. Por los mismos años, el hambre azotó también las florecientes ciudades británicas, y periódicos como The Times reflejaron sus consecuencias de forma descarnada e incluso sensacionalista, señalando a las leyes gubernamentales y a la incompetencia de los políticos locales como responsables del problema y a los hambrientos, como víctimas, en lugar de flagelarlos por su laxitud moral.



A la emergencia de la ciencia de la nutrición humana y a la medición del hambre dedica Vernon un capítulo esencial, ya que sin una evaluación cuantitativa y precisa de quién pasa hambre y quién no, difícilmente puede pasarse de la conciencia del problema a los intentos de solución. Vaya por delante que, al restringirse el libro al ámbito británico en un asunto cuyo protagonismo lo tuvieron inicialmente otros países, primero Francia, con Lavoisier, y luego Baviera, bajo los auspicios de su peculiar monarquía, la narrativa queda algo coja. Hay que tener en cuenta que hasta finales del siglo XIX, la escuela bávara no cuantifica la energía alimentaria que un ser humano necesita para su bienestar y que descubrir los nutrientes esenciales, vitaminas y minerales, así como cuantificar sus necesidades, llevaría prácticamente la primera mitad del siglo XX. En suma, se tardó casi un siglo en adquirir conciencia del hambre como problema humanitario y plantearlo en unos términos cuantitativos suficientemente precisos. Como vemos, algo tan aparentemente simple, aunque laborioso, como poder contar el número global de hambrientos y el de subnutridos, junto describir con precisión y diagnostica de un modo certero las distintas enfermedades carenciales y disponer de la capacidad técnica para remediarlas fácilmente, han sido elementos de nuestra cultura durante no más de medio siglo.



Dedica luego al autor varios capítulos al lento paso a la acción: los planes para un mundo de abundancia, la nutrición social como ciencia aplicada, la alimentación colectiva e institucional, la educación para una dieta sana y la lucha internacional contra el hambre. Termina con un capítulo dedicado a la emergencia de la idea del estado del bienestar, encarnada en el guión de la socialdemocracia inglesa, y con un largo broche que titula Conclusión. En la institucionalización del problema tuvieron cierto protagonismo científicos británicos, como F. Le Gross Clark o J. B. Orr, que habían acumulado considerable experiencia nutricional de campo en los confines coloniales del imperio y la pudieron proyectar en una serie de organizaciones internacionales, tales como Organización por la Agricultura y la Alimentación (FAO), de la que Orr fue el primer director; la Carnegie Corporation, la Sociedad de Naciones y las Naciones Unidas. Según Orr, aunque el hambre influyó sobre la crisis del liberalismo, tanto en el ámbito nacional como en el imperial, no provocó su colapso sino una reconfiguración en la que las formas democráticas liberales y sociales de gestionar el hambre se fusionaron. Vernon ha mantenido con Derek Oddy un enconado debate en el que han figurado aspectos metodológicos e ideológicos, pero este debate no atañe al lector de a pie. Si la humanidad ha tardado muchos milenios en percatarse de que el hambre no es inevitable, es de esperar que no tarde otros tantos en averiguar cómo evitarla y ponerse a ello.

Pan con decisiones

El hambre del cavernícola, la del irlandés de 1844 o la del norcoreano esta mañana son la misma. Lo que ha cambiado, y no para mal (aunque todavía hay mucho camino por delante), es nuestra manera de interpretar y combatir el hambre colectiva. La convicción fatalista que equiparaba las hambrunas con fenómenos naturales y castigos divinos pasó a la historia. Hubo quienes las atribuyeron a la vagancia. (Recuerdo un chiste repulsivo de colegio: ¿Tienen hambre? Que coman.) La eficiencia solidaria prefiere considerar el hambre un problema político que requiere soluciones políticas. Alega con razón que existen medios logísticos, que se sabe dónde hace estragos y a quiénes afecta la pobreza extrema. No sirve de nada escandalizarse ante el televisor, murmurar acusaciones y seguir comiendo. Un cuenco de misericordia comestible llena el estómago un día. El hambre de todo el año sólo pueden aplacarla unas condiciones sociales dignas. Fernando ARAMBURU