Stanley G. Payne. Foto: Begoña Rivas.

El hispanista norteamericano presenta estos días en España su último libro, La Europa revolucionaria

A Stanley G. Payne (Denton, Texas, 1934) le han llamado converso más de una vez en los últimos años. En los 60 publicaba en la editorial Ruedo Ibérico ensayos que cantaban las miserias del franquismo y las derechas reaccionarias que se alzaron contra la República. En la última década, en cambio, ha denunciado insistentemente el "carácter revolucionario y radical" de la legalidad republicana. Donde unos ven traición, él simplemente ve "un mayor equilibrio" a la hora de juzgar las causas de la guerra que desangró España. En su último libro, La Europa revolucionaria, analiza los conflictos civiles que marcaron el viejo continente a lo largo siglo XX. De esta manera, el hispanista estadounidense pone en contexto nuestro enfrentamiento armado y extrae los rasgos que hacen de él "un suceso extraordinario".



Pregunta.- Habla de la guerra civil española como un conflicto extraordinario dentro de las guerras civiles europeas. ¿Por qué?

Respuesta.- Por varios factores. Cronológicamente, es la única guerra civil que estalla en el occidente europeo en esa época. En términos ideológicos va a contracorriente de su entorno, que está sumido en un proceso de derechización. En España, en cambio, la izquierda revolucionaria era la que tenía más influencia en la sociedad. También es peculiar porque los comunistas no lideraron la revolución, sino los anarquistas y los socialistas. Y por último, porque tuvo una gran importancia desde el punto de vista militar, por el armamento utilizado y por las estrategias desarrolladas.



P.- ¿En qué medida fue el prólogo de la II Guerra Mundial?

R.- Es exagerado considerarla así. Es cierto que forma parte de un elenco de acontecimientos internacionales, que se caracteriza por la victoria de las potencias del eje y la frustración de las democracias liberales. Pero hay una gran diferencia en cuanto a los bandos enfrentados. Hay que recordar que en el 39 los comunistas estaban con Hitler. Algo muy distinto de lo que sucedía en el 36. Y en el 41 se establece una alianza contra los nazis que abarca desde los comunistas a los reaccionarios más extremos.



P.- En el libro distingue entre guerra civil y conflicto interno constantemente. ¿Qué criterios utiliza para establecer la diferencia?

R.- Los criterios de distinción no pueden delimitar nítidamente algunos enfrentamientos. Pero lo principal es que en una guerra civil debe haber dos fuerzas organizadas que dividan al país. La primera mitad del siglo XX. Hubo mucha tensión en las calles y movimientos insurgentes que organizaban revueltas, pero apenas duraban unos días hasta que eran sofocadas. Eso no puede considerarse guerra civil.



P.- La conclusión del libro es que, al término de la II Guerra Mundial, en el conjunto del mundo las guerras civiles han desplazado a las internacionales. ¿Le parece una circunstancia vigente tras los atentados del 11-S, que han dado pie a diversas guerras contra el islamismo radical?

R.- Creo que sí, que sigue vigente. Las guerras de Afganistán e Irak son más bien guerras civiles. La intervención bélica de Estados Unidos y otras potencias occidentales en estos países ha durado apenas unas semanas. Lo que queda son los conflictos internos entre etnias, entre grupos religiosos (suníes, chiíes...). La única guerra internacional que se ha producido en las últimas décadas fue la que enfrentó a Irán e Irak. La Guerra Fría, y la posibilidad de que cada uno de los polos enfrentados pudieran aniquilarse, acabó con las guerras internacionales.



P.- A Azaña le culpa de no haber creado un gobierno de concentración nacional, que abarcara derechas e izquierdas, para evitar la guerra. ¿Ese fue su principal error?

R.- En vísperas de la guerra civil hizo una apuesta muy arriesgada: apoyarse en los partidos revolucionarios del Frente Popular. Creía que con el tiempo podría ir moderándolos y que renunciaran a sus pretensiones revolucionarias. Fue demasiado inocente. Sólo se dio cuenta el mismo 18 de julio, cuando le ofrece formar un gobierno de conciliación a Martínez Barrio. Ya era demasiado tarde.



P.- ¿La ley de memoria histórica le parece una buena forma de poner punto final a la guerra civil?

R.- Hay que distinguir dos planos. Hay uno objetivo, que significa recurrir a medios científicos para desenterrar e identificar a las víctimas, para darles una sepultura digna. Eso me parece loable. El otro, el subjetivo, es el más peligroso, porque supone torcer el entendimiento de la historia. No se puede idealizar a la República, porque fue mucho más revolucionaria que democrática.



P.- Algunos le llaman converso. ¿Cómo describiría la evolución de sus opiniones sobre el franquismo y la guerra civil española?

R.- Yo empecé estudiando las derechas en los año 50 y vi todos sus aspectos negativos, sobre todo su predisposición a la violencia y su fuerza destructiva. Asumía entonces la idea propagandística de que la izquierda era la que defendía la democracia en España. Pero cuando estudié más a fondo a ésta, me di cuenta de que no era así y que se le podían hacer los mismos reproches que a la derecha. No hubo buenos y malos en la guerra civil. Fue una lucha de malos contra malos. Sólo unos pocos podrían salvarse de esa categoría, como Julián Besteiro, un ejemplo de justicia y responsabilidad. Mi opinión simplemente se ha ido equilibrando con el tiempo.



Ver otros Buenos Días