Aficionados con pancartas con las caras de Pedri y Lamine Yamal.

Aficionados con pancartas con las caras de Pedri y Lamine Yamal. Reuters

Mundial de fútbol 2026

Europa domina en el Mundial de Trump: la desigualdad en los cuartos frente a Argentina y a la Marruecos de la diáspora

El 85% de los jugadores clasificados es nacido en el Viejo Continente, incluidos 18 de los 26 representantes marroquíes.

Más información: La España de los récords de De la Fuente: los 10 registros que la convierten en la selección más competitiva del Mundial

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El fútbol prometía ser la fiesta del mundo. Un Mundial de 48 selecciones, el más grande de la Historia, repartido entre tres países anfitriones -Estados Unidos, México y Canadá-, con sede en el corazón de Norteamérica y ambición de universalidad.

Sin embargo, cuando el polvo de los octavos de final se asentó, el mapa de los cuartos revelaba una realidad contundente: Europa ha vuelto a colonizar el torneo.

Francia, España, Bélgica, Inglaterra, Noruega y Suiza conforman las tres cuartas partes del cuadro. Argentina y Marruecos completan la foto. Y este último, en el fondo, tampoco es ajeno al continente europeo.

Europa lleva décadas acumulando ventajas estructurales en el fútbol mundial: infraestructura de formación, inversión masiva en clubes, los mejores entrenadores y las ligas más competitivas del planeta.

El resultado es que seis selecciones europeas han alcanzado simultáneamente los cuartos de final de la Copa del Mundo. Una hazaña que, si se analiza fríamente, no hace sino confirmar una tendencia que llevaba décadas consolidada

El continente europeo ya había copado cinco plazas en los cuartos de final del último Mundial, el de Qatar 2022. Ahora suma una más. Y lo hace en un torneo disputado a miles de kilómetros de sus fronteras, en escenarios que, en teoría, penalizaban a los equipos más acostumbrados al frío.

El calor de ciudades como Miami, Los Ángeles o Kansas City, que en otras ediciones pudo ser factor, no ha detenido a ninguna de las potencias europeas.

Aficionados de Noruega en Times Square (Nueva York).

Aficionados de Noruega en Times Square (Nueva York). Reuters

Francia avanzó sin brillo pero con solvencia, eliminando a Paraguay con el mínimo necesario y manteniéndose en el camino de ser la selección que mejor gestiona los grandes torneos.

España, con el gol agónico de Mikel Merino en el minuto 90, despidió a Cristiano Ronaldo y a la generación dorada portuguesa en uno de los duelos más vibrantes del torneo.

Inglaterra superó a México en el Azteca, un escenario simbólico que el combinado de Thomas Tuchel convirtió en su particular declaración de intenciones.

Bélgica, por su parte, goleó 4-1 a un equipo de Estados Unidos que soñaba con llegar lejos ante su propio público. Suiza acabó en los penaltis con una selección que se esperaba que pudiera ser la revelación, Colombia.

Y Noruega, guiada por un Erling Haaland que ya acumula siete goles en el torneo -igualando a Messi y Mbappé en la pelea por la Bota de Oro-, protagonizó la sorpresa del torneo al eliminar a Brasil con un doblete fulminante en el MetLife Stadium de Nueva Jersey.

La excepción que confirma la regla

Si Europa domina el torneo con sus selecciones, el caso de Marruecos añade otra capa de complejidad al análisis.

Los Leones del Atlas se presentaron al Mundial con una convocatoria de 26 jugadores de los cuales 18 nacieron en Europa. Un dato que no es nuevo -ya en Qatar 2022 sorprendieron al mundo llegando a semifinales con un perfil similar-, pero que en esta edición alcanza su máxima expresión.

El seleccionador Mohamed Ouahbi ha construido un equipo donde la diáspora marroquí en el continente europeo es la columna vertebral.

Achraf Hakimi y Brahim Díaz nacieron en España. Issa Diop y Ayyoub Bouaddi, en Francia. Noussair Mazraoui, en Países Bajos. Bilal El Khannouss, en Bélgica. Ante Brasil, en el partido inaugural del torneo, el once titular de Marruecos fue el primero en la historia mundialista compuesto por diez jugadores nacidos fuera del país que representaban.

Achraf Hakimi, con la selección de Marruecos en el Mundial.

Achraf Hakimi, con la selección de Marruecos en el Mundial. Reuters

Esta realidad tiene múltiples lecturas. Por un lado, refleja la exitosa política de la Federación Marroquí de incorporar a jugadores de la diáspora, jóvenes formados en academias europeas que optan por defender la bandera de sus padres o abuelos.

Por otro, pone de manifiesto las fracturas del sistema: la brecha de recursos entre las federaciones africanas y las europeas es tan profunda que, para competir al máximo nivel, incluso las selecciones del continente negro necesitan nutrirse de los canales de formación del norte.

Marruecos ha ganado ese pulso. Pero el mérito no pertenece del todo a África. Y sumando los dos argentinos nacidos fuera del país (Giuliano, en Italia, y Nico Paz, en España), el 85% de los jugadores clasificados para los cuartos del Mundial son nacidos en Europa.

Brasil y la maldición europea

La eliminación de Brasil a manos de Noruega condensó, en noventa minutos de fútbol, décadas de historia.

La Canarinha acumula ya seis derrotas consecutivas contra rivales europeos en fases de eliminación directa, una racha que arrancó tras su último título, en Corea-Japón 2002. Los goles de Haaland fueron la sentencia deportiva; las estadísticas, la condena histórica.

El conjunto de Carlo Ancelotti, que apostó por el talento individual de Vinicius Jr. como fórmula casi única de progresión, careció de respuesta colectiva ante la disciplina noruega. Brasil se despide del torneo con su peor actuación mundialista desde hace 36 años.

Argentina, que sí sobrevivió, lo hizo a duras penas. La Albiceleste llegó a estar dos goles abajo ante Egipto -0-2- en uno de los partidos más tensos que se recuerdan.

En 20 frenéticos minutos finales, con goles de Cuti Romero, Messi y Enzo Fernández, la campeona del mundo completó una remontada épica para sellar el 3-2. Messi, visible y emocionado en el terreno de juego, sigue siendo la variable que sostiene el equilibrio argentino en un torneo donde los márgenes son mínimos.

La sombra de Trump

Detrás del espectáculo deportivo, un protagonista extradeportivo ha marcado este Mundial como ningún otro: Donald Trump. Y la ironía no puede ser mayor.

El presidente que convirtió esta Copa del Mundo en una extensión de su proyecto político -en una demostración de la supremacía americana ante el mundo- contempla desde la tribuna -figuradamente, porque aún no se ha dejado ver en los estadios- cómo Europa arrasa en su propio torneo.

Este Mundial lleva la impronta de Trump desde antes de comenzar. Fue durante su primer mandato cuando Estados Unidos, junto a Canadá y México, obtuvo la designación como sede, con un apoyo activo del propio mandatario que resultó decisivo para captar votos de federaciones que dudaban.

Desde entonces, la alianza entre Trump y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino -a quien el mandatario ha calificado públicamente como su gran amigo- no ha hecho sino estrecharse.

Donald Trump muestra una tarjeta roja en el Despacho Oval en presencia de Infantino.

Donald Trump muestra una tarjeta roja en el Despacho Oval en presencia de Infantino. Reuters

En diciembre, durante el sorteo de grupos en Washington, la FIFA entregó el recién creado Premio de la Paz a Trump. Infantino se lo otorgó con las palabras: "Este es tu premio, el premio de la paz", ante una audiencia de dos mil personas en el Kennedy Center.

El galardón, creado apenas un mes antes, fue interpretado como un gesto de vasallaje político sin precedentes en la historia del deporte. Human Rights Watch no tardó en denunciar que el torneo corría el riesgo de convertirse en una herramienta de blanqueamiento de imagen.

Pero el campo no entiende de alianzas ni de premios diseñados a medida. La tormenta perfecta llegó días antes del partido entre Bélgica y Estados Unidos, cuando Trump reconoció haber llamado a Infantino para cuestionar la tarjeta roja mostrada al delantero estadounidense Folarin Balogun.

La FIFA levantó la sanción. La UEFA denunció que la decisión había cruzado una línea roja. Y el marcador final fue la respuesta más elocuente: Bélgica goleó 4-1 a Estados Unidos. Europa le ganó a Trump dentro y fuera del terreno de juego.

Los jugadores belgas lo celebraron imitando el baile característico que el presidente ejecuta en sus mítines al ritmo de YMCA, y la cuenta oficial de la selección publicó dos palabras que ya forman parte del vocabulario de este Mundial: "Anula esta".

El centrocampista Nicolas Raskin lo resumió en zona mixta: "Se ha hecho justicia".

La desigualdad como dato estructural

Más allá de la anécdota política, los cuartos de final de este Mundial funcionan como espejo de una desigualdad que el fútbol no ha logrado corregir. El sistema de formación europeo genera jugadores de élite que alimentan a sus propias selecciones y, cada vez más, también a las de otros continentes.

Marruecos es el ejemplo más evidente, pero no el único. La emigración futbolística, combinada con la flexibilidad de las reglas de elegibilidad de la FIFA, permite que el talento nacido y formado en Europa acabe vistiendo los colores de países africanos, americanos o asiáticos.

África, con 9 plazas en este Mundial ampliado, se queda sin más representación que la marroquí en los cuartos de una cita que presume de inclusión global. Asia, el bloque Concacaf -con México y Estados Unidos ya eliminados- y Sudamérica quedan reducidos a Argentina como la segunda presencia no europea.

Aficionados españoles en las gradas del Dallas Stadium, en el partido de octavos de final.

Aficionados españoles en las gradas del Dallas Stadium, en el partido de octavos de final. Reuters

El mensaje es claro y repetido desde hace décadas: el fútbol de alto nivel es, fundamentalmente, un negocio y una cultura europeos.

La Copa del Mundo más grande de la historia, celebrada en el continente americano bajo la sombra política de un presidente que ha convertido el torneo en una extensión de su proyecto de poder, confirma que la globalización del fútbol tiene un centro de gravedad inamovible. Se llama Europa.

Y de los cuartos de final de este Mundial, no piensa irse.