Borracho, pedante, mujeriego, fanfarrón e indisciplinado. Todos estos calificativos se le atribuyen al caído en el olvido Richard Sorge, quien, además de su mala reputación, era el más formidable de los espías de la Segunda Guerra Mundial.

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Los cientos de espías que operaron a lo largo de la guerra no están a la altura de la actividad que llevó a cabo el alcohólico colaborador ruso. Richard Sorge fue indispensable para la victoria final de la Unión Soviética. "Tuvo una relación aterradoramente directa con el destino de las naciones y el curso de la guerra en su conjunto", considera el historiador Owen Matthews. El también periodista londinense acaba de publicar Un espía impecable (Crítica), donde relata en profundidad la vida y muerte del espía que contribuyó a ganar el conflicto más sanguinario del siglo XX.

Nacido en Bakú en 1895, Sorge era un comunista idealista, casi utópico, cuya labor se tomó muy en serio a pesar de la adicción a la bebida que le perseguía. "Se convirtió en comunista después de la Primera Guerra Mundial", comenta Matthews en una entrevista concedida a EL ESPAÑOL. De padre alemán y de madre rusa, le permitió conocer ambos idiomas y sistemas políticos, lo cual fue toda una ventaja para que el espía soviético recopilara toda la información necesaria de sus enemigos. Era la década de los treinta y la fallida diplomacia auguraba un horizonte hostil. 

ase de prensa japonés utilizado por Sorge.

China y Alemania fueron los primeros destinos del espía soviético. Josef Stalin no se fiaba de Adolf Hitler -pese a su futuro pacto en agosto de 1939- y Sorge se las ingenió para hacerse pasar por periodista alemán. Se involucró en la esfera nacionalsocialista y también conoció de primera mano el potencial del Imperio japonés en Manchuria. La Unión Soviética podía tener verdaderos problemas si se enfrentaba a ambos países.

Ataque japonés

El Tercer Reich, al igual que la URSS, no podía arriesgarse a un doble frente. Por ello, el 23 de agosto de 1939 se firmó el Pacto Ribbentrop-Mólotov por los ministros de Asuntos Exteriores de los respectivos países. El tratado contenía cláusulas de no agresión mutua y se decretaba el compromiso de solucionar cualquier controversia de forma pacífica y mediante consultas mutuas. Además, se estrecharían vínculos económicos y comerciales que pudieran beneficiar a ambos países y se compartiría la influencia en Polonia.

Sin embargo, la guerra en Europa empezó a los pocos días. Stalin sabía que no podía depender eternamente de aquella "alianza" y ordenó a Sorge conocer los planes de los japoneses, quienes aún no habían entrado en guerra. En Japón su rutina no cambió demasiado. "La inteligencia estadounidense calculaba que durante el tiempo que residió en Tokio tuvo aventuras con al menos treinta mujeres", apunta el autor. No obstante, aquellas amantes eran parte de su estrategia para obtener información de valor: "La facilidad con la que conseguía adaptarse de un entorno a otro, de un lugar, mujer o amigo al siguiente resultaba asombrosa. Hombres y mujeres por igual encontraban irresistible su carisma autodestructivo".

Ni siquiera su método de trabajo era comprendido en su patria. Stalin en más de una ocasión compartió su disconformidad con los datos emitidos por Sorge. No se le creyó cuando de forma desesperada insistió en que Hitler realizaría un ataque inminente a las fronteras rusas en 1941. La advertencia "fue desdeñada de manera sistemática por la plana mayor del Ejército Rojo, que no se atrevía a contradecir la idea fija de Stalin que Hitler nunca le atacaría". El líder, realmente, no estaba tan seguro de esto último.

De esta forma, la URSS se vio invadida por una Alemania que aparentaba ser invencible. "A medida que las fuerzas soviéticas iban siendo aplastadas por el avance imparante de la guerra relámpafo de Hitler hacia Minsk, Kiev, Leningrado y Moscú, la capacidad de la URSS para luchar y ganar una guerra en un solo frente pendía de un hilo", narra Matthews. La supervivencia de Rusia dependía de que los japoneses resistieran la tentación de lanzar una ofensiva desde el este.

Retirada alemana de Moscú.

Mientras tanto, Sorge tenía bajo su control a personalidades cercanas al primer ministro japonés Fumimaro Konoe. Por fin sus palabras eran escuchadas en el Kremlin. El espía averiguó que Japón finalmente no se decantaría por invadir Siberia -hubiera sido un gasto enorme de combustible, del cual carecían-, sino que tratarían de crear un gran imperio en el sudeste asiático.

Inmediatamente, hacia el mes septiembre de 1941, las tropas rusas del Lejano Oriente empezaron a ser trasladadas al oeste para enfrentarse a los alemanes. "En diciembre, quince divisiones de infantería, tres divisiones de caballería, mil quinientos tanques y unos mil setecientos aviones fueron reubicados", señala Matthews. En total, Stalin desplazaría más de la mitad de las tropas disponibles en Siberia para la defensa de Moscú gracias a las informaciones de Richard Sorge.

Para febrero de 1942, la batalla había finalizado. el Ejército Rojo consiguió no solo defender la capital, también realizó diversas ofensivas que desencadenaron en una retirada alemana.

Ejecutado

Entre los datos que consiguió descifrar el espía asentado en Japón también destacó su anticipación a la guerra del país nipón con los Estados Unidos. Su labor para con la patria rusa fue más que eficiente.

Quizá por ello Sorge confió demasiado en que la cúpula soviética acabaría liberándolo cuando este fue arrestado por espionaje. "Fue simplemente mala suerte el hecho de que le descubrieran", considera el autor. Resulta que uno de los agentes que colaboraban con él había contratado a su vez a otro colaborador sospechoso de ser comunista para las autoridades japonesas. Una vez cayó él, toda la red de espionaje se derrumbó. Por suerte para los soviéticos, todos los informes emitidos por Sorge habían llegado a su destino.

Portada de 'Un espía impecable'. Crítica

En un principio, Sorge pensaba que su país negociaría por el hombre que había ayudado a que los nazis fueran derrotados en Moscú. Pero el tiempo pasó y nadie movió un solo dedo. Los años pasaban, la guerra avanzaba, y Richard Sorge continuaba encerrado en Japón.

Fue ahorcado el 7 de noviembre de 1944, a las 10 de la mañana. Actualmente, los restos de Sorge descansan en una tumba del cementerio de Tama, un suburbio de Tokio. Richard Sorge dio su vida, literalmente, por su patria. El comunista había contribuido a la victoria frente a los alemanes, y la Unión Soviética le había abandonado por completo, en un acto de desconsideración a uno de sus mejores espías. Una "traición", en palabras de Owen Matthews. Ya no podían utilizarle más, era completamente prescindible.