La unidad de las coronas de Aragón y Castilla y la Reconquista supuso un cambio sin precedentes en la historia de España. Por un lado, con la toma de Granada desapareció aquella frontera militar que se encontraba al sur de la Península Ibérica. Por otro, a partir de 1492 se halló una vasta tierra más allá del Atlántico que multiplicaría la superficie de una monarquía que se erigiría como la más grande de aquella Europa. La futura España se preparaba para lanzarse a la mar.

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La próspera época de los Reyes Católicos derivó en algunas enemistades políticas en el Viejo Continente. "La nueva política española, continuada por el heredero, Carlos I, fijó en Francia el enemigo principal de Europa (...) por la amenaza que implicaban las aspiraciones francesas al Nuevo Mundo recién descubierto", escribe Agustín R. Rodríguez González, doctor en Historia por la Universidad Complutense.

Rodríguez González es el autor de Corsarios españoles (Edaf), una reciente publicación que arroja luz sobre uno de los temas más desconocidos de la historia marítima española. Efectivamente, a diferencia de lo que se suele pensar, los corsarios españoles existieron, su presencia se explica en gran medida por las luchas entre Francia y España.

Corsarios contra el comercio enemigo.

El monarca galo Francisco I, llevado por la envidia y el ansia de riqueza, impulsó toda una serie de ataques contra los buques españoles que regresaban de las tierras recién descubiertas. "Aunque su actividad haya sido oscurecida por la de posteriores oleadas de corsarios ingleses y holandeses, hay que decir que el primer enemigo europeo de entidad que encontraron los españoles en América, tanto en el mar como en los establecimientos en tierra del Nuevo Mundo, fueron las expediciones francesas", matiza el autor.

Y es que a medida que los españoles se adentraban en América y extendían la superficie de sus fronteras en nombre de su corona, más difícil se hacía el control y la estabilidad de la misma. El emperador Carlos v y los reyes posteriores no podían tolerar que los tesoros que provenían de aquellas lejanas tierras terminaran en manos de su vecino del otro lado de los Pirineos. Finalmente, si las armadas del Imperio español eran "claramente insuficientes" para defenderlo en toda su extensión, "hubo que recurrir a armar corsarios". Estos comenzarían a actuar tanto en el mar como en tierra, con el propósito de proteger los intereses del monarca español.

Corsarios españoles

Tal y como señala Rodríguez González, los corsarios vascos, y especialmente los guipuzcoanos, fueron los grandes protagonistas hasta el siglo XVIII. Saquearon la ribera cerca de Burdeos, apresaron buques con bandera gala y quemaron villas francesas cerca de Nantes, tal y como hizo Domingo de Gorocica.

En total, solo en 1555 y en los puertos de la provincia, se habían armado entre 300 y 500 buques españoles de todas clases, que consiguieron apresar hasta 1.400 embarcaciones enemigas con un total de 15.000 prisioneros. "Tal vez los capitanes exageraran un tanto sus hazañas, en busca de recompensa y reconocimiento, pero, tratándose de una declaración formal y ante escribano real, no pudo ser muy distante de la realidad", considera el autor.

Más allá de los corsarios vascos, también los hubo por toda la Península. Pedro Menéndez de Avilés, nacido el 15 de febrero de 1519, es conocido poor haber sido almirante y organizador de las flotas de Indias. No obstante, pese a su meteórico ascenso, Menéndez de Avilés había comenzado su carrera como corsario.

El almirante Pedro Menéndez de Avilés, quien en su juventud formó parte de los corsarios.

Adquirió un modesto patache —una especie de mezcla entre un bergantín y una goleta— y se lanzó a las aguas con varios familiares y compañeros. Así, en 1539 logró su primera victoria como corsario. Navegaba por la ría de Vigo cuando se cruzó a una embarcación francesa que había apresado a alrededor de 60 españoles. Sin dudarlo un solo segundo, ideó una táctica para liberarlos de sus captores.

El corsario español fingió que huía para que dos de los tres barcos galos le persiguieran. En el momento oportuno, Menéndez de Avilés viró inesperadamente y logró deshacerse de la persecución. "La tercera abandonó las presas y los prisioneros y se dio a la fuga", relata el escritor.

Sus victorias hicieron que Carlos V se fijara en su valía: "Una nueva patente del rey y emperador le autorizó a practicar el corso en las rutas de Indias, gran distinción, pues la Casa de Contratación de Sevilla era muy recelosa de que otros navegantes interfirieran en su monopolio".

La ordenanza de 1621

Pese a que los corsarios llevaran más de una década actuando en los vastos mares, no sería hasta el año 1621 cuando se utilizó la práctica del corso como "instrumento de guerra marítima en la monarquía hispana".

Así, bajo el reinado de Felipe IV, la Corona española se sintió autorizada a emplear la misma estrategia que sus enemigos. "Indudablemente se trataba de fomentar en lo posible el corsarismo como medio de defensa del enorme imperio ultramarino, un medio más barato para el estado que las armadas regulares, aparte de buscar el aliciente del botín y de la defensa de las propias aguas por los particulares", concreta el escritor.

Portada de 'Corsarios españoles' (edaf)

Durante el siglo XVII, la crisis había azotado a España y Felipe IV se vería obligado a afrontar una gran deuda y la quiebra del estado, lo cual le llevó a suspender pagos en más de una ocasión. De esta manera, tras ser convencido por el conde duque de Olivares, se pasó de un corsario español dedicado hasta entonces a tareas defensivas a una actitud más beligerante. Toda acción era escasa para equilibrar la balanza de gasto. Cualquier ataque estaba autorizado, excepto el abordaje sobre buques de vasallos de la corona o de países aliados. Según los archivos disponibles, desde 1621 a 1697 hubo un mínimo de 707 embarcaciones dedicadas a tal ocupación.

Piratas y corsarios

Los corsarios españoles realizaron todo tipo de abordajes hasta el siglo XIX, cuando poco a poco comenzaron a desaparecer. Agustín R. Rodríguez desvela en su obra a una práctica que tuvo lugar en nuestro país a pesar de que haya pasado desapercibida en numerosas ocasiones.

Asimismo, cabe señalar que estos se distanciaban de la piratería común: "El corsario se trataba de un particular que, por las razones que fuesen, había obtenido una patente o permiso del rey para atacar y apresar embarcaciones de países enemigos, tras haber depositado previamente una fianza y comprometiéndose a cumplir una serie de normas".

El Imperio español gozó de numerosos corsarios a raíz de su expansión territorial, con la intención de preservar sus buques, sus fronteras y sus riquezas. El rey Carlos V fue el primero en apoyar una práctica que llegaría a su clímax con Felipe IV y que, aunque desconocida en muchos casos, perduró durante más de tres siglos.