Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico es probablemente, después de los Reyes Católicos, la figura más importante de lo que significó y significa España. Reunió por primera vez las Coronas de Castilla y Aragón y pese a la relevancia histórica que supuso su reinado murió apartado en un agónico sufrimiento.

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A sus 56 años el emperador había decidido abdicar. La gota y los constantes dolores producidos en las articulaciones le impedían ser aquel majestuoso hombre de Estado que cabalgaba en la batalla de Mühlberg que tan bien había representado Tiziano en su cuadro. Así, en 1556 fue su hijo Felipe II quien heredó el trono. Carlos abandonó la corte para retirarse en el Monasterio de Yuste (Cáceres).

El ya emérito gobernante era conocedor de su estado de salud, se decía que contrajo la gota tras la dieta que siguió durante años a base de 4 litros de cerveza diarios y 20 platos de carne al día, y aguardaba la muerte en el complejo cacereño. Solo duraría un año y varios meses ya que falleció el 21 de septiembre de 1558 tras un mes de agonía y fiebres. Tal y como explicaba el historiador José Luis Corral a EL ESPAÑOL, "probablemente tenía ganas de morirse porque el sufrimiento vital, los dolores que tuvo, debieron ser tremendos".

Monasterio de Yuste.

El paso del tiempo y el hecho de que la muerte le llegaba a todo hijo de dios, ya fuera monarca, hidalgo o campesino, le obsesionaba. De esta manera, el mismo año que pereció, el emperador ordenó que se ensayara su propio funeral. Se metía dentro del ataúd y escuchaba con las oraciones por su alma desde el interior. Este hecho insólito, en el que Carlos V quería estar presente —en vida— en su propio funeral, era una actividad que se repetía con asiduidad en el Monasterio de Yuste.

De hecho, concretó el más mínimo detalle sobre su entierro —el verdadero—. No obstante, al no poder hacer nada al respecto, no todos sus deseos póstumos se cumplieron. La voluntad del emperador era descansar eternamente bajo el altar mayor de la iglesia de Yuste. Así, cada vez que se oficiase la misa el religioso pisaría su pecho y cabeza como signo de sumisión ante Dios.

Sin embargo, Carlos nunca fue enterrado en la cripta que conserva un ataúd de madera que supuestamente, según los relatos de los monjes jerónimos, acogió sus restos antes de que su hijo desobedeciera a su padre. Actualmente, el emperador descansa en el Panteón de los Reyes de El Escorial.