Los españoles empezamos a querernos más, a tener una mejor visión propia del país. O al menos así lo asegura un reciente estudio del Real Instituto Elcano. Una autoestima que seguramente se les dispare a muchos si leen las obras de Fernando García de Cortázar (Bilbao, 1942), Premio Nacional de Historia, y descubren su idea de "patriotismo cultural". La última, Y cuando digo España, publicada por Arzaliza Ediciones, es un vasto torrente de personajes irrepetibles, manifestaciones artísticas y literarias exquisitas y paisajes hermosos que conforman un legado común a veces olvidado. Por eso estas seiscientas páginas llenas de sabiduría y luz, de conquistas y encrucijadas: para reconciliarse con nuestra historia.

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Este es el libro de un enamorado de España y su pasado, que resume todo aquello por lo que deberíamos enorgullecernos.

Efectivamente, es un libro más dentro de mi trayectoria que va desde la Breve historia de España hasta una obra complementaria como es Viaje al corazón de España, en los que he tratado de emocionar al lector hablando de España. Gran parte de mis energías como historiador las he dedicado a esa labor de decirles a los españoles que están en un gran país con una gran historia y una gran cultura de la cual se pueden enorgullecer. Este libro representa ese esfuerzo por recoger todas las expresiones culturales de España, el legado que el mundo admira, todas las manifestaciones tanto del pensamiento como materiales a través del arte.

El hilo conductor de sus últimas obras es que España ha perdido la conciencia de nación. ¿Cómo la recuperamos?

Peleándonos con los que vorazmente quieren acabar con España, dígase determinados populismos de izquierda y, sobre todo, el feroz trabajo que hacen los nacionalismos, que para reafirmarse necesitan erosionar a España o decir que España no existe. Estamos en un momento gravísimo y nuevo en la historia de España. Nos hemos encontrado diversas formas de entender España que tristemente se han tratado de dilucidar en guerras civiles, pero hasta ahora nadie decía que España no existe. Por eso habría que empezar ejerciendo la palabra de afirmación de que España existe. Una de las formas que empleo para decir que somos una gran nación y que debemos sentirnos identificados con ella es nuestra gran cultura. Si la han cantado San Isidoro de Sevilla, Berceo, Lope de Vega, los grandes poetas de la Generación del 27, etcétera, es porque sienten España y es una afirmación más de que ha existido siempre. Yo también quiero que España viva después de mí.

Estamos en un momento gravísimo y nuevo de nuestra historia: nadie decía que España no existe

Ricardo García Cárcel decía en una entrevista con este periódico que el sueño de España es ser una nación sin adjetivos porque no nos hacen falta.

Creo que tenemos que decir a la gente que es una nación que ha dado a Cervantes, a Velázquez, a San Juan de la Cruz, a Cernuda, a Galdós, a Picasso, a Dalí… Hay que adjetivarlo para la gente que tristemente no tiene la altura intelectual de Ricardo García Cárcel. En España se ha perdido pulso histórico, literario, el conocimiento de la gente de la historia. Este tipo de libros van directamente al objeto del estudio de España del lector:  los hitos, los mitos, los personajes, que llamo titanes, que van desde Séneca hasta Rafa Nadal… Tenemos que esforzarnos porque el objeto del trabajo de los historiadores es muy importante: transmitir una historia que sirva para mejorar el presente.

Contra el mito de las dos Españas, azul y roja, usted señala que sí que hay dos, pero que son la de los políticos y la los ciudadanos. Y los primeros dan un ejemplo malísimo.

La política ha perdido excelencia en España. Muchos enfrentamientos que se manifiestan en sus declaraciones o en las Cortes no responden a unos enfrentamientos entre los españoles que se dan en la calle. Siempre he pensado en esa idea de que la historia debe saltar de los recintos universitarios, de las instituciones científicas, e ir a la calle, al hombre concreto. Los político deberían tener un conocimiento básico de la historia porque sino la manipulan muchas veces y tratan de llevarnos a sitios donde nunca nos ha llevado.

No podemos estar todo el día ensalzando a Franco ni atribuyéndole la cosas malas que nos ocurren

Esta semana escuchábamos a Abascal en el Congreso diciendo que el actual gobierno democrático "es peor" que la dictadura de Franco, cuando se mataba a los opositores. ¿No reviven estos discursos tensiones guerracivilistas?

Totalmente de acuerdo. Esa comparación nunca la haría porque no es proporcionada y con esas palabras se introduce ciertamente un guerracivilismo. Los periodos de la historia de España son distintos y ese tipo de declaración es guerracivilista, como buena parte de esos extremismos que estamos viviendo. Las comparaciones en la historia son muy peligrosas y muy lesivas a la propia historia.

Hablando de Franco, señala que su régimen "puso en marcha el proceso desnacionalizador más importante de nuestra historia". Reivindicar a los Reyes Católicos, Felipe II… solo sirvió para oscurecer más su legado. El efecto contrario.

Esa identificación de España con el régimen, que es la que mucha gente hace, es dramática. Hay que recordar que gente de izquierdas como Azaña daban unos vivas a España que temblaba todo. No tiene nada que ver un régimen que coartó las libertades con la idea de España, al contrario. Este libro se identifica con una España liberal, la de Galdós, y no con la de Franco u Onésimo Redondo. Ha hecho daño, pero no podemos estar todo el día ni ensalzando a Franco ni atribuyéndole todas la cosas malas que nos ocurren. Murió hace 45 años y también hay que pensar que es responsable de esa erosión de España la actividad de los nacionalismos voraces, cierta frivolidad de la izquierda en no asumir la idea nacional y esa continua manipulación de la historia, gravísima, que se produce en Cataluña y el País Vasco, que llamativamente a veces encuentra sus seguidores en otras partes del país.

Portada de 'Y cuando digo España'. Arzaliza

¿Y cómo combatimos esas manipulaciones tan sangrantes?

Siempre con la palabra, siempre con los escritos. Yo implicaría más a los que llamaríamos intelectuales porque se supone que tienen una voz más respetable que un puro tertuliano. Deberían defender más esta idea de España y la unidad de los españoles, que es uno de los grandes problemas que tenemos. Falta un proyecto y sentimiento nacional que nos integre a todos, que ha hecho que los nacionalismos crezcan.

¿La derecha se ha agenciado del concepto de patriotismo? ¿Por qué parece que la izquierda no cabe ahí?

Eso es algo que tiene que meditar la izquierda. La historia no les da ejemplos para eso. He citado antes a Azaña, a Galdós o a todos los grandes poetas del exilio, gente de izquierda. Pensemos por ejemplo en Cernuda o Ángela Figuera, que dijo cosas hermosísimas de España. El problema tiene que ver con la falta de cultura de unos y otros. Me da pena ver que a muchos españoles, durante estos años, se les ha expropiado su nación y sus sentimientos hacia ella por un exceso de regionalismo, de celo de las CCAA de mostrar el hecho diferencial. Recuerdo la época en la que bajo los versos de Gabriel Celaya y música de Paco Ibáñez cantábamos a esa España que había que poner en marcha.

¿Es resultado también de una evolución del concepto de patriotismo: quizá ahora se reduce a identificar el patriotismo con poner la bandera de España en el balcón?

Eso es un drama, como identificar la idea de España con un éxito deportivo. Este libro trata de corregir eso de que la patria no se reduce a una bandera, a un discurso sobre los héroes del pasado… Nunca hay que caer en anacronismos con esas comparaciones entre épocas. Habría que identificarse con un poema de Quevedo, con el acueducto de Segovia, con el Pórtico de la Gloria, yendo a Granada o viendo un cuadro de Goya. Una patria abierta a todos y no una nacional católica, la que tristemente ha triunfado popularmente.

España no tiene el cainismo en su ADN

Usted aboga más por un patriotismo cultural que por el duelo a garrotazos que retrató Goya.

Por eso este libro rebate todos estos mitos tanto elogiosos como corrosivos y que los españoles hemos interiorizado. Esa idea clarísima de que España tiene en su ADN el cainismo, yo trato de decir que no la tiene. Cuando hablamos de violencia, de tragedia y de sangre, habrá que hacer siempre una historia comparada con otros países como Francia o Gran Bretaña. Aquí no se han matado reyes, fue suficiente con echarlos.

Este debate sobre el problema de España lo abrió la Generación del 98 y pervive un siglo más tarde. ¿Seremos capaces de volver a ese nexo común como nación en un futuro próximo?

Lo veo un poco negro. Como historiador soy optimista pero los políticos deberían hacer un esfuerzo más grande en cohesionar e integrar el país, en exaltar las coincidencias que existen entre las regiones y las ideologías más que exagerar las diferencias. Esto debería ser un empeño inmediato y directo, pero la obligación de los que escribimos es la de mostrar lo hermoso que es este país, las importantes aportaciones a la historia de Europa y de la humanidad y emocionar también.

Foto: Dani Pozo