En la loma de la localidad salmantina de Carpio Bernardo, antaño un castillo testigo de refriegas entre cristianos y musulmanes y primera línea de hostilidades entre los reinos de León y Castilla en la Baja Edad Media, ahora se presencia un espectáculo motorizado: carreras de quads y piruetas de motocrós. Las ruinas de la fortaleza, derribada por los Reyes Católicos para esquivar enfrentamientos internos y fratricidas en los territorios de su monarquía, son ahora una pista idónea para los amantes de la velocidad en los campos de tierra.

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El castillo de Carpio-Bernardo, catalogado como Bien de Interés Cultural, es otro de los elementos del patrimonio histórico español en riesgo grave de pérdida. Así lo considera la asociación Hispania Nostra, que lo acaba de incluir en su lista Lista Roja del Patrimonio, engrosada por cerca de 800 monumentos conservados en muy malas condiciones o que presentan una alteración esencial de sus valores.

"Los continuos usos como pista de motocrós y de quads, aprovechando el montículo de los restos como pista y plataforma de saltos, han provocado desprendimientos de sillarejo, así como la excavación de surcos o canales por las zonas por donde transitan los vehículos. Además, en los materiales se puede apreciar la fuerte erosión eólica y pluvial", alertan desde la organización patrimonial.

Vista actual del castillo de Carpio-Bernardo. Hispania Nostra

El castillo en cuestión es una fortaleza de planta rectangular, flanqueada por torres en sus ángulos, que cuenta con fuertes muros de gruesa mampostería concertada con cal. Alrededor de la misma se extiende un foso todavía apreciable en la actualidad, como también un aljibe recubierto con pintura a la almagra (ocre rojo) que describe un número importante de grafitos medievales en su interior.

Porque si bien el castillo fue erigido en el siglo XII, sus muros de piedra y pilares se asentaron sobre una edificación cuya construcción se remonta varios siglos, en torno al IX. Así lo recogen los romanceros y crónicas medievales, que atribuyen la obra al héroe leonés Bernardo del Carpio, con una debatida leyenda que envuelve su figura. Según textos como el Chronicon mundi del obispo Lucas de Tuy o el De rebus hispaniae del arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, la fortaleza se habría levantado en torno al año 866, durante el reinado de Alfonso III, tras una victoria cristiana contra las fuerzas musulmanas, convirtiéndose luego en foco de escaramuzas.

El aljibe con los grafitis medievales. Hispania Nostra

En cualquier caso, las fuentes documentales sitúan el nacimiento del castillo de Carpio-Bernardo en el siglo XII. En esa época y debido a su emplazamiento estratégico en la frontera que dividía los reinos cristianos de León y Castilla, se convirtió en un motivo de disputa y rifa entre ambas coronas. Con la subida al trono leonés de Fernando III el Santo en 1230 y la unificación de ambos reinos, la plaza perdió su relevancia. A finales del siglo XV, Enrique IV donó la villa, con la fortaleza incluida, a García Álvarez de Toledo, último conde y primer duque de Alba de Tormes.

El esplendor del castillo de Carpio-Bernardo se esfumó en el año 1505, poco después de la aprobación de las Leyes de Toro, un conjunto de 83 normas promulgadas bajo el reinado de Juana I, pero que se redactaron por designio de los Reyes Católicos, especialmente de Isabel I, que falleció a finales de 1504, que pretendían dotar a la Corona de Castilla de un sistema de justicia moderno y armonizar las legislación del conjunto del territorio. Según esas premisas, la fortaleza fue derruida con la idea de frenar el poder de los dominios nobiliarios. Sus restos han sobrevivido hasta la actualidad, pero sufren ahora un grave riesgo de pérdida.